Cronicas de San Telmo / Cuando todavía es Feliz Año / J Celorrio

Cuando todavía es feliz año y omitimos lo que trajo el copo en 2023, pues tanto derroche suele durar poco, tengo tres encuentros de buenos augurios o no (dicen que la suerte no hay que tentarla) para este 2024, aunque sean certezas que ya venían de lejos. Una de ellas es un reencuentro con Madame Bovary, que ya lei a su tiempo, pero que como suele ocurrir con los reencuentros o son fatales o gozosos. En este caso, la Bovary me ofrece otros prismas que tienen que ver con el tiempo que ha pasado sobre mi desde aquel entonces cuando la conocí. Obvio, que eso ocurre con las obras maestras, que siempre que se adentra uno en ellas se descubren tintes que con anterioridad habían pasado desapercibidos y que convierten su andamiaje en una suerte de palimsesto donde nuestra propia sensibilidad participa. No es igual leer a Bovary cuando de la vida se tiene poca experiencia y muchas ilusiones y no al presente que uno lleva muchas y muchos Bovarys a sus espaldas: unos propios y otros observados. ¡Qué aburrido y petardo nos resultaba El Quijote en nuestro colegio! ¡Qué iluminación cuando lo descubrimos en la edad precisa para el deslumbramiento! No sé para que arrastro tanto libro cuando en realidad es una centena de ellos los que me siguen llamando desde sus lomos desgastados, desde sus páginas que llevan ya el amarillear, el paso de la edad desde mi adolescencia y juventud hasta este momento de ahora: mi Madame Bovary tiene arrugas en la piel de papel, manchas sobre el negro sobre blanco que ha ido destiñendo alguna lágrima de pasión y su fracaso… de vida; «lo que persiste como ruido de fondo incluso allí donde la actualidad más incompatible se impone», escribió Italo Calvino sobre la supervivencia de la clásico. Al igual que ahora soy Madame Bovary, también puedo ser Fabricio del Dongo o los diarios de Chirbes o aquel primer Terenci del El dia que va a morir Marilyn. Este ultimo marcado por la nostalgia que propició tanto descubrimiento posterior y que confirma que una lectura llegada en el momento justo puede mover el mundo y las estrellas, como del amor dice el Dante. Esto no quiere decir que el interés se desvanezca por lo nuevo, pues cada época tiene sus destellos tanto proveniente de lo bueno como de lo malo, dependiendo del estado perceptual que nos encontremos. Se hace visible que el encuentro ha sido gozoso y parecido a esa «doctrina religiosa y filosófica de varias escuelas orientales, y renovada por otras de Occidente, según la cual las almas transmigran después de la muerte a otros cuerpos más o menos perfectos, conforme a los merecimientos alcanzados en la existencia anterior». Por el momento «Madame Bovary c’est moi», que dicen admitió Gustave Flaubert al ser preguntado por la inspiración de su novela. Y aparte toda la literatura que ha movido la frase, la dijera o no es muy plausible que en cualquier momento lo hayamos sido.

«El amor a Napoleón es lo único que ha perdurado en mí, lo que no me impide ver los defectos de su espíritu y las mezquinas flaquezas que pueden reprochársele». Con esta frase justificaba Stendhal su profunda admiración por el Emperador y su biografía sobre el mismo, que quedó inconclusa y editada más de veinte años tras ser escrita. Este ha sido mi segundo encuentro de este iniciado año. Encuentro que ha propiciado las críticas realizadas a la película de Ridley Scott y en las que dominan las muy lapidarias con el tratamiento que el director da a la Historia. Personalmente no puedo dar mi opinión puesto que no he visto la película, tampoco es que su director me vuelva loco a excepción de aquella maravillosa Los duelistas basada en una nouvelle de Conrad. No obstante, me parece absurdo el planteamiento de algunos que achacan a la cinta falta de concreción histórica queriendo convertir al director y a su creación en una suerte de Jacques Pirenne o en cualquiera de los biógrafos de Napoleón como Emil Ludwig o Dimitri Merejkovsky, por no citar la novelada, extensa y relativamente reciente de Max Gallo. Sí he oído a alguien citar como texto de inspiración de Ridley la citada e incompleta biografía de Stendhal y al caso el paso de Fabrizio del Dongo por la batalla de Waterloo, que según algunos la derrota fue la indecisión del general Grouchy por no adelantarse al ataque de los prusianos mandados por Blücher. De la película muchos esperan que en plataforma, tendrá una duración de cuatro horas, concrete el aspecto histórico. Me parece un desatino pedir tanta veracidad a costa de la creatividad, exigir a una película que sea una radiografía histórica, repudiarla por no cumplir a pies juntilla la Historia ateniéndose escrupulosamente a los datos que más que una creación sería un documental sobre la hipotética verdad de lo que fue Napoleón. Resulta que ahora somos escrupulosos con los datos biográficos de un film cuando nos creemos cualquier fake de las redes y no nos preocupa la cultura de la cancelación. De esta manera nadie habla de la interpretación de Joaquin Phoenix o la fotografía o la ambientación o cualquier otra herramienta técnica propia al entramado creativo de la película. Mientras tengo la oportunidad de verla me conformo con el Napoleón de Abel Gance o aquella más kitsch de Desiree que interpretaba Marlon Brando como Napoleón y Jean Simmons como aquella primera novia del que más tarde sería emperador. A decir verdad ninguna de ellas era históricamente correcta, pero nadie como Marlon con aquel bucle de pelo sobre la frente. A quien interese la película se puede encontrar en youtube al igual que María Walewska, una de las amantes del corso, con Greta Garbo y Charle Boyer. Desatados melodramas.

El tercero de mis encuentros ha sido con el afilado Gore Vidal y una de sus novelas más corrosivas para el establishment de la época, hablamos de los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo en la política estadounidense. Vidal, autor de novelas como Creación o Juliano el apostata, nos cuenta en Washington D.C. los intríngulis de la política y sus luchas por el poder en lo que se suponía la democracia más avanzada del mundo. De aquellas lluvias estos lodos. De su lectura entresaco esta frase lapidaria por rotunda: «los políticos en activo tendían a ser tolerantes entre sí, conscientes de que la convicción de un hombre es la herejía de otro, razón por la cual era muy útil no tener demasiadas convicciones». Lo que pudiera sonar a corrosivo entonces, hoy es moneda común. Un libro que debieran leer aquellos que creen que en la política pueden tener futuro creyendo en sus propias capacidades, cuando la selva se vale de extraños recovecos y enigmas.

Dice también Vidal, en sus memorias, que «A cierta edad la muerte es la regla más que la vívida excepción». El cincel de la vida va desbastando el mármol de sus imperfecciones y busca nuevos perfiles que ya no son ni las Bovarys ni Napoleones. Son los mismos, pero a otra cosa.

 

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