
Mientras José Luis Mateo Dieste preparaba su tesis, encontró en el Archivo General de la Administración unas 800 cajas. Dentro había un material incalculable, más de mil cartas, junto con expedientes e informes policiales. Pero estas cartas nunca llegaron a sus destinatarios porque fueron confiscadas por las autoridades del Protectorado español de Marruecos (PEM) entre 1930 y 1950 y quedaron olvidadas para siempre. La documentación interceptada es de un valor extraordinario para conocer las relaciones prohibidas entre la comunidad europea y la marroquí durante la época del Protectorado.
Durante la Guerra Civil Española, miles de jóvenes marroquíes fueron reclutados por el ejército de Franco. Se calcula que entre 75.000 y 100.000 marroquíes circularon por España. Y muchos de ellos conocieron a mujeres españolas, manteniendo relaciones íntimas y, en algunos casos, contrajeron matrimonio, algo que las autoridades coloniales no estaban dispuestas a permitir.
Para el gobierno del general Franco estas relaciones suponían un peligro para la moral católica y los valores nacionales. El franquismo deseaba que todo estuviera en católico orden, que las mujeres cumplieran con las tareas del hogar y complacieran los deseos de sus católicos maridos.
En el Protectorado las relaciones mixtas más frecuentes eran entre hombres marroquíes y mujeres españolas. En menor medida con hombres judíos. Para la Dirección de Asuntos Indígenas (DAI) estos matrimonios eran considerados un desprestigio de raza; desprecio, entendían, para la nación dominante y protectora.
El discurso oficial era: “Nuestro prestigio de Nación protectora resulta gravemente dañado con estas relaciones; los comentarios de musulmanes, a este respecto, son dolorosos para nuestra dignidad y la Raza no gana precisamente con estos contactos (…)”. (Mateo-Dieste, 2012).
Oficialmente, se trataba de poner «el mayor número posible de dificultades» para impedir estas relaciones «sin vetarlas abiertamente», como dictaba una orden del año 1937. Durante la Guerra Civil el número de parejas entre españolas y marroquíes aumentó considerablemente. Esto no lo podían tolerar las instituciones coloniales que consideraban este tipo de uniones una amenaza para el modelo tradicional de familia católica. Las instituciones religiosas no aceptaban los matrimonios mixtos porque hacían peligrar la fe de sus creyentes. Eran considerados un peligro para la patria y el orden moral.
Las mujeres que protagonizaron estas historias tuvieron que recorrer un camino lleno de obstáculos y prejuicios. Algunas consiguieron escapar con sus parejas a la zona francesa o a Tánger. Las que se quedaron solas en España, mientras sus parejas volvieron a Marruecos, tuvieron que correr un tupido velo sobre su pasado. Pero eran mujeres que escribían su propia historia. Deseaban, preguntaban, insistían, soñaban y exploraban al otro. Y le escribían.
Estas cartas nunca llegaron a su destino, fueron retenidas por censores. Cambiando, así, la vida de cientos de personas. A través de estas cartas conocemos las vidas personales y los amores prohibidos que florecieron a pesar del opresivo régimen colonial. Las cartas transmitían miedos, ilusiones, decepciones, alegrías, esperanza, amor, amistad y afecto entre españoles, musulmanes y hebreos pero bajo el ojo vigilante de la DAI. Aunque las cartas se intercambiaron fundamentalmente entre mujeres españolas y hombres marroquíes. Encontramos también algunas en que se nos habla de la homosexualidad masculina y femenina.
Las relaciones entre hombres españoles y mujeres marroquíes se toleraban, por parte del protectorado; las de mujeres españolas con hombres marroquíes, se perseguían. El amor entre un hombre judío o musulmán y una española cristiana era algo inaceptable para los guardianes de la “ortodoxia” del régimen ; y lo era por la lógica del sistema colonial donde no puede darse formalmente una mezcla entre dominadores y dominados. Querían que hubiese una línea invisible, pero muy visible a su vez, que separase a la sociedad colonizadora de la colonizada. Un juntos pero no revueltos.
En el PEM, más que de convivencia, habría que hablar de coexistencia. La confraternización tenía unos límites. Las relaciones debían ser impedidas, pero con tacto, porque el régimen de Franco dependía de la lealtad de los soldados marroquíes. El objetivo era hacer imposible lo que no era ilegal.
Lo más curioso de todo esto es que la ideología oficial sostenía la idea de una “Hermandad Hispano-Marroquí”, pero en la práctica las instancias coloniales tenían como objetivo principal asegurar la separación entre ambos grupos.
Años después, los investigadores Josep Lluis Mateo Dieste y Nieves Muriel Garcoa con las cartas publicaron un libro “A mi querido Abdelaziz…de tu Conchita: Cartas entre españolas y marroquíes durante el Marruecos colonial” El escenario geográfico y cronológico de la obra es la zona norte de Marruecos entre los años 1930 y 1950.
A través del libro vamos a conocer un mundo complejo y plural. Quien cruzaba la línea entre estos mundos estaba contraviniendo el orden social. Fueron muchos los que se atrevieron. Incluso bajo las circunstancias más adversas las personas siguieron escribiéndose, buscándose, deseándose y tratando de comprenderse. El único delito que cometieron fue haberse enamorado de unos hombres y mujeres, que no eran los adecuados según el orden establecido. Todo un acto subversivo. Y esta intolerancia nos hace empatizar con las ilusiones y sufrimientos de aquellos que, en otro tiempo, sólo anhelaban amar y ser amados. Porque, ciertamente, hubo muchas relaciones perseguidas, pero fueron perseguidas porque existieron.
Durante muchos años, la libertad de cientos de mujeres fue arrebatada por las autoridades del PEM. Pero este descubrimiento, en los archivos centrales de Alcalá de Henares, nos va a permitir conocer una parte de la historia del PEM que hasta ahora desconocíamos. Y van a dar voz a quienes no la tuvieron, o a quienes la tuvieron y no fueron escuchados.






