Sostiene David Rieff (“Deseo y destino”) en una entrevista concedida a The Objetive que el wokismo ha sido asimilado por el capitalismo mediante adaptación: si lo woke se define por lo identitario, el mercado capitalista ha fragmentado su oferta adaptándose a esa demanda para someterse a una hegemonía que, todo hay que decirlo, es estatal, algo que Rieff no considera, no socialmente mayoritaria. Para el pensador americano lo woke ha aplastado las altas ideas, el pensamiento ilustrado para entendernos, a las que ha sustituido por la vulgaridad e intransigencia de las teorías wokistas, lo que al capitalismo le ha resultado dentro de su lógica una víctima fácil de sacrificar porque su negocio es vender lo que produce (en esa versión simplista del capitalismo). A la vez sostiene, con inspiración “spengleriana”, que el liberalismo ha muerto porque carece de respuesta a los retos geopolíticos, económicos y tecnológicos de la época, lo que resulta bastante contradictorio en tanto que si el capitalismo sigue pujante por adaptación a las exigencias woke, así lo afirma Rieff, y siendo la base esencial del liberalismo su faceta económica, soporte del resto de las libertades y derechos, no puede hablarse con lógica de su extinción por vejez. Distinto es que las respuestas del mundo libre (o lo que de él quede en pie) haya abandonado, frente a los retos del presente, aquella inspiración genuinamente liberal de defensa de la libertad bajo un gobierno limitado, optando, como anticipara Hayek a lo largo de su obra, por imitar el intervencionismo socialista, crítica también anticipada por el pensador anarquista Rudolf Rocker, quien denunción en su artículo sobre “La influencia de las ideas absolutistas en el socialismo”, la evolución de la praxis socialista hacia el totalitarismo, lo que se materializaría más tarde con los regímenes comunistas agrupados bajo las hegemonías soviética o china.
Vivimos ciertamente tiempos confusos en que las ideas se mencionan con nombres extraños a su sentido original e histórico. Pero que se hayan subvertido las definiciones y cómo se describen las cosas y otra que hayan dejado de ser lo que eran, precisamente el wokismo en la inversión de muchas categorías que han contribuido al progreso