Oigo esta mañana una entrevista con el poeta Antonio Colinas, que celebra una edición conmemorativa de “Sepulcro en Tarquinia”. ¡Cincuenta años! Hace cincuenta años éramos todavía jóvenes treintañeros.
Ahora, sobre la mesa, abro el libro. Está dedicado al poeta Vicente Aleixandre, que dio acogida a todo el que se acercaba por su casa. Qué alegría volver a un poemaio después de tanto tiempo y sentir que aún vive la emoción en él. Hablar sobre poesía esta mañana parece un ejercicio estéril. Dan ganas de decir: abrid el libro y disfrutad la maravilla. Que los versos de oro, sus bodas celebramos, siguen brillando con el mismo fulgor.
Dice el profesor Vicenç Beltrán que “Sepulcro en Tarquinia” es “una composición poliédrica y profunda”. Y eso es. Un salto continuo de imagen en imagen, es “espuela en tu carne”, “corcel sin brida”. El tiempo no ha maltratado este sepulcro. Al leerlo esta mañana, ratificas la convicción de que sólo en la palabra bien elegida, en su oportuna exactitud, está la emoción y la belleza. De poesía ejemplar, podría decirse, porque desnuda la impostura, porque se escribió hace cincuenta años y aún sigue siendo ejemplo y compañía. La leo esta mañana como quien encuentra una rareza, un esplendor nuevo. Nos habla Casanova en estos poemas, el viejo Casanova entumecido, “que sueña con los serrallos azules de Estanbul” y mendiga un empleo. Novalis suplicándole a la noche: ”Clava un arpón ardiente entre mis ojos tristes”.
Un libro es también la circunstancia en que lo lees. Leí “Sepulcro en Tarquinia” entre la nieve de Maraña, un pueblo de León, hoy creo que tristemente despoblado. Ese hermoso lugar de cumbre y río truchero, va siempre unido a la lectura de este libro. El poema que le da título empieza con letra minúscula, no como alarde tipográfico, creo, sino porque llegamos a un discurso ya empezado, que viene de antes. Imposible no leer este largo y estremecedor poema una vez empezado. Esto me escribe mi viejo amigo Tomás Llopis, al hablar estos días del poemario de Colinas. La repetición de la última palabra en la primera de la siguiente frase, concatenación, las apelaciones, “si me vieras”… “si supieras”… “si me vieras ahora”, la alternancia en la declaración amorosa, “yo diría”, “si llorabas”, la naturaleza exuberante que el invierno destroza, “los caballos alocados” por la nieve.
“Sepulcro en Tarquinia” fue el “vademecum” poético de de una generación, de todo aprendiz de poeta. “Las personas del verbo” de Jaime Gil de Biedma, también, aunque sean poetas distintos. Están en el libro de Colinas todos los rasgos que definen la poesía de la generación a la que pertenece, los Novísimos. La predilección por las referencias culturales, la arquitectura, “era mi biblioteca la arquitectura, el alma frente a la geometría”; un romanticismo a la inglesa, Wordswort, Shelley, Keats; la misma galería de ilustres y admirados: Catulo, Pound, Joyce; la misma ciudad, Venecia, (que es Tiziano, Canaletto, Vivaldi, Telemann, Scarlati, el café Florián y el Harris). La mirada compasiva por las piedras del pasado que, a su manera, nos hablan, “la lección de las ruinas”, escribe. Formalmente se identifica el poeta con su generación por el gusto del poema de verso largo y encadenado. Pero, la voz de Antonio Colinas sigue sonando de otra manera, más despojada, aunque no ajena a la retórica, suena de cerca, como un amigo que comparte un paisaje.
Enhebran este poliédrico universo los grandes temas sobre los que siempre reescribimos desde los clásicos, la alegría, la pérdida; el triunfo y el fracaso; el tiempo inexorable que es la vida y el temor a la muerte. Y sobre todos ellos, vuela alto el amor.
Amor tiene en los labios cicatrices,
morir sin poseerte, qué delicia
tú me entregabas a lo desconocido,
a qué bosques, a qué palacios altos
me llevabas cuando nos encontrábamos,
a qué ácido estanque, a qué palmeras,
a qué tardes de espinos enlunados,
a qué nave sin rumbo en la negrura,
a que jardín desconsolado y hondo,
a qué terrazas…
Tomás Hernández







