Hola, mundo. Soy PilladaStar y sí, tengo esa edad indefinida en la que ya no te emocionan las campanadas, pero aún te compras un outfit con la secreta esperanza de que alguien diga “qué ideal vas”. Spoiler: normalmente nadie lo dice. Y si lo dicen, es tu madre por WhatsApp.
He venido para hablar de la actualidad, pero con tacón bajo, ceja levantada y una sonrisa ligeramente irónica. Me muevo cómoda entre la crítica social, la picardía sin culpa y ese humor que aparece cuando ya lo has visto todo… o casi todo. Digamos que tengo algo de Anita Loos cuando observo, un punto de Terenci Moix cuando exagero, el descaro emocional de Megan Maxwell cuando me canso de pedir perdón por opinar y al Truman Capote de Plegarias atendidas. Y si no conocéis a algunos de estos, seguro que a Megan sí, poneros a leer como l0ocas y locos miestras os hacéis alguna de esas prácticas no invasivas que os recomiendan las revistas de belleza como el face taping.
Y hoy quiero empezar por un clásico moderno: lo profundamente aburrida que fue la televisión estas Navidades.
Porque, seamos sinceras: encendías la tele y parecía que habíamos entrado en un loop emocional de 1997. Los mismos presentadores de siempre, con más bótox y menos sorpresa; los mismos especiales musicales con cantantes que ya no cantan, pero sonríen mucho; los mismos chistes reciclados que ni siquiera dan para meme. Todo muy “familia”, muy “tradición”, muy out.
La Nochebuena fue un desfile de lentejuelas tristes. Programas eternos donde nadie se atrevía a decir nada que molestara a esas pieles de cristal tan , no fuera a ser que el espectador cambiara de canal… a otro igual de aburrido. Zapping como deporte olímpico, sofá como trinchera y esa sensación incómoda de pensar: ¿de verdad no hay nada mejor que esto?
Y llegamos a Fin de Año, ese momento en el que la televisión debería brillar y acaba pareciendo una reunión de antiguos alumnos mal iluminada. Las campanadas, otra vez iguales. Los vestidos comentados más que el propio año. Las bromas forzadas, la química impostada, el entusiasmo en modo fake deluxe. Todo tan correcto que daba ganas de romper una copa… pero de aburrimiento.
Mientras tanto, en paralelo, estaba el otro gran ritual navideño: el selfie.
Amigas, lo siento, pero hacerse selfies en fiestas navideñas está oficialmente out. Ya no es espontáneo, ya no es divertido, ya no engaña a nadie. Ese selfie con morritos frente al árbol (te advierto que el tradicional ya no se lleva si no cuelga de ellos pequeños toyboys ), copa en mano y filtro “piel de porcelana” grita desesperadamente: mírame, me lo estoy pasando increíble, cuando en realidad llevas tres horas esperando que alguien saque el turrón de chocolate para largarte con la excusa que eres alérgica al chocolate de xixona y no al belga o suizo con lo cual te liberas de que te inviten más por cursi a esa fiesta en particular. Pero preferible es pasar por pretenciosa que pasar como fake de influencer.
El selfie de Fin de Año es el nuevo villancico desafinado: se hace por inercia, no por ilusión. Y lo peor no es hacerlo, sino subirlo con frases tipo “Gracias, 2025” o “Que venga lo bueno”. Spoiler número dos: nadie cree que tu vida sea perfecta, pero todos sospechan que estás igual de cansada que ellos. Quizá por eso la televisión y los selfies se parecen tanto últimamente: ambos intentan aparentar una emoción que ya no sienten. Mucho brillo, poca chispa. Mucha pose, cero sorpresa.
Así que aquí llega PilladaStar, con intención de señalar estas pequeñas trampas cotidianas. No para amargar la fiesta, sino para pinchar el globo con estilo. Para decir que se puede ser crítica sin ser amarga, irónica sin ser cruel y picante sin pedir disculpas cada dos líneas.
Prometo hablar de lo que pasa, de lo que nos pasa y de lo que fingimos que no nos pasa. Con palabras modernas, alguna que otra pulla elegante y ese tono de “yo también estuve ahí”.
Bienvenidas, bienvenidos, bienvenides y ciborg en general a PilladaStar. Poneos cómodos. El espectáculo empieza cuando se apaga la tele.









