En Arrét ( En Parada) / José María Sánchez Romera

Cuando va ya para ocho años el Presidente Macron fundó su movimiento político EN MARCHE (EN MARCHA, ese sutil egotismo de hacer coincidir las iniciales del grupo con las del nombre y apellido del líder), la idea fundacional del movimiento, transmutado en partido tras el triunfo electoral que hizo Presidente a Macron, era más que amalgamar no ideas muy diferentes, sino gente de distintas ideas para crear una mayoría electoral. A modo de reclamo políticamente novedoso se trató de una propuesta hábil tras una errática, como siempre, presidencia socialista de Hollande que en Francia siempre oscila entre la custodia de la sagrada “grandeur” y el hundimiento de la economía. Con el gaullismo también en crisis, menor que la del socialismo, tras la etapa de Chirac cuyo único mérito era ser preferido por la izquierda antes que tragar con Le Pen, Macron se aparece como un líder renovador al que se percibe como la superación de la dicotomía izquierda-derecha y de paso la limpieza de una clase política fosilizada y endogámica. Elegido Macron como Presidente, su partido arrasó en las legislativas pocas semanas después dejando a los gaullistas en cuadro y al otrora poderoso Partido Socialista Francés en las raspas.

Siete años después de ese histórico cambio en el sistema de partidos de la V República el colapso es prácticamente total. Desde el sistema electoral, el tan celebrado “ballotage”, hasta los mecanismos institucionales que en su momento diseñó de Gaulle para la estabilidad del sistema, todo se está viniendo abajo. Las preferencias electorales de los franceses defraudados con el “invento” de Macron han convertido en ingobernable la República Francesa, su estructura jurídica no estaba preparada para funcionar con una Asamblea tan dividida de la que depende el Gobierno que a su vez designa el Presidente. Esa doble dependencia provoca la inviabilidad del sistema ante la falta de una mayoría estable. En otro tiempo cabía la posibilidad de la “cohabitación” con un Presidente políticamente opuesto a la mayoría parlamentaria que podía nombrar a un primer ministro con apoyo en la cámara o que Presidente y mayoría legislativa coincidieran políticamente, lo que hacía muy sencilla la tarea de gobierno. Así el Presidente podía tener una labor estabilizadora de una mayoría adversa o impulsar una acción de gobierno determinada por el apoyo parlamentario a un gobierno en sintonía con el Palacio del Elíseo.

A día de hoy todo aquello ha sido completamente arrasado por las decisiones políticas de Macron. En primer término, porque las pretensiones de permanente navegación centrista conduce invariablemente al Mar de los Sargazos, una cosa es gobernar con un objetivo político de mayoría social aplicando moderación a las inclinaciones políticas del partido mayoritario y otra ir tomando medidas contradictorias en función de las circunstancias con las que se pretende contentar a unos y a otros. Macron pudo haber sido la alternativa liberal que tanto necesitaba Francia para acabar con un Estado heredero del jacobinismo, intervencionista y con un gasto público y una deuda soberana insostenibles. Los dos partidos más poderosos de Francia están hoy en extremos ideológicos irreconciliables y sin embargo coinciden en sostener políticas económicas de gasto e intervención estatal que tras la crisis política traerán la económica en poco tiempo. Tanto la Francia Insumisa de Mélenchon como el Reagrupamiento Nacional de Marine Le Pen comparten la idea de un estado fuerte en todos los sentidos y son contrarios a la pérdida de soberanía nacional que implica el proceso de integración europea (que lleva camino de incrementar en vez de aminorar la burocratización de la política). Macron con sus tímidos intentos reformistas no ha conseguido más que desprestigiar una opción necesaria como es la reforma integral del Estado para sacarlo de la parálisis política y de la inevitable ruina económica consecuencia del gasto y el endeudamiento.

Quizá en último término deba considerarse que de alguna forma cada sociedad, cada país, viven eso que los norteamericanos llamaron destino manifiesto, ese espíritu nacional que las predetermina en su devenir histórico. Puede que Francia a partir de esa ruptura traumática que significó su Revolución a finales del siglo XVIII necesite transitar de la “Terreur” de Robespierre al Termidor que lo guillotina, del golpe en 18 de Brumario al Consulado de éste al Imperio y su derrota militar, vuelta a la Monarquía y al Imperio, la Comuna de París, la convulsa Tercera República y mayo de 1.968 (la inanidad elevada a símbolo de un tiempo). De los sans-culottes a los chalecos amarillos lo único que parece haber cambiado es la indumentaria, no la pulsión rebelde de la noción de ciudadano revolucionario instaurada por la Revolución, hecha piel política del pueblo francés. Lo escribió Hölderlin en su Hiperión: “Siempre que el hombre ha querido hacer del Estado su cielo lo ha convertido en su infierno”. La “Republique En Marche” fue el grito desesperado que ha precedido a la crisis del sistema hasta su parada definitiva, por más que Macron finja lo contrario, más de doscientos años de historia lo contradicen.

Viene “La Revolution en marche”. C´est la France y ésta París, el resto es geografía.

José María Sánchez Romera
 

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