Artículo de opinión de Arturo González, secretario de grupo de Almuñécar-La Herradura Unida para la Gente.
Hace ya cuatro años que nos dejó Julio Anguita, un referente no solo de Izquierda Unida, sino de la historia política de España en su totalidad.
Muchos lo recordarán por su impecable trayectoria como alcalde de Córdoba y como Secretario General de Izquierda Unida en los 90. Otros recordarán su clásico “programa, programa, programa”. Y todas sabemos que fue un hombre fiel a sus principios y a su palabra antes, durante y después de su etapa como cargo político.
En mi caso, recuerdo a dos Anguitas:
El primero es el de mi niñez, cuando la política era algo ajeno a mí que hacían los mayores. En la televisión, Anguita aparecía esporádicamente mientras que todos los focos eran para Felipe González y José María Aznar. Entonces me hicieron creer que era una figura justa y respetable a la que seguían cuatro comunistas mayores con un cigarro en la mano mientras leían a Marx. También me hicieron creer que lo importante era “el centro” y que, según me sintiese de izquierdas o de derechas debía votar llegado el momento al dirigente de turno del PSOE o del PP. Todo lo demás eran sueños, radicalismos o una mezcla de ambos. Ni siquiera leer en mi adolescencia revistas como “El Jueves” pudo minar esa noción, tallada en mi mente a base de telediarios.
Es curioso que 25 años más tarde se venda más o menos la misma idea.
Estos recuerdos me sirven para recordar cómo la política superficial, con la que se bombardea a la mayoría de gente en los grandes medios, te lleva irremediablemente a elegir entre dos opciones predeterminadas y aparentemente opuestas. Pasa en España, pasa en Granada y por supuesto, pasa en Almuñécar.
El segundo recuerdo de Anguita vino mucho más tarde, tras el 15-M. Acababa de cumplir 28 años y me encontraba estudiando Filología Inglesa en Granada. Era un momento idóneo para “politizarme” y, de la mano de una entrevista de Pablo Iglesias a Julio Anguita en YouTube, me sumergí de lleno. Durante semanas, aprender sobre la vida de Anguita fue mi adicción. Me vi todas sus entrevistas en YouTube, sus videos en TVE enfrentándose a doce periodistas simultáneamente, leí decenas de artículos, textos y algún libro.
Aprendí de la importancia del programa, y de cómo debía argumentarse y referenciarse cuando la discusión intentaba trasladarse a lo emocional o a lo que hoy conocemos como “el fango”.
También la importancia de la coherencia, una virtud que te permite ser fiel a lo que defiendes y no avergonzarte al mirar atrás. Esto te permite no ser víctima de “la hemeroteca” cuando haces o dices lo contrario a los que decías ayer.
La honestidad, igual de importante, es lo contrario a la mentira. Hacer política basándose en hechos y no en falsos discursos, para obtener resultados reales y no palabras sin sustancia. Esto permite evitar la política del show, la del “beef”, la de machacar al rival político sin miramientos y sin importar el método o el coste.
Por último, la humildad, en contraposición a la arrogancia. El trabajo diario frente al marketing. Escuchar a la gente en la cercanía y atender a sus necesidades frente al bombardeo mediático y la demagogia.
Desde hace un año me encuentro sumergido de lleno en un proyecto político que, como no podía ser de otra manera, acompaña a los valores y las lecciones del gran Julio Anguita.
Sin embargo, en este aprendizaje continuo, el mundo no para de gritar a mi alrededor que la política no va de programa, coherencia, honestidad, humildad o trabajo. Veo con tristeza cómo los partidos que me rodean se empeñan en ejercer la política de la destrucción, el ataque y la demagogia. La gente me dice a menudo que no hay hueco en Almuñécar para una nueva política que no se base en machacar al contrario sino en el trabajo y las medidas para el pueblo. Que no importa lo que mis compañeros o yo mismo hagamos, la gente seguirá ignorando una oposición honrada y útil en favor de lo visceral y lo emocional.
Que preferirán el combate de boxeo al combate de argumentos.
Cuando todo ese ruido me hace dudar, recuerdo el legado de Anguita y pienso que la respuesta a mi pregunta inicial es que por supuesto que sí, que se puede hacer una política distinta, mejor, en Almuñécar y la Herradura. Cuando miro hacia delante quiero que Anguita siga vivo en nuestro hacer.







