Del esperpento al sarcasmo / Tomás Hernández

El esperpento es la parodia valleinclanesca de las pesadillas de Goya. Quizá pensó Valle- Inclán que no se podía escribir en serio de una corte milagrera, una reina castiza, el Espadón de Loja o la oblea consagrada que permanecía incorrupta en el pecho (sic) del cura catalán Antonio María Claret. El sarcasmo es la “burla sangrienta, ironía mordaz y cruel con que se ofende o maltrata a alguien”. DRAE dixit. El esperpento es parodia y risotada, el sarcasmo es dañino, malintencionado y cruel y busca la ofensa, el menosprecio y la burla.

Fue Feijóo quien trajo al ruedo ibérico recientemente la palabra esperpento a propósito de la última sesión parlamentaria. ¡Esperpento! ¡Esperpento! decía un extremado Feijóo con gestos de pantomima a la manera del capitán Friolera. Coincidía la imprecación del presidente Feijóo, así lo llaman siempre, con la publicación en dos periódicos, Diario.es y La Vanguardia, de algunos de los documentos falsarios que urdía la “policía patriótica” -”manda hue…” que decía el otro-, y luego pasaba esos pasquines a la fiscalía y de ahí a los tribunales y a la prensa. ¡Dios mío, la prensa! Qué dirán ahora los directores de El Mundo, ABC, La Razón y algunos otros, que adornaban sus portadas con burdas falsificaciones y sesudas y exaltadas reflexiones contra el independentismo catalán. Sandro Rosell, ex-presidente del Barça, padeció dos años de prisión preventiva por esas habladurías y falsedades sacralizadas y acreditadas por esa prensa. Creo que, de los cuatro o cinco juicios por los que ha pasado el supuesto independentista, ha salido absuelto en todos. Eso ya no es esperpento, eso es burla cruel, o sea, sarcasmo, para los acusados y también, y no menos importante, para los confiados lectores.

Sarcasmo, burla y engaño, fue oír a Rajoy, declarando ante los jueces que tenía noticias de algunos de los escándalos de su partido por lo que había oído por ahí. Sarcasmo fue oír al ex-ministro de Interior, Jorge Fernández Díaz, afirmar en una comisión del Parlamento que jamás tuvo conocimiento de la llamada policía patriótica ni de la guerra sucia contra el independentismo. ¡Jamás! Y rechazó, entre ofendido y humillado, aquellas falsas acusaciones y exigió al parlamentario interpelante una disculpa y que se retiraran des las actas del senado esas palabras. Semanas antes, o después, qué más da, oímos a ese mismo ministro en reunión clandestina y conspiradora, que “negaría incluso bajo tortura” (sic) que esa reunión había tenido lugar. Eso sí es sarcasmo.

Decía Muñoz Molina que no era posible escribir una crónica negra de la corrupción si los personajes eran el comisario Villarejo, el malhechor disfrazado de cura que asaltó la casa de Bárcenas en busca de un pendrive, el Bigotes o el Yonqui del dinero, según se definió él mismo.

Este ya no es un país de esperpento, esta es la España del sarcasmo.

Tomás Hernández.

 

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