Crueldad intolerable / José María Sánchez Romera

(Crueldad intolerable) La mayoría de los medios de comunicación se han pasado semanas haciendo circular las más diversas teorías sobre el enclaustramiento de la Princesa de Gales, Kate Middleton. En único dato más o menos objetivo de que se disponía era que había sido intervenida en el abdomen, lo que sugería una alta probabilidad de que la esposa del heredero al trono de Inglaterra tuviera un mal de cierta gravedad. A la hipótesis, perfectamente plausible, lejos de aconsejar prudencia en el tratamiento informativo sobre la causa del alejamiento de la Princesa de sus quehaceres públicos, se reaccionó informativamente especulando sobre los más diversos motivos que la provocaran. Desavenencias conyugales (solas o en compañía de otras), diagnósticos de depresión por doctores Mengele de la habladuría, luchas internas entre los miembros de la familia…Todo un sinfín de habladurías sin otro fundamento que la necesidad de llenar espacios y horas en los medios desde la más absoluta ignorancia de la verdad. Se han extraído todas las conclusiones posibles menos la más sencilla: que una persona enferma necesita tiempo para recuperarse física y psicológicamente. Después se conoció algo más (terrible): se le estaban haciendo exámenes que han descubierto la presencia de células cancerígenas en la Sra. Middleton. Quien haya vivido de cerca esa enfermedad puede entender el estado anímico de quien recibe de los médicos esa noticia.

La activación del celo especulador y de la crítica tuvo además como poderoso acicate el que la Princesa publicara una foto que se descubrió como un montaje, lo que volvió definitivamente amarilla a casi toda la prensa, muy ofendida por el engaño de la que había sido víctima. ¿El motivo? Ninguno, la imagen es un derecho de la persona y no había ninguna intención mendaz en la publicación de la fotografía, que más bien fue incitada por las habladurías constantes de los medios y el afán, ingenuo si se quiere, de acallarlos. Por supuesto nadie pensó en unos hijos pequeños que se enterarían del preocupante estado de su madre a través de los medios de comunicación. Para algunos, determinadas personas, por su estatus, no responden a las mismas vulnerabilidades que el resto de la gente. Puede que se les considere entes, cosas o seres a secas (siguiendo el galimatías heideggeriano), pero no seres humanos que sufren y sienten igual que sus semejantes. Conocida la noticia todos se han lanzado en línea con el fariseísmo en boga a “desearle lo mejor”, después de haber jugueteado sin fundamento con lo peor. En eso de reconocer el derecho a la compasión en medio de la desgracia hay un clasismo feroz.

(La casa de las dagas voladoras) Hablamos naturalmente del Congreso de los Diputados, donde la Ministra de Igualdad debió ser alcanzada porque empezó a gritar como nunca se había escuchado en el hemiciclo. Nuestra actual práctica parlamentaria tiene un problema y es que el Gobierno se quiere también Oposición y esa dualidad imposible genera potencia la entre los oponentes. Hay algo básico que si no se entiende o no se está dispuesto a admitirlo hace quebrar por su eje la democracia: quien reclama para sí la legitimidad de gobernar adquiere voluntariamente la mayor responsabilidad, porque gestionar el país, la sociedad, el Estado, llámese como se quiera, incluso todo ello en distintos niveles, debe traducirse en un liderazgo social que implica la función de gobernar. La Oposición es parte, pero el Gobierno es todo (de todos) y ese juego de los espejos del “y tú también” sólo pone en evidencia que quien gobierna no es la mejor de las alternativas (a lo sumo igual a su opuesto, por consiguiente, irrelevante) y que no puede dar cuenta cabal de sus actos. Agarrarse al palo de la incoherencia y la tergiversación es la esperanza del desesperado, de ahí que ni el especioso verbo del Sr. Bolaños puede convencer a nadie que el separatismo ha votado la Ley de Amnistía para mejorar la convivencia ni que la mayoría que la ha aprobado lo haya hecho por otra cosa que no sea pagar el precio puesto al voto de la investidura.

Fruto de esa anomalía hay un Gobierno sin programa por haberse formado a partir de un voto de intereses y objetivos muy dispares (aunque sobre esto pudiera dudas fundadas) en cada uno de los que apoyaron su formación, porque la gestión carece de objetivos y si los hay pueden cambiar a cada votación en el Congreso. Por eso asistimos a ese juego de suma cero del intercambio diario de golpes dialécticos que está causando un daño que puede ser irreparable para la democracia. Cuando de un Parlamento deriva un Gobierno incapaz de articular a su alrededor una mayoría homogénea, que debe ser algo más que evitar la alternancia, se impone volver a preguntar al cuerpo electoral por más tediosa que se esté volviendo el tener que estar votando cada dos meses (algo que debería regularse para evitarlo). En todo caso en una democracia parlamentaria un Gobierno no puede juzgarse a sí mismo, tiene que responder de lo que hace, no reclamar que a la Oposición que haga eso que a sí mismo no se exige.

(Cegados por el deseo) Inmersos en el alucinado mundo woke de la vigilancia sobre las microcosas y la represión de las microconductas, no vemos lo que se nos viene encima en función de los derroteros que el mundo está tomando. Este viernes se ha producido un terrible atentado en Rusia con evidentes intenciones de provocar un conflicto global exacerbando las tensiones ya graves de la zona. El rearme de todas las naciones no puede obedecer a otra causa que un ambiente en las cancillerías que inicia el descuento a la posibilidad de un conflicto donde esté en juego la supervivencia. En cualquier momento pueden desencadenarse enfrentamientos que se vayan reproduciendo de manera fractal en buena parte del mundo. Si eso llega a ocurrir, ¿de qué recursos y capacidades nos valdremos los españoles para enfrentar semejante situación? Desde luego ya no valdrán los siete votos de Puigdemont para salir del paso, ni una economía de alegres bares que nadie podrá venir de fuera a disfrutar. Quizás deberíamos estar pensando en algunas cosas más que no sea saber con quién se comparte el colchón.

 

 

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