El futuro ya no es lo que era /José María Sánchez Romera

 

La trágica coincidencia en el tiempo de una serie de asesinatos de mujeres ha venido a desvelar algo que todo el mundo debería saber, pero que los gobiernos intervencionistas fingen ignorar: el Estado o el Gobierno, meras hipóstasis del grupo de individuos que maneja el poder, no lo pueden todo, de hecho, las posibilidades de que empeoren las cosas que pretenden solucionar son exponencialmente más altas que lo contrario. Hace poco la Ministra de Igualdad cedía algo en su injustificada arrogancia reconociendo que no tiene una varita mágica para evitar los crímenes del que son víctimas tantas mujeres. Lo que no dijo es que llegó a pensar que tenía esa varita y que, “deconstruyendo” la expresión, con la sola voluntad y un aparato burocrático a sus órdenes todo debería haber sido posible. Pero ese obligado paso del adanismo social a la admisión de la realidad que sufre invariablemente la izquierda cuando se cae de bruces sobre las brasas, no se convierte en un anticipo de la rectificación. Al contrario, la conclusión habitual es que necesita controlar más las instituciones, con especial atención a los tribunales, para mantener el poder, de modo que, acotando cada vez más las libertades individuales, dar apariencia de pulcritud democrática. Los butrones al poder ya no se hacen por el suelo sino desde el techo y algunas algaradas minoritarias, tan vandálicas como inútiles, solo consiguen que unos cuantos radicales a la derecha de Genghis Khan sean utilizados para contaminar al resto. La historia de la democracia quedaría irónicamente definida por efemérides como la Comuna de París, la toma del Palacio de Invierno o la rebelión espartaquista de Berlín. La izquierda siempre trata de reescribir la historia.

La mayoría parlamentaria que apoya la tarea legislativa del Gobierno, tan impecablemente democrática como deletéreamente política, en medio de tanta contradicción, tergiversaciones y excusas de lo más estrambótico, va camino de superar “1.984”. Lejos de reconocer los perversos efectos de ley del “sí es sí” se dice que es un hito en la protección de las mujeres, que la supresión, publicitada como reforma, del delito de sedición nos equipara a Europa, que la indiscernible diferencia entre malversar para lucro personal o por motivos políticos (como si en estos no hubiera lucro) mejora la lucha contra la corrupción, mientras que los ataques a la extinta mayoría del Tribunal Constitucional, han alcanzado cimas de procacidad impensables. En parecidos términos, mientras baja la inflación general de los precios por el lógico efecto de la caída de la demanda, a la fuerza ahorcan, a la vez que sube la subyacente, los responsables económicos del Gobierno presumen de las rebajas en la primera como si la otra no fuera también resultado de su gestión. Lo cierto es que en la misma medida que el intervencionismo del Gobierno ha ido creciendo bien por causas ideológicas o debido a conveniencias políticas que aseguraran su continuidad, las instituciones, la convivencia que asegura la ley y la marcha de la economía no han dejado de deteriorarse. Prueba de que todos estos efectos ya fueron anticipados han sido las prisas por concentrarlo todo en un corto espacio de tiempo con el fin de que nuevos acontecimientos, reales o facturados por una poderosa flota mediática puesta a toda máquina, los sepulten.

Es muy conocida aquella frase atribuida a Talleyrand que, según se cuenta, espetó a Napoleón: “Sire, con las bayonetas se puede hacer cualquier cosa menos sentarse sobre ellas”. Con una mayoría parlamentaria se pueden hacer muchas cosas menos olvidar que al ser transitorias es preciso gobernar para toda la nación. No hay democracia si la minoría es arrinconada por el gobierno. Si los acontecimientos que se producen en otras partes del mundo fueran objeto de análisis honrados y no utilizados para una burda propaganda, se podría aprender mucho de las malas experiencias ajenas. Se advertiría la súbita aparición de un moderno proletariado que no son desheredados de la tierra ni famélicas legiones, sino quienes ven que el orden liberal en base a la ley y una razonable y mesurada actuación del Estado bajo el que de forma inconsciente vivían, se está derrumbando. Reaccionan votando y a veces por desgracia peor ante el fin de un progreso material que se basaba en el respeto a la moral individual y que están siendo sustituidos por una creciente concentración del poder económico en manos de los gobiernos y en la colectivización del ethos. Constatan la regresión que provocan unas decisiones políticas adoptadas por unas élites que dicen poseer las claves de la felicidad, literalmente afirmado, de todo el mundo, pero concebidas al margen, cuando no en contra, de éste.

Sin embargo, no se produce ninguna rectificación, tras cada fracaso y sus convulsas consecuencias, la ingeniería política reacciona fortaleciendo el aparato coercitivo del Estado, incrementando su dominio sobre los medios de comunicación y elevando la dotación de las partidas presupuestarias destinadas a fidelizar el voto del mayor número posible de votantes. Como resultado, el nacimiento de un robusto replicante populista en el otro lado duplicando el problema con ello el peligro de conflicto también. La izquierda pensaba que ella era la única que podía hacer populismo y que las masas solo se movían a su impulso. Ahora las necesidades de controlar dos extremos en vez de uno dificultan la no siempre fácil obtención de concordia social, tensión que no parece incomodar a la izquierda en la medida que le sirve para dar consistencia a sus recurrentes discursos del miedo. Un éxito estratégico que no puede ocultar la muerte del mito de un pueblo autor de su propia liberación como idea vertebradora de una nueva sociedad que ha dado paso a ceder todas las decisiones a unas minorías con grandes dosis de soberbia intelectual y de poco más. En última instancia estamos asistiendo a la progresiva destrucción de la democracia liberal, que con su equilibrio de poderes previstos en las leyes limitaban a unos respecto de otros, y la formación a marchas forzadas de sociedades pendulares donde la dominación de unos grupos sobre otros será el método para organizar la convivencia, lo que nos dejará muy lejos de reconocernos en valores que como humanos nacidos en un mismo tiempo compartimos. Aunque no puede que ese sea el plan para un nuevo ensayo con todo de otro nefasto experimento.

José María Sánchez Romera.

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