El otoño se había apoderado de aquel pueblo de veraneo. La vida nocturna continuaba dominando el diario de aquella parte de sus habitantes que se podían permitir no tener que madrugar; era el caso de dos amigos que, sin ser oriundos del pueblo, se habían instalado en él con la intención de encontrar un trabajo que les permitiese iniciar sus vidas personales adultas y así no depender de sus familias para salir adelante.
Andaban trapicheando en todo lo que se cruzaba en su camino y, poco a poco, alcanzaron un nivel de ingresos que les permitía abandonar aquellas pensiones frías e incómodas donde ni siquiera una ducha caliente les era posible. La suerte les salió al paso al enterarse de que una familia acomodada alquilaba su vivienda debido a la mudanza a una casa en el campo.
La vivienda era como un regalo caído del cielo: espaciosa, construida junto a la playa y a un precio asequible. Allá que se instalaron nuestros personajes, que, por cierto, se llamaban Luís y Pedro. Este último era el prototipo de ser excesivo. Lo era, sobre todo, en don de gentes. Era un tipo simpático. El otro era justamente lo opuesto: tímido, reservado y, aunque no sobrado de simpatía, su amabilidad hacía de contrapeso y sus relaciones sociales eran satisfactorias.
Sus antecedentes eran suficientemente parecidos como para facilitar la relación entre ellos y, a pesar de que sus preferencias laborales y afinidades culturales no eran homogéneas, existían unas tendencias vitales que facilitaban la relación amistosa y complementaria.
La vivienda era amplia y cómoda. Tenía algo especial que hoy se consideraría como extraño, pero que entonces pasaba desapercibido porque era nota común en muchas viviendas de entonces. A saber: la cerradura de la puerta, por su aspecto, debía de haberse roto hacía años y nadie había considerado la necesidad de repararla. Así pues, la posibilidad de invadir la vivienda estaba al alcance de cualquiera. De tal forma que había noches que, al entrar en la casa, podían encontrarse por el pasillo a un extraño y pensar que había sido invitado por el otro a pasar la noche.
Aquello era como la Torre de Babel por la cantidad de lenguas y personajes que pululaban por allí. Ni que decir tiene que lo que más unía a todos ellos era el hecho de ser noctámbulos. La noche era su reino.
Pedro gozaba de un sentido especial para los negocios, asumía riesgos y encontraba soluciones sobre la marcha cuando se presentaban problemas. Luís, por el contrario, era menos lanzado y tomar decisiones rápidas no era su virtud dominante.
Pedro, desde muy joven, viajó con frecuencia fuera del país. Fue en Nueva York donde realizó su primer negocio y, desde entonces, tenía la impronta que luego daría carácter a las sucesivas actividades. Allí conoció a una chica sudamericana que había tenido relativo éxito como modelo. Tuvieron una relación, con los normales altibajos, debido sobre todo al hecho de que él podía ser una parodia de Playboy y ella una mulata con las hormonas desatadas.
Estos son los antecedentes de cuanto ocurrió una noche de tormenta en el pueblo al que ella había llegado con el ánimo de reencontrarse con aquel amor de juventud. Ni que decir tiene que habían pasado unos cuantos años y que las circunstancias habían cambiado notablemente.
Como era habitual para aquellas gentes, la vida comenzaba con la puesta de sol. Todos se ponían sus mejores galas y se lanzaban a una corriente que inexorablemente los conducía a unos garitos donde alternaban con personas afines a su sentido de la vida.
Aquella noche, la modelo, que se había percatado de la cercanía y la familiaridad que Pedro tenía con su secretaria, una chica inglesa que hacía las funciones de lo que hoy se conoce como becaria, y afectada por un ataque de celos, desapareció poco antes de esa hora en la que se retiraban a descansar los amigos.
Hacía una noche de perros y, al menos, su espectacular abrigo de piel de leopardo la resguardaba del frío y las inclemencias del tiempo. Sabiendo que la puerta de la casa estaba siempre abierta, decidió entrar antes que nadie y, dirigiéndose al dormitorio de Pedro, se escondió tras las cortinas de una de las ventanas, con la intención de conocer si Pedro llegaba acompañado, como ella había sospechado.
