El hundimiento / Tomás Hernández

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Un economista alemán publica un artículo en un periódico suizo en el que escribe que España es un Estado fallido. Un periódico español, El Mundo, recoge inmediatamente la afirmación del economista alemán, la comenta con profusión y le dedica el editorial. Días después, el parlamentario Pablo Casado o su ventrílocuo, Teodoro G. Egea, denuncia, en esas sesiones vergonzosas de los miércoles, que Europa califica a España como un estado fallido. De esta forma, por arte de birlibirloque o de trilero, la opinión de una sola persona se ha convertido en la de todo un continente, ¡Europa entera!

El sesgo falsario de alguna prensa y de algunos reproductores de desinformación dejó de causar estupor o ira para convertirse en motivo de mofa. Pero el asunto no es trivial, si lo fuera no habría tanta gente interesada en propagarlo.

En el primer trimestre de 2020 hubo 3.725 denuncias por ocupación ilegal de viviendas. Una cifra para preocuparse. No hay día en que no leamos, oigamos o asistamos a una ocupación y a las protestas de los vecinos. A continuación, en el mismo informativo, descaradamente, una cuña publicitaria sobre algunas empresas de seguridad privada que aprovechan el miedo, si es que no lo financian, para hacer su agosto, su septiembre y su octubre.

En el primer trimestre de 2020 hubo 6.892 desahucios. ¿Hemos oído hablar de ellos? ¿Han aparecido en las televisiones a la hora del almuerzo y la cena? ¿Por qué preocupan más las ocupaciones que los desahucios? Porque, como decía uno de mis hermanos que fue “bancario”, “con el banco no se juega”. Los bancos desahucian, y no es un juego. Desahucian, siguen cobrando la deuda y dejan las casas vacías, abandonadas a su suerte para evitar minucias de impuestos, tasas por empadronamiento, IBIs y otras nimiedades administrativas. Algunas de esas casas a lo mejor son de las que ocupan los okupas y no sólo la del indefenso jubilado que sale a comprar el pan y a la vuelta ve que le “han tomado la casa”, como diría Cortázar. Imágenes de viviendas abandonadas por los bancos vemos pocas, de inocentes que sufren injustamente la ocupación de sus casas, de sus vidas y de su intimidad, todas.

¿Por qué causa más miedo la apropiación de las casas abandonadas por los bancos que los desahucios de sus víctimas? Porque el miedo es política y económicamente beneficioso. Un Estado fallido sería aquel en el que si abres el grifo, no cae agua; si pulsas un interruptor, no brota la luz; si caes enfermo, te mueres en un rincón. No creo que hayamos llegado a ese Estado fallido, pero una sociedad más alarmada por las ocupaciones que por los desahucios a lo peor empieza a parecerse, peligrosamente, a una sociedad fallida.

Tomás Hernández