Club de lectura / Las aventuras que vuelven

 

La Navidad tiene esa licencia sentimental que el resto del año nos niega. Es una tregua. Un paréntesis. Un volver a casa sin moverse del sitio. Y entre los rituales —el frío domesticado por la calefacción, el vino que cae con más generosidad, la sobremesa que se alarga— hay uno íntimo, casi secreto: volver a los libros que nos hicieron felices cuando todavía no sabíamos que la felicidad iba a ser un asunto tan complicado.

Había un tiempo en que los Reyes Magos eran puntuales y sabios, y traían libros envueltos en papel de colores violentos, de esos que crujen al romperse como una promesa. Dentro, la portada: un barco, un mapa, un muchacho corriendo, una selva abierta como una herida. Antes de leer ya estábamos viajando. Antes de saberlo, ya habíamos salido.

La isla del tesoro no fue solo una novela: fue la iniciación. El descubrimiento de que el mundo tenía escondites y traiciones, que la aventura siempre incluía una sombra y que la lealtad podía tener una pierna de palo. Stevenson nos enseñó que la infancia no era un lugar seguro, sino un territorio fascinante. Que crecer consistía en embarcarse sin garantías.

Luego vino Miguel Strogoff, que nos dio una geografía moral antes que política. Rusia era una extensión infinita de nieve y deber, y Verne nos enseñó que el heroísmo podía ser silencioso, disciplinado, casi administrativo. El correo del zar cruzaba el imperio como un latido, y nosotros aprendíamos que resistir también era una forma de viajar.

Las minas del rey Salomón nos llevó aún más lejos, a un África mítica que hoy leemos con otros ojos, sí, pero que entonces era puro deslumbramiento. Selvas, ídolos, tesoros imposibles. Haggard nos regaló el exceso, la desmesura, la sensación de que el mundo era inagotable y que siempre había una colina más allá. Aquella lectura nos hizo comprender que la imaginación no conoce fronteras ni aduanas. Luego sabríamos de lo nefasto de los colonialismos, pero todavía eso no nos había llegado.

Y Tom Sawyer, claro. El muchacho que convirtió la pereza en arte y la rebeldía en método. Twain nos dio la risa y el río, la infancia como conspiración permanente contra los adultos. En Tom estaba la libertad antes de saber que se perdería, la picardía antes de volverse ironía, el verano antes de convertirse en recuerdo.

No leíamos para aprender. Leíamos para vivir. El libro no era un objeto cultural, era un pasaporte. La literatura no estaba en los suplementos ni en las cátedras: estaba en la cama, con una linterna, robándole horas a la noche. Aquellos libros nos enseñaron que el mundo era grande y que nosotros podíamos atravesarlo con una frase. A veces, sigo siendo todos ellos.

Hoy, cuando releemos esas páginas, no buscamos exactamente la historia. Buscamos al lector que fuimos. Ese niño que no subrayaba, que no sospechaba del estilo, que no hablaba de contexto ni de ideología. Ese lector que creía sin reservas y que aceptaba el pacto con la ficción como quien acepta un juego serio.

Releer aquellos libros en Navidad es un gesto de resistencia. Contra la prisa, contra el cinismo, contra la falsa adultez. Es volver al negro sobre blanco de entonces, cuando las palabras eran suficientes y el mundo cabía en un libro. No para quedarnos allí, sino para recordar que una vez fuimos capaces de asombrarnos sin ironía.

Y quizá —solo quizá— para entender que todavía lo somos le pese a quien le pese y sobre todo al mal gusto imperante.

 

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