Gobernar el dinero (Un camino de servidumbre) / José María Sánchez Romera

Cada vez que desde una óptica contraria al intervencionismo se hace un diagnóstico de los resultados que trae, los partidarios de la omnipresencia del Estado desatan su particular OK Corral…con munición de fogueo. Las frases hechas, los adjetivos y las descalificaciones buscan portadas en los medios a fin de contrarrestar algunas verdades tan obvias a las que se renuncia rebatir mediante la lógica o la experiencia.

Hace unos días el Presidente de Argentina Javier Milei expuso algunas obviedades en ese extraño Foro de Davos donde multimillonarios, mientras no se demuestre lo contrario, legítimamente enriquecidos al disfrutar de libertad económica, tratan de ocultar su realidad en medio de la tiniebla estatista. Milei dijo algo inexacto: que el Estado es el problema. No lo es, el Estado es civilización, el problema es el exceso en su progresión intervencionista. Y Milei tiene un problema: algunas de sus extravagancias son los árboles que no dejan ver el bosque y, aunque bastante atemperadas desde su elección, se aprovechan para desacreditar su propuesta de libertad. El Presidente argentino no reveló ninguna novedad diciendo que el socialismo es causa de pobreza e incluso de miseria. No de fenómenos más o menos amplios de ambas, sino como un efecto generalizado en las sociedades donde se implanta. Y no de forma excepcional o intermitente sino apodíctica, no existe un solo caso de prosperidad en un sistema socialista. Aquello de Marx en su Crítica al programa de Gotha, “en la fase superior de la sociedad comunista correrán a chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva”, se ha convertido con el paso del tiempo y las repeticiones en el sistema de prueba-error más fracasado de la historia. La evidencia es tan aplastante que el simple hecho de decirlo es como hurgar en una herida abierta.

Por eso a Milei se le intentará hacer fracasar a cualquier precio, no por sus intemperancias, en el Cono Sur hay cosas mucho peores y no son liberales, sino por el método. Si la libertad económica saca de la miseria a los millones de argentinos que ahora la padecen quedará al descubierto la falacia intervencionista. Seguramente por eso aquí en España el Sr. Errejón, al que aludimos por todos, salió a desacreditar el discurso de Javier Milei, aunque no precisamente por lo que éste dijo, sino por lo que el político español quiere atribuirle a Milei y a las consecuencias de la libertad económica. Ya resulta de lo más llamativo que desde la izquierda todas las libertades sean tan defendidas menos la económica, cuando la libertad es una idea expansiva que debe alcanzar a todas las manifestaciones de la acción humana hasta el límite de la intromisión en lo ajeno. Pero volviendo a Errejón, expuso al hilo de la intervención de Milei dos reflexiones muy interesantes: que el Presidente argentino era “un fanático del dinero” y que “el dinero hay que gobernarlo”. Ambas expresiones dan cuenta de los graves errores de concepto (sobre el valor, el interés, el dinero, el cálculo económico, costes de producción, la plusvalía…) que explican los reiterados fracasos del socialismo y del intervencionismo redistributivo.

Milei nunca habló de dinero sino de riqueza, de crear riqueza el medio más eficaz para hacerlo con el fin de sacar cada vez a más gente de la escasez. Dio datos históricos del salto dado por la humanidad desde el surgimiento de sistema capitalista hasta la actualidad. A primeros del siglo XIX el 95% de la población mundial era pobre, en la actualidad lo es el 5%, es decir, se ha invertido la estadística. El motivo se ofrece relativamente sencillo si se entiende que la riqueza no es una magnitud dada, sino que proviene del trabajo y la observación de los individuos de las mejores oportunidades de crearla con el fin de ofrecerla a los demás. Cuanta mayor sea la facilidad de que se disponga la fuerza del ingenio humano obtendrá mejores resultados. ¿Para hacer negocio?, sí; ¿para enriquecerse?, sí, pero no para imponer su adquisición, los precios o su consumo, eso sólo puede hacerlo el Estado mediante el control de la economía. El Sr. Errejón cuando habla de dinero se refiere a moneda, que no es exactamente dinero, sino una representación del mismo, y son precisamente gobiernos intervencionistas los que no tienen bastante con capturar la mayor parte de las rentas generadas en el sector productivo, sino los más propensos a imprimir billetes figurando que eso trae bienestar cuando lo único que provoca es inflación y subidas de precios. Los fanáticos del dinero son los intervencionistas y por eso utilizan de forma recurrente los bancos centrales para emitir moneda sin tasa provocando enormes desastres económicos.

Gobernar el dinero es disponer de la libertad más básica de las personas y eso, como suele decirse, no va sólo con los ricos, porque ricos en una economía deprimida acaban siendo todos a los que se les puede seguir extrayendo una parte sustancias de su renta. Y sin libertad económica el resto de las libertades queda sin contenido porque si el Estado es dueño o dispone de todo quiere decir que decide dónde se puede hacer una reunión, dónde se puede escribir o dónde se puede opinar y, si quiere, puede limitar cualquiera de esas conductas según los intereses de las personas que lo dirijan. En consecuencia, la libertad económica es el primer escalón de la libertad para poder llegar a los siguientes. Da igual que sea la vía socialista-estatista o su versión más reciente y sofisticada del Estado redistribuidor, el resultado es que o todo pertenece al sector público o éste dispone a su mejor conveniencia política de los recursos (la riqueza) creada por los ciudadanos. No es un problema ideológico, un debate teórico que a estas alturas no tiene sentido y contaminado por la izquierda con el señuelo de un futuro de esplendor cuya llegada nunca tiene fecha. La opción por la libertad es una sencilla razón práctica que una y otra vez confirma su mayor idoneidad.

P.D.: Terrorismo no es un concepto cuantitativo sino estrictamente cualitativo. El que cuantifica el grado de violencia es el terrorista en función de la intensidad que conviene a la imposición de sus objetivos. La gravedad del daño que inflige no es lo que determina la materialización del acto sino el coste de oportunidad.

José María Sánchez Romera

 

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