Club de lectura / Decadencias paralelas: del ocaso aristocrático de El Gatopardo y Bearn a la crisis democrática en la España contemporánea

 

Coordinación y diseño: Javier Celorrio

Hay libros que, aunque hablen de épocas remotas, parecen escritos para entender el presente. El Gatopardo, de Lampedusa, y Bearn, de Villalonga, pertenecen a esa categoría de obras que retratan con precisión casi quirúrgica la decadencia de un mundo. Palacios en ruinas, estirpes que se deshacen, espejos que devuelven imágenes gastadas de antiguos esplendores… Pero, ¿y si esas novelas no fueran solo elegías aristocráticas? ¿Y si, en su mirada crepuscular, hubiera claves para comprender un fenómeno mucho más inmediato: la decadencia democrática en la España actual? Este artículo propone ese puente inesperado entre literatura y política.

En El Gatopardo, Tancredi pronuncia la frase más citada de la novela: «Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie.» Es una línea que se ha convertido en un lema universal para definir los procesos en los que se anuncian transformaciones… que apenas transforman nada. En las España de hoy, las promesas de “regeneración democrática” —transparencia, reformas, despolitización de instituciones— conviven con una sensación social de que la arquitectura del poder cambia poco o nada.
Como la aristocracia siciliana, la clase política a menudo parece más volcada en gestionar equilibrios que en modificar estructuras profundas.

La literatura del siglo XX dialoga así con nuestra actualidad política.

Tanto en Sicilia como en la Mallorca de Bearn, la aristocracia vive de glorias pasadas. Mantienen el boato, pero su economía se agrieta y su moral se erosiona. El declive es, ante todo, ético. En España, la corrupción desempeña un rol parecido:
un indicador visible del desgaste del sistema. Casos continuados, financiación opaca, redes clientelares o la percepción de que la política sirve más a intereses propios que al bien común generan una atmósfera de sospecha que corroe la legitimidad institucional, igual que las termitas simbólicas roían los muebles de Bearn. Las novelas nos recuerdan que ningún edificio —ni social ni político— soporta demasiado tiempo esta clase de grietas.

En Bearn, el capellán Mayol observa una casa derrumbándose a cámara lenta: nadie la destruye, simplemente deja de sostenerse.
En España, la democracia no sufre un ataque frontal, sino un desgaste acumulado: desconfianza en los partidos, descreimiento en la justicia, apatía electoral creciente, polarización extrema. Las encuestas muestran una tendencia preocupante: muchos ciudadanos no confían en que la política pueda resolver problemas reales. Es la versión contemporánea de la melancolía aristocrática: un cansancio histórico. En la novela de Lampedusa, el príncipe Salina ve con lucidez que su mundo está condenado. En nuestro presente, los ciudadanos perciben grietas en la democracia que nadie parece reparar del todo.

La nostalgia es un elemento fundamental en las dos novelas. Los Salina y los Bearn viven mirando hacia atrás, hacia una edad de oro que quizás nunca existió realmente, pero que funciona como refugio imaginado. La política española también está atravesada por debates sobre la memoria: la dictadura, la Transición, identidades nacionales, lenguas, símbolos. El pasado compite con el presente y a veces lo devora. La nostalgia puede movilizar, pero también puede fosilizar. Una democracia que se pelea con su pasado corre el riesgo de no encontrar un futuro compartido.

Uno de los elementos más inquietantes del panorama político español es el aumento de actitudes favorables a alternativas no democráticas entre algunos jóvenes. El hecho de que parte de la juventud declare que “en ciertas circunstancias” preferiría un régimen autoritario refleja un desencanto profundo. En Bearn, los jóvenes ya no quieren continuar la obra de los mayores; prefieren otras experiencias, otros horizontes. La estirpe se apaga porque ya no hay relevo. En la democracia española, la erosión del entusiasmo cívico podría ser el equivalente moderno: una transmisión generacional debilitada. Si los jóvenes no creen en la democracia, esta envejece sin remedio.

La literatura de decadencia nos enseña dos cosas esenciales: los sistemas no colapsan de repente: mueren lentamente, por acumulación de pequeñas renuncias, corrupciones, silencios y desgastes, pero la literatura de la decadencia no es pesimista por naturaleza: es preventiva. Nos invita a mirar con lucidez lo que se deteriora para que no termine por derrumbarse.

Toda decadencia es reversible… hasta que deja de serlo. A diferencia de los Salina y de los Bearn, que contemplan su final sin capacidad de intervenir, las democracias modernas sí pueden regenerarse: con reformas profundas, instituciones independientes, educación cívica, cultura de diálogo y compromiso real con la transparencia. Las novelas nos advierten del peligro. La política actual tiene la responsabilidad de responder.

Releer El Gatopardo y Bearn en el contexto español contemporáneo no es un mero ejercicio cultural: es un espejo. Nos muestra cómo se deshacen las estructuras cuando dejan de renovarse, cuando aceptan la apariencia del cambio sin cambiar de verdad.
Si la aristocracia siciliana y mallorquina murieron por agotamiento, nuestra democracia podría correr un riesgo similar si no regenera sus energías cívicas e institucionales.

 

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