Al poco rato llegaron Pedro y su amigo, empapados porque se había desatado la tormenta y no habían tenido la precaución de llevarse ropa de lluvia. En el pasillo que distribuía la entrada a los dormitorios, los dos amigos se despidieron deseándose buenas noches, y cada uno entró en su habitación cerrando la puerta.
Tan pronto como Luís se hubo acostado, entró en un estado de duermevela previo al sueño profundo. En ese momento, Luís escuchó el grito más espantoso que jamás había oído y fue tal la impresión que le produjo que no podía controlar el temblor que sentía en todo el cuerpo.
El grito había sido tan estridente y desesperado que pensó que algo terrible había tenido que ocurrir para que Pedro produjera un alarido tan sobrecogedor. Ante tal situación, comenzó a especular con los motivos de lo ocurrido, no encontrando otra explicación sino que Pedro había sido atacado físicamente por alguien que, o bien pretendía robarle o, dada la promiscuidad con la que se comportaba, hubiera tomado venganza por una traición amorosa.
Teniendo en cuenta su proverbial prudencia, Luís permaneció inmóvil en la cama, pensando que cualquier cosa que hubiese ocurrido ya debía de ser tarde para solucionarla, puesto que tras el espantoso grito se hizo un silencio sepulcral, nunca mejor dicho.
El miedo es la sensación más invalidante que existe. Con estas premisas, llegó a la conclusión que mejor se adaptaba a su carácter, o sea: Pedro, probablemente, estaba muerto y no había nada que hacer al respecto, o el asunto no era de extrema urgencia y tendría su explicación a la mañana siguiente.
Entre estas cavilaciones y la inestimable ayuda del alcohol ingerido la noche anterior, Luís se quedó profundamente dormido.
Su despertar no fue precisamente relajado. Se agolpó en su cabeza todo cuanto había percibido la noche anterior y, aunque no exento de temor, se dirigió al dormitorio de Pedro y, golpeando levemente la puerta, esperó una respuesta que no llegaba.
Tras un tiempo prudencial, insistió hasta que del interior salió una especie de graznido que demostraba la irritación que a Pedro le producía que lo despertaran tan temprano, al tiempo que para Luís representaba el alivio de saber que nada irremediable había ocurrido.
Para entonces, había recuperado ya la tranquilidad de la que frecuentemente hacía gala y pidió permiso para entrar en el dormitorio. En él encontró a su buen amigo con la acostumbrada expresión matutina de estar sufriendo una resaca espantosa y que le pedía, en tono lastimero, que le corriese la cortina, pues la luz de la mañana comenzaba a ser intensa y sentía que le iba a explotar la cabeza.
Con la diligencia de un mayordomo, papel que a veces gustaba representar, Luís se mostró amable preguntando si podía hacer algo para aliviar tan penoso estado. Solo tuvo un gruñido por respuesta, seguido de silencio.
Fue el momento oportuno para lanzar la pregunta que flotaba en el ambiente:
—¿Por qué gritaste anoche de forma tan penosa?
La respuesta no se hizo esperar.
—Luego te lo contaré —contestó Pedro de forma un tanto cortante.
Luis se marchó a trabajar con un sentimiento ambivalente. Por un lado, el alivio al comprobar que nada irresoluble había pasado, pero, por otro, le intranquilizaba el no tener conocimiento de lo que había ocurrido la noche antes.
Envuelto en sus preocupaciones, no veía la hora para encontrarse con Pedro y aclarar lo sucedido. A mediodía se encontraron en el bar que solían frecuentar para tomar el aperitivo y Pedro tuvo a bien detallar las circunstancias que tanto inquietaban a su amigo.
La respuesta fue corta y escueta, pues no había excesivos datos que explicar; y esto fue lo que sucedió:
Pedro, que padecía las mismas consecuencias que su amigo tras una noche larga y bien regada, entró enseguida en el estado de duermevela en el que la realidad y la ficción se confunden. La celosa amiga, que andaba escondida detrás de la cortina, pensó que ya había tenido suficiente prueba para calmar sus celos y, arrastrándose por el suelo, inició una salida del cuarto, cuando, de repente, se produjo un rayo muy fuerte que iluminó la estancia, dándole un aspecto fantasmagórico. Pedro, que había recuperado el estado de vigilia, vio con claridad meridiana a un leopardo que pasaba sigiloso por los pies de su cama. Por supuesto que el abrigo de la dama había servido de camuflaje perfecto para producir un terror indescriptible.







