En el mes del libro / La isla de Arturo

 

Texto: Javier Celorrio

Hay novelas que no se leen: se habitan. Y La isla de Arturo, de la italiana Elsa Morante, pertenece a esa estirpe rara de libros que no solo cuentan una historia, sino que construyen un territorio emocional en el que el lector acaba perdido, felizmente perdido, como quien deambula por una memoria que no es suya pero que reconoce. Si uno tuviera que evocarla en pleno arrebato lírico, habría que empezar por el hechizo: esa mezcla de sensualidad mediterránea, mito íntimo y melancolía iniciática que envuelve cada página.

Arturo no es solo un muchacho: es un pequeño dios pagano en su isla de Procida, un territorio que Morante convierte en un escenario casi mítico, como si Homero hubiese decidido escribir sobre la adolescencia en vez de sobre la guerra. Allí, entre rocas abrasadas por el sol y silencios que pesan más que cualquier palabra, Arturo crece en una especie de paraíso masculino y solitario, marcado por la figura distante —y casi legendaria— de su padre. Pero ya se sabe que todo paraíso lleva inscrita su propia caída.

Lo fascinante, y aquí Morante se vuelve casi cruel en su lucidez, es cómo ese mundo idealizado se va resquebrajando con la llegada de lo femenino, de lo desconocido, de aquello que no se puede dominar ni comprender del todo. Porque La isla de Arturo es, en el fondo, una elegía de la inocencia perdida, pero también un relato sobre el despertar del deseo, con toda su carga de confusión, fascinación y dolor. Y Morante no edulcora: escribe con una delicadeza que corta, con una ternura que a veces roza lo insoportable.

La relectura de esta esta novela, nos subraya su dimensión sensual, ese erotismo latente que no necesita mostrarse explícito para impregnarlo todo. Porque la isla no es solo un espacio físico: es un cuerpo, un territorio que Arturo recorre y descubre como quien explora su propia identidad. Y en ese descubrimiento hay algo profundamente cinematográfico, casi como un melodrama clásico bañado por la luz del Mediterráneo, donde cada gesto tiene un eco trágico.

Pero no nos engañemos: bajo su apariencia de relato de formación, la novela es también una reflexión amarga sobre el amor, la idealización y la imposibilidad de poseer aquello que más deseamos. Arturo ama —a su padre, a la isla, a las mujeres— con una intensidad absoluta, casi febril, y es precisamente esa intensidad la que lo condena. Porque crecer, nos dice Morante, es aprender que los dioses también mienten, que los héroes se desmoronan y que la isla, cualquier isla, acaba siendo demasiado pequeña para contener el peso de la realidad.

Leer La isla de Arturo hoy sigue siendo una experiencia profundamente conmovedora. No solo por su belleza formal, que la tiene y mucha, sino por esa capacidad tan rara de capturar algo esencial y doloroso: el momento en que uno comprende que la infancia ha terminado y que, a partir de entonces, todo será un intento —siempre incompleto— de regresar a ese lugar imposible.

Y quizá por eso, al cerrar el libro, queda una sensación extraña, casi física: la de haber amado algo que ya no existe, como un verano perdido, como una isla que solo sobrevive en la memoria. Porque Morante, con una elegancia feroz, nos recuerda lo inevitable: que crecer es, también, aprender a despedirse.

Hay, sin embargo, un territorio aún más inquietante en La isla de Arturo, un territorio que Elsa Morante dibuja con una sutileza casi venenosa: la ambigüedad del padre, esa figura totémica que para Arturo es a la vez héroe, ausencia y enigma.

Porque el padre —ese Wilhelm que parece existir más en el relato que en la realidad— no es nunca del todo aprehensible. Arturo lo adora con una devoción que roza lo religioso, lo convierte en una especie de caballero mítico, viril y libre, un modelo absoluto de masculinidad. Pero Morante va dejando grietas, pequeñas fisuras por donde se cuela una sospecha incómoda: ¿quién es realmente ese hombre? ¿Qué vida lleva lejos de la isla? ¿Por qué su presencia está siempre teñida de distancia, de secreto, de algo que no termina de encajar en la imagen idealizada del hijo?

Y es ahí donde aparece ese otro personaje, ese hombre mayor que protege al padre, el Amalfitano,—una figura secundaria en apariencia, pero cargada de resonancias turbias— cuya relación con el padre nunca se explica del todo, pero se insinúa con una intensidad que descoloca. En esa relación hay algo más que amistad, más que camaradería: hay una intimidad elusiva, un vínculo que Morante sugiere sin nombrar, como si supiera que lo verdaderamente perturbador no necesita ser dicho.

Vista desde hoy, esa ambigüedad adquiere un peso especial. No solo porque introduce una lectura posible sobre la sexualidad del padre —algo que Arturo, en su inocencia obstinada, es incapaz de formular—, sino porque desestabiliza por completo el mito que sostiene su mundo. El padre ya no es solo el héroe ausente: es también un ser opaco, escindido, atravesado por deseos que no encajan en el relato que Arturo ha construido para sobrevivir.t

Y si uno se deja llevar por ese tono que tanto sedujo a Terenci Moix, casi se podría decir que ahí late el verdadero drama de la novela: no en la pérdida de la infancia en abstracto, sino en el derrumbe de una fantasía masculina perfectamente ordenada. Porque el descubrimiento no es solo que el padre no es un dios, sino que ni siquiera responde a las reglas del juego que Arturo creía entender.

Así, la isla deja de ser un espacio de certezas para convertirse en un escenario de ambigüedades, de silencios cargados de significado. Y Arturo, que creía conocer el mundo a través del mito, se enfrenta de pronto a algo mucho más inquietante: la evidencia de que el amor —especialmente el amor hacia el padre— puede estar hecho de sombras, de zonas no nombradas, de secretos que nunca terminan de revelarse.

Morante, con una elegancia casi cruel, no ofrece respuestas. Se limita a sugerir, a dejar que la duda se instale como una niebla persistente. Y es precisamente esa niebla la que convierte la novela en algo más que un relato de formación: en una exploración incómoda, profundamente moderna, de la identidad, el deseo y los relatos que inventamos para no mirar de frente lo que nos desborda.

 

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