España ya tiene su Múnich / José María Sánchez Romera

El Pacto de Múnich ha sido convertido por la historiografía en un modelo de referencia que enseña que no se debe ceder ante un régimen autoritario y expansionista cuando exige la concesión de una reclamación territorial a cambio de renunciar a otras supuestamente legítimas también. Parece que pensando en ello el Primer Ministro Británico Neville Chamberlain y el Gobierno francés de la época, consideraron en 1.938 que entregar a Hitler los Sudetes era un precio razonable a cambio de la paz y cedieron. Alemania argüía que ese territorio bajo soberanía checoslovaca era alemán, porque, siendo la mayoría de su población germanoparlante, a ello se añadía que habiendo pertenecido al imperio austrohúngaro no se le había aplicado el principio de autodeterminación que preconizó el Presidente americano Wilson en Versalles que en 1.919 puso formalmente fin a la Primera Guerra Mundial. La verdad es que se incorporó al Estado checo contra la voluntad de sus habitantes. Esta y las otras razones expuestas debieron hacer pensar a las potencias europeas que no merecía la pena ir a una nueva guerra, que ciertamente nadie en sus respectivos países quería al estar muy reciente la anterior, y al fin y al cabo se compensaba en alguna medida el carácter excesivamente punitivo que se había impuesto a Alemania con el Tratado de Versalles al que Keynes, antes de ser keynesiano, criticó dura y fundadamente en un ensayo (Las consecuencias económicas de la paz). Chamberlain, tras el acuerdo con Hitler, volvió exultante a Gran Bretaña agitando una cuartilla que resumía lo esencial de un tratado para un nuevo tiempo de paz, aunque el viento que pugnaba por arrebatarle aquel papel de la mano debió servirle como augurio de su corta vigencia.

Es bien sabido que la historia carece de leyes, que no tiene un solo sentido, no hay acontecimientos que se impongan como un devenir forzoso, la acción humana, causa última de cuanto sucede, es imprevisible, tanto como para obrar en sentido opuesto siendo idénticas las circunstancias. El determinismo que fija como inevitable cierto futuro no es más que una ilusión metafísica que Raymond Aron sitúa en su justo punto: “El filósofo, no el historiador, sabe lo que el hombre busca. El historiador, no el filósofo, nos enseña lo que el hombre ha encontrado, lo que, mañana quizás, ha de encontrar” (El opio de los intelectuales). De ahí que ese quizás pueda servirnos para anticipar situaciones que en el futuro puedan volver a cobrar realidad.

A España se le ha puesto una especie de Pacto de Múnich sobre la mesa de su soberanía y algo sugiere que no es el producto de una reflexión aislada. Ni el medio desde el que se publica ni el momento respaldan la idea del francotirador (político) solitario. El portador del mensaje es Tahar Ben Jelloun un literato franco-marroquí residente en París y colaborador asiduo del El País, diario que ha publicado la columna, lo que constituye un elemento añadido con el que cuestionar la casualidad del hecho. Lo que plantea el texto de Jelloun es de una simpleza que asombra viniendo de un intelectual con su trayectoria y antecedentes. En apoyo de su tesis expone una prolija relación de lugares comunes sobre España y los españoles, victimiza a Marruecos, al que nada reprocha, y donde, por supuesto, saca a pasear al lobo, derecha y extrema derecha, para entrelazar los mimbres con los que compone su propuesta de solución al problema de Ceuta y Melilla. La tesis fuerte de Jelloun es ésta: para mantener buenas relaciones con Marruecos España tiene que devolver ambas ciudades, añadiendo, la exigencia tiene su peculiar coda, que la frontera de Europa no puede estar en el continente africano, un argumento geográfico que para el autor debe constituir una evidencia. Omite incluso la cortesía de sugerir siquiera la apertura de un proceso negociador que disimule la carga imperativa del requerimiento (de la situación en que quedarían los españoles que allí viven no dice palabra).

Es seguro que el Sr. Jelloun sabe que sus argumentos son altamente cuestionables y por tanto la intención del artículo no puede tener más objetivo que poner el debate sobre la mesa precisamente aquí, en España, por eso la falta de rigor del artículo no lo priva de importancia. El exmagistrado García Castellón ha replicado en “El Independiente” con una exhaustiva recopilación de casos en los que otros países tienen territorios situados en ultramar, aunque no es probable que al Sr. Ben Jelloun las razones históricas y el derecho comparado vayan a impresionarle mucho, no va por ahí. Sus veladas motivaciones son estrictamente expansionistas que se justifican con una situación colonialista. La cuestión es ceder a esa reivindicación en aras a una difusa mejora de la convivencia no tendría otro efecto que incentivar el siguiente movimiento que no es otro que la reivindicación de las Islas Canarias asimilando proximidad geográfica y colonialismo con lo que entregar Ceuta y Melilla no sería más que el aplazamiento un inevitable choque so pena de admitir que la amistad tiene el precio que vaya poniendo una de las partes. Conviene advertir que, por añadidura, las contrapartidas que ofrece el Sr. Jelloun a cambio de la entrega de Ceuta y Melilla son tantas como ninguna, olvidando que el origen de las desavenencias sólo está en uno de los lados, el de Marruecos, que exige algo que ni la historia ni el derecho internacional amparan.

Tahar Jelloun tiene derecho a expresar sus ideas y El País a publicarlas, es su responsabilidad como empresa editora. Ahora bien, dada la trascendencia del asunto y la especial sensibilidad que produce en una parte muy mayoritaria de la población española, no digamos en ceutíes y melillenses, lo crucial sería saber si en esta particular tesitura, que viene precedida de una gravísima violación de fronteras por parte de una ingente masa humana nada espontánea, la demanda que el artículo plantea expresa la opinión de quien lo suscribe o de alguien más.

P.S.: Muchos se han burlado de Carlos Bardem por haber llamado “Paquita” a Maricarmen, esa señora a la que han dejado sin apellidos para convertirla en la única maricarmen de España. Bardem, que no sólo es actor sino también guionista y por oficio conoce que el hipocorístico “Paquita” es mucho más sugerente para evocar en el imaginario popular a esa entrañable vecina que ha vivido en el barrio toda la vida, ese nombre aportaba un plus al sentimentalismo del relato. Bardem no se equivocó, es un profesional, por eso lo llamaron, pero nadie entendió que estaba haciendo su trabajo.

José María Sánchez Romera

 

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