Si un día saltara la noticia de que en una tribu de la Amazonía se había inventado la rueda muchos pensarían que el etnicismo woke llegaba muy lejos, la rueda está descubierta sólo que en esa sociedad no se conocía el artilugio que revolucionó el transporte. Algo similar ha venido a ocurrir con la victoria del candidato demócrata a la Alcaldía de Nueva York, Zohran Mandami, cuya ideología confesada, socialista, ha levantado en muchos analistas y medios de comunicación, ¡incluidos liberales!, olas de pasión parecidos al advenimiento de algo nunca visto. Parece como si de repente el sol saliera por el Oeste y fuera a cambiar el orden vital del planeta.
En realidad, lo que tantos excitados observadores de la realidad han visto no es un amanecer inédito sino el inicio de las últimas luces del día, el monótono atardecer que precederá al ocaso que viene con el socialismo del candidato electo. En la victoria de Mandami se quiere ver un descubrimiento, como el caso de la rueda, un socialismo desconocido y singular pese a la letanía habitual de subidas de impuestos, control de precios, promesas de servicios gratis y construcción por iniciativa pública de casas para gente sin recursos, un programa político, como puede verse, sin precedentes en la historia. Hasta RTVE, fiel a su acreditada neutralidad informativa, se ha dedicado a desmentir en su página web, como si fuera algo de su incumbencia, los supuestos bulos que circulan sobre algunas de las declaraciones más polémicas del recién elegido alcalde demócrata, todo sea por la verdad progresista.
Algunos hechos deben, no obstante, situar esta elección en términos menos triunfalistas desde su representatividad real. Porque Nueva York es históricamente un bastión demócrata, la fuerza del republicanismo es mínima y el porcentaje de votos alcanzado por Mandami, el torno al 50%, queda muy lejos de otros alcaldes como Eric Adams, que ganó en 2021 con el 67% de los votos y Bill de Blasio, que lo hizo en 2017 con el 66% y, previamente, en 2013, con el 73%. De hecho, el candidato alternativo a Mandami era otro demócrata, Cuomo, que obtuvo el 41% de los sufragios, quedando el candidato, Curtis Sliwa, con un raquítico 7%. El número de votos emitidos ha estado entorno a dos millones, de una población de casi nueve millones de habitantes, por lo que Mandami va a ser alcalde con un millón de votos, en torno a un 11% de la población neoyorquina. Muy poca cosa en términos de representatividad a lo que deberá añadirse cómo podrá gestionar (financiar) sus promesas electorales, donde, según nos dicta la experiencia, lo que anuncia dejará la caja de los recursos públicos exhausta y los problemas denunciados peor que se encontraron. El chavismo prometió sacar de la pobreza al 30% de los venezolanos que la padecían, la subió a la estratosfera, más del 90%, algo sin precedentes en la convulsa Iberoamérica, y ahí sigue el régimen, impertérrito ante su propia ilegitimidad.
El entusiasmo generado por este triunfo no es ninguna novedad, no deja de ser el habitual que produce en una parte importante de la opinión dizque especializada y de muchos medios de comunicación, generalmente excitados por esas proclamas de regeneración democrática y justicia social que la izquierda verbaliza habitualmente como reclamo electoral. Los hechos posteriores acaban quedando muy lejos de ese luminoso futuro anticipado, pero entonces las portadas informativas suelen guardar silencio sobre ello, porque el jolgorio suele tener motivaciones ideológicas y para no quedar en evidencia ante la repetición de un fracaso recurrente y fácilmente previsible en consecuencia. Lo más llamativo de este proceso que se inicia con esas grandes expectativas a las que siguen profundas decepciones sociales, es la fe inquebrantable que se perpetúa con el bucle, sin que decaiga la fe pese al asegurado anochecer que traerá el socialismo, donde sus fieles quieren que veamos una y otra vez el amanecer porque en sus ensoñaciones de buhardilla nunca se pone el sol. Y ahí precisamente, debe reconocerse, está su fuerza, en una constancia digna del mismísimo Sísifo al subir una y otra vez la piedra a la montaña, aunque termine cayendo de nuevo al punto de partida (y más abajo aún). Esa es la base de su superioridad moral, que debiera inmoral según sus propios principios, pero delatora de crónica debilidad de su teórica oposición ideológica a la hora de defender aquello en lo que se supone deberían creer y que no es otra cosa que la causa de la libertad. Frente al intervencionismo y el control social, el pesimismo sobre la capacidad humana para el bien y la soberbia dogmática, inmune a su propio fracaso, de ese dios tan torpe que alumbró el materialismo dialéctico, el optimismo sobre el ejercicio de la libertad y la buena voluntad de los hombres para llegar a acuerdos justos, negando sin reservas que éstos sean los que impone el Estado.
Estas victorias de la izquierda, como en el caso de Nueva York, delatan la manifiesta debilidad moral de quienes tienen encomendada la tarea de defender la libertad humana frente a quienes pretenden hacernos vivir en el panóptico de la pesadilla foucaultiana, vigilados desde arriba por un número ingente de normas que reducen al mínimo toda iniciativa personal. Javier Cercas, poco sospechoso de desviaciones neoliberales, cierto que algo talludo, algo va columbrando, y este domingo se pregunta si no será la felicidad personal una condición necesaria para contribuir a la felicidad colectiva, justamente lo contrario de lo que dicta el socialismo: la colectivización del concepto de felicidad desde el poder para imponerlo. El problema es que la derecha, usado el término en su sentido tradicional, asume que parte de su legitimación social incluye parecerse lo más posible al socialismo y por eso cuando sus éxitos llegan se convierten en el triunfo de lo ajeno. Pudiendo estar todos equivocados, lo que no se puede es dejar la iniciativa a los que más lo están.
José María Sánchez Romera





