El motín del clima / José María Sánchez Romera

(Cambio climático) En la ciencia muchas teorías se formulan a partir de la observación de ciertos fenómenos, pero sin disponer de evidencias que las confirmen. Después el investigador trata de encontrar las pruebas de lo que le ha llevado a anticipar esa teoría y por supuesto para que en último extremo pueda considerarse válida tiene que someterla a verificación teniendo en cuenta lo que la confirma y lo que la desmiente. Eso es en esencia lo que conocemos como método científico, algo por otro lado elemental.

La teoría del cambio climático se formula inductivamente a partir de la observación de unas temperaturas más elevadas de lo habitual en los últimos años. A raíz de ello, se buscan las causas y se llega a concluir que la causa son las emisiones de CO2 generadas por la quema de combustibles fósiles y su emisión a la atmósfera. Una vez eso se considera verificado se realizan proyecciones de la evolución de las temperaturas a partir de modelos de cálculo instalados en potentes ordenadores que confirmarían que de continuar con el ritmo actual de emisiones la temperatura de la Tierra subirá dramáticamente poniendo en riesgo la vida del planeta tal y como la conocemos hoy.

La citada teoría pese a lo que dicen políticos y medios de comunicación no es pacífica en el campo científico. De forma más o menos matizada es puesta en cuestión por muchos científicos que han escrito sobre ello abundantemente. Podemos citar tres libros como ejemplo: “El clima, no toda la culpa es nuestra” (Steven Koonin); “Premoniciones (cuando la alerta climática lo justifica todo)” (Alfonso Tarancón y Javier del Valle) y “No hay apocalipsis”, de Michel Schellenberger. También se puede mencionar al premio Nobel de física John F. Clauser, entre otros muchos. No son meros opinadores o políticos a la busca de alguna causa que atraiga lectores o votantes, son científicos del más alto nivel que cuestionan cómo se presenta ante la sociedad esta cuestión por parte de una propaganda subvencionada que impone un relato sin alternativa decidido por políticos ignorantes sobre la materia. No una hipótesis, sino una certeza como que la existencia de mares y ríos implica que habrá gente que pierda la vida en el agua, no lleva a la decisión de desecarlos para evitar muertes por ahogamiento. A un absurdo parecido se nos está llevando.

Así las cosas, la teoría oficial del cambio climático cerrada a toda contradicción se convierte en pseudo ciencia porque no puede admitirse un conocimiento válido sin ser cuestionados sus fundamentos. El propio panel de la ONU sobre el cambio climático dista mucho de la versión apocalíptica que transmiten las instancias gubernamentales y muchos medios de comunicación. Por supuesto, es importante la preservación del medio ambiente y lógico atender a las opiniones que nos alertan sobre esta cuestión, pero ya no resulta admisible formulada como un dogma científico basado en una teoría que es indemostrable “a priori”. Más aún, se ha convertido en un arma ideológica arrojadiza de señalamiento de tal forma que quienes la refutan son confinados en el gulag del negacionismo suicida.

Lo anteriormente expuesto es necesario para comprender una parte relevante de las dificultades del sector agrícola europeo.

(El motín del clima y los galeotes) Recordando en alguna medida lo que significó en su momento “el motín del té”, esta semana hemos vivido el levantamiento de sector agrícola europeo asfixiado por una normativa que inspirada en la preservación del medio ambiente y la teoría del cambio climático impone severos requisitos administrativos y estrictas regulaciones a la producción. Esto ha convertido las explotaciones agrarias en antieconómicas y ni las subvenciones pueden ya compensar las pérdidas. Las sucesivas ampliaciones de la UE han hecho que los fondos a repartir sean proporcionalmente menores cada vez mientras se han ido incrementando las exigencias para comercialización de los productos. Las soluciones que se han ido parcheando no han resuelto ese déficit porque el mercado está intervenido por la imposición de costes inasumibles y la consiguiente alteración de los precios reales que no pueden ser otros que los libremente establecidos al coincidir la oferta y la demanda. La pretendida prohibición de vender a pérdidas no pasa de ser una norma voluntarista que además es un concepto indiscernible. Vender a pérdidas no es vender sino regalar, al menos en parte, el producto y no siendo el precio una magnitud objetiva, no puede establecerse por decreto lo que sea vender a pérdidas cuando los costes son un componente que se relativiza por los precios de mercado.

Toda ruptura del funcionamiento del mercado tiene siempre las mismas consecuencias: distorsiones de precios, ineficiencia en la producción y escasez de mercancías al destruirse la rentabilidad. No hay competencia desleal, como algunos políticos franceses han dicho para justificar sus nefastas políticas agrarias, hay competencia desigual a causa de la imposición de unos costes exorbitantes al agro europeo que lo hacen vulnerable frente a productos de terceros países, libres de toda esa asfixia burocrática y regulatoria. Lo innecesario de todo eso lo demuestra el que si se permite la importación de productos procedentes de países fuera de la UE, hay que dar por sentado que son alimentariamente seguros. Y si igualmente se admite que ofrecen precios más competitivos por no sufrir regulaciones tan severas, es forzoso concluir lo innecesario de muchas de las normas impuestas a los productos europeos cuya inspiración marcadamente ideológica desconoce la realidad sobre la que opera. Recuerda Savater en su último libro (“Carne gobernada”) que Escohotado decía que no hay venenos sino dosis. Los niveles del intervencionismo gubernamental han terminado siendo letales.

El sector agrícola ya forma parte de esa nueva clase social cuya situación es muy parecida a la de aquellos galeotes, condenados a remar sin otra esperanza que sobrevivir. Esta versión contemporánea de los galeotes se identifica con los sectores más productivos y dinámicos de la sociedad, sometidos a inacabables exigencias de todo orden, especialmente fiscales, para que los Estados redistribuyan a su conveniencia (política) el producto de su esfuerzo innovador y empresarial.

Puede que estemos asistiendo al principio de algo que todavía es difícil de anticipar, aunque se hace evidente que cuando la política se empeña en restringir la libertad humana hasta límites imprudentes se desatan los vientos de la revolución (y no necesariamente hacia donde algunos piensan que irá).

 

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