El cartel y la diana / Tomás Hernández

 

Se han encadenado estos días dos sucesos preocupantes. Uno es una sentencia judicial; el otro, una amenaza. La muerte de Samuel Luiz en A Coruña ha indignado al país y ha habido manifestaciones de rechazo y condolencia. La muerte de Samuel ha desviado, con sobrados motivos, la atención sobre el odio latente que empieza a enquistarse entre nosotros. El cartel, motivo de la sentencia judicial, y la amenaza han crecido en la misma podredumbre del odio que ha acabado con la muerte del muchacho en Riazor.

El fallo de la sentencia de la Audiencia Provincial de Madrid sobre el cartel electoral de Vox, en que se miente con desfachatez y se hace referencia al mantenimiento de los menores de edad sin familia, relacionándolo con la escasez de las pensiones, ha sido absolutorio. No voy a reproducir la perversa imagen del cartel, ya vista por todos. El muchacho embozado y de rostro confuso enfrentado a la imagen de la mujer mayor, las cifras falseadas en primero plano, como un muro entre las dos imágenes. Tampoco puedo entrar en los fundamentos jurídicos de la sentencia por ignorancia. Pero sí puedo opinar sobre las “opiniones” innecesarias con las que los tres magistrados ejemplifican su dictamen. (“Los Menas”) con independencia de si las cifras que se ofrecen (en el cartel) son o no veraces, representan un evidente problema social y político”, sic, y añade, “incluso con consecuencias o efectos en nuestras relaciones internacionales” y concluye “como resulta notorio”, y otra vez sic, porque la coletilla “como resulta notorio” es de apocalipsis. ¿Es un desprestigio para nuestras relaciones internacionales que el Estado proteja a los más vulnerables? ¿Dónde? ¿Desde cuándo, señorías? No entro en otras circunstancias más o menos “chuscas” de la resolución porque no es asunto de risa.

La amenaza brutal, directa y señalando con el dedo de la cobardía puede leerse en la web del partido que la pregona, que es el mismo absuelto por el juicio del cartel. Señala al director de una Revista, “que siembra el odio entre los españoles,” dicen, con indicaciones exactas de dónde encontrarlo y “exigirle responsabilidades”. El escrito recuerda las dianas de ETA en las calles de la presa a batir. Ambos sucesos, el cartel contra los niños y la diana con nombre y dirección, crecen en el estercolero donde fermenta el crimen.

De los niños y niñas acogidos en las instituciones, el treinta por ciento son extranjeros, el setenta restante es cosecha propia.

Tomás Hernández


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