El fin del principio / José María Sánchez Romera

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Existe una frase menos conocida de Churchil pronunciada con motivo de la victoria británica en El Alamein, al norte de Egipto, en el curso e la II Guerra Mundial. Hasta entonces las tropas del Áfrika Korps al mando del malogrado Mariscal alemán Rommel habían batido de forma reiterada a las tropas aliadas, situación que cambió con el combate librado en la citada ciudad. A raíz de la victoria, noviembre de 1942, Churchill dijo que aquello no era el fin de la guerra, ni siquiera el principio del fin, pero que podía ser el fin del principio.

Transcurridas casi dos semanas desde que se cerraron los colegios electorales en los Estados Unidos aún no existe un candidato proclamado electo de forma oficial lo cual está creando extrañeza y casi escándalo en quienes no están familiarizados con el complejo sistema electoral americano. Normalmente cuando hay una victoria clara y las proyecciones de voto pueden avanzar con casi absoluta certeza un resultado, se produce una proclamación oficiosa, por así llamarla, del candidato con más votos electorales de los estados, que no sufragios totales y el reconocimiento por el adversario derrotado. En esta ocasión se ha cuestionado el resultado por uno de los contendientes, Donald Trump, abriéndose una virulenta confrontación entre quienes aseveran que ha existido fraude y los que lo niegan. La inmensa mayoría de la prensa norteamericana se ha decantado por el candidato demócrata Biden, desmienten a los partidarios de Trump sosteniendo abiertamente que acusan sin pruebas y así lo estamos viendo reproducido en la mayor parte de nuestros medios de comunicación tanto escritos como audiovisuales.

Este episodio tan polarizado sobre el resultado electoral no es casual, el producto de una situación conflictiva como suceden otras muchas en el campo del poder y la política. En absoluto, trata de ser la batalla final contra un Presidente y una Administración que desde antes de que ganara las elecciones en 2.016 fueron distinguidos con una agresividad inusitada y en donde los medios de comunicación y los adversarios políticos no parecían encontrar límites morales respecto al tono de la crítica y el empleo de toda clase de acusaciones que iban desde lo político a lo personal, lo que no se disculpa con el hecho de que Trump tratara de hacer de la necesidad virtud usando este permanente enfrentamiento en su beneficio. Esto resulta particularmente importante porque si se acusa a alguien de inmoral y depravado, es forzoso que quien lo hace no emplee los mismos métodos que dice repudiar. Si se tacha de mentiroso a alguien, a Trump en este caso, no se puede usar la mentira y la difamación como método para denunciar a quien desprecia la verdad. No es la libre y necesaria crítica que se produce en democracia la que denigra el sistema, lo que desprestigia la función crítica de los políticos y los medios es que un Presidente elegido democráticamente, por poco que guste, tenga peor prensa que todos los dictadores del mundo. Eso es una anomalía en un país democrático aunque su Presidente se califique por sus adversarios como populista y demagogo. Lo que desmerece la crítica democrática es enjuiciar la labor de un gobernante haciendo cuestión de sus relaciones matrimoniales, supuestos pasajes de su vida privada o atribuyéndole conspiraciones con Rusia propalados por los herederos ideológicos de quienes en la época de la Guerra Fría sostenían la necesidad del entendimiento entre aquellos bloques antagónicos. No fue más edificante el episodio del nombramiento del juez Kavanaugh propuesto por Trump para magistrado del Tribunal Supremo americano, falsamente acusado de violación por dos mujeres, una de las cuales refirió un lejano e inverificable incidente universitario del juez y otra que terminó reconociendo su mentira, que justificó como una táctica para evitar el nombramiento. Quizá el problema de Trump sea, o haya sido, que heterodoxa irrupción en la política ha dejado fuera de sitio toda la política tradicional norteamericana, hasta el punto de ser considerado incluso como enemigo del comercio mundial, provocando que la izquierda se haya hecho librecambista (no hay mal que por bien no venga) y que no se vuelva a oír al activismo que clamaba contra la globalización económica en todas las ciudades donde celebraban sus reuniones los países más poderosos del mundo.

No resulta menos chocante que durante cuatro años las noticias sobre la bolsa estadounidense no hayan encontrado apenas lugar en los medios, ni el número de parados, reducidos a una estadística que hablaba de práctico pleno empleo en USA, alcanzando la ínfima cota del 3%. En esa misma línea no se ha reconocido a un Presidente americano que ha concluido su mandato sin iniciar una sola guerra, convirtiendo el temido maletín nuclear en un objeto olvidado. Tampoco ha merecido mayor comentario el acuerdo árabe-israelí que ha rebajado de modo considerable la tensión en Oriente Medio o el freno sin alardes innecesarios al agresivo régimen norcoreano con la permanente amenaza de sus misiles balísticos. Trump ha recibido más críticas por discutir con periodistas que Kin Jon Un por intimidar a sus vecinos con acciones bélicas. Y no estará de más recordar cómo un episodio de tintes corruptos protagonizado por Hunter Biden, hijo del candidato demócrata, se convirtió en un intento de “impeachment” contra Trump que fracasó en el Senado porque ni los legisladores republicanos enfrentados a Trump, que no son pocos, pudieron sumarse a un desafuero de tal calibre gestado por el Partido Demócrata abusando de su mayoría en la Cámara de Representantes y en la esperanza de encontrar complicidades en el Partido Republicano.

Sumado a todo lo anterior la campaña electoral situó su epicentro en la cuestión racial y en la gestión del Trump de la pandemia del coronavirus. La mayoría de los medios americanos y los demócratas no dudaron en imputar las muertes al Presidente, tanto las del pretendido móvil racista como de las causadas por la enfermedad. Aquí nuevamente la realidad percutía tercamente con lo que se publicaba. La muerte por asfixia de George Floyd se utilizaba contra Trump pese a que la ciudad donde se produjo tenía un Alcalde demócrata y al frente del Estado había también un Gobernador demócrata. Mientras cientos de radicales incendiaban ciudades y saqueaban negocios con la excusa de la muerte de Floyd, se responsabilizaba a Trump también de los disturbios por pedir a los mandatarios demócratas responsables en esos lugares del orden público que pusieran fin a los desmanes. Otro tanto ocurría con el coronavirus pese a que por ejemplo en lugares como Nueva York, con Alcalde y Gobernador demócratas, o California, con Gobernador demócrata, eran lugares donde la pandemia golpeaba fuertemente con miles de fallecidos.

La creación de todo ese ese contexto previo elevó hace pocos días la apuesta mediática anti-Trump al cortar la señal de televisión en el curso de una intervención del Presidente porque según las cadenas norteamericanas estaba mintiendo. Esta acción atenta gravemente contra el derecho a la libertad de expresión. La grandeza de la democracia es que tolera incluso la mentira y si alguien miente en público se someterá al escrutinio de la opinión y de los votantes en su caso, lo que no puede el medio de comunicación es ser juez y parte a la hora de decidir qué mensajes merecen ser creídos porque convierte un derecho en un privilegio de los bienquistos con la prensa. No puede haber restricciones de esa naturaleza a la libertad de expresión y al proceder así la prensa norteamericana se está arrogando un papel arbitral en la democracia que nadie le ha conferido, razón por la cual esa democracia puede empezar a dejar de serlo. Los procesos democráticos no pueden quedar en manos de una oligarquía mediática que decida el sentido de la voluntad popular en función de sus intereses. En 2.016 todo el despliegue contra Trump no sirvió para hacer descarrilar su candidatura y ahora parece que quieren dejar claro que todo escrúpulo será ignorado para imponer su visión de las cosas.

En buena lógica parece que debería ser Joe Biden el primer interesado en despejar toda duda sobre la legitimidad de su victoria. Si Trump queda como un mentiroso la victoria de Biden no será solo la del sufragio popular, sino también de los principios correctos a los que nada valida tanto como ser aceptados por el que los defiende aun cuando sean adversos a sus intereses. No sería en todo caso la primera vez que se cuestiona el resultado en un proceso electoral norteamericano. Al Gore mantuvo en vilo cinco semanas los comicios del año 2.000 frente a Bush hijo y actuó debidamente. Si Gore consideraba que las votaciones no habían respondido a la legalidad actuó moralmente al exigir que se comprobara, de otro modo las elecciones son una farsa. También ocurrió en 1.960 cuando el elegido fue John Kennedy y hubo un estado, curiosamente Illinois, con resultado sospechoso (fue algo más que un rumor el pacto del padre de los Kennedy y del propio John con la mafia que dirigía Sam Giancana). Joseph Kennedy, apaciguador de los nazis en su etapa de embajador de USA en Gran Bretaña, y su hijo hicieron tratos “non sanctos” que levantaron en su momento mucha polvareda. Pero Nixon no quiso cuestionar el resultado para no poner en peligro el sistema institucional americano. La gratitud a esa renuncia fue sacarlo a rastras de la presidencia en 1.972 por un incidente menor en el que ni estaba involucrado.

Cabe entonces preguntarnos qué clase de democracia es aquella que determina lo que es justo o injusto dependiendo de las condiciones personales o ideológicas del individuo. Porque esa es la esencia de la cuestión, si los límites morales se sitúan en el plano de lo objetivo o de lo subjetivo, si son los hechos los que determinan tales límites morales o son las personas en función de lo que opinen y con independencia de cómo actúen. Parece que hay quien piensa que debe ser esto último, pero entonces no hablamos de valores democráticos sino de totalitarismo que es la consecuencia de la expansión ideológica intervencionista que nos aqueja. El intervencionismo no termina en lo económico, la economía es el alfa, presupuesto obligado para controlar el pensamiento colectivo o para la colectivización del pensamiento, la omega y estación término de todo el sistema, porque quien depende de otro para obtener los medios materiales, no puede disentir de quien se los puede dar.

Se están aventando desde hace tiempo modos sectarios que impiden que sea la ética de la argumentación el medio para el diálogo y la búsqueda del consenso social aun en medio de la beligerancia ideológica. Una serie de grupos de fuerte amparo cultural y mediático se niegan a aceptar el debate de ideas como vehículo de asentamiento de los principios democráticos. Analizar las grandes cuestiones de la humanidad ha dejado de hacerse “sine ira et studio” como recomendaba Tácito y se ha convertido la divergencia en arma de discriminación y división y no de avance civilizador. Toda la sociedad occidental está sucumbiendo a ese mal y da la sensación que en Norteamérica, donde parece que todo lo bueno y todo lo malo tiene su inicio, apunta ser la vanguardia de esa crisis a la que Europa no queda ya ajena. El reto que ahora tienen los Estados Unidos de América para solventar lo que puede ser una gravísima quiebra institucional debería mover todas las voluntades para evitarla porque ya no se trata de aquello “es la economía, imbécil”, sino que “es la democracia, necios”. De no conseguirlo podría no ser el fin, ni siquiera el principio del fin, pero sí el fin del principio de una hegemonía, quizá la más corta de las conocidas.

José María Sánchez Romera.