
Sobre el dolor y la burla se aprenden muchas cosas leyendo los testimonios de los testigos de los campos de exterminio nazi. Hay un pasaje en el libro del psiquiatra vienés Víktor Frankl que, veinte largos años después de haberlo leído, me sigue conmoviendo. Mañana de frío mortal en Auswichtz. El agua se congela en el zapato de madera y las finísimas esquirlas de hielo se clavan como agujas en el pie desnudo. Frankl se apoya un momento en el mango de la pala con la que está cavando. Un guardia, a lo lejos, y, sin hablarle siquiera, le tira una piedra. “No acertó en aquel espantajo que yo era”, escribe. Y luego se detiene en la ofensa del gesto al lanzarle la piedra, “como un perro”, dice, y nos confiesa que esa humillación es uno de los recuerdos más persistentes en la memoria de aquellos años. Y vivió situaciones terribles. Habla Viktor Frankl del desprecio, que dolía más que el dolor del hambre o los culatazos del fusil, en aquel cuerpo acostumbrado al sufrimiento.
Anoche recordé ese pasaje de “El hombre en busca de sentido”. Y lo recordé con rabia. Después de ver en tve2 un extraordinario documental, ajustado y exquisito en el tratamiento de lo sentimental en historias tan desgarradas, los tertulianos comentan. Documentados unos, periodistas a sueldo, otros. Y de repente, un encorbatado conseller del gobierno de Mazón, el reportaje trataba de la devastación de la DANA, el portavoz encorbatado dice, sí, tal cual lo escribo, que el President está donde siempre estuvo, desde el primer momento (sic), oyendo a las víctimas y trabajando mucho, como siempre, porque es un trabajador infatigable. Si hubiera sido en un programa de humor, habríamos escuchado las carcajadas enlatadas. No entro en las falsedades e inexactitudes del relato, como dicen ahora, del conseller, pero aún tengo el sabor del asco en la boca.
Evitaremos la enumeración de lo terrible, está por todas partes, lo vemos cada día en los medios; tampoco repetiremos los testimonios de las víctimas, podemos oírlos en su propia voz. Lo que sentí al oír aquellas miserables palabras, fue el dolor de los supervivientes que estuvieran viendo lo mismo que yo, la burla mancillando la pérdida, el menosprecio y la risotada sobre la herida que sangra todavía. Porque eso fueron las palabras del conseller, una burda y bastarda ofensa. Y pensé en Viktor Frankl y la primera vez que leí sus palabras sobre el dolor y la burla.
Lo terrible está al alcance de un click, y Auschwitz está en Gaza.
Esta mañana leo la muerte de unos niños y niñas bombardeados en una escuela de Gaza.
A su memoria.
Hoy
No sabían al salir esta mañana
los niños somnolientos a la escuela
que nunca volverían sus ojos y su risa
a alegrar los espejos o mitigar la sed,
que no volvería el lápiz a temblar en sus dedos
si dibujan palabras que no entienden, fascinados
por la belleza de las letras. Los herederos
de Auschwitz.
Niñas que madrugaron para ir a la escuela.
Tomás Hernández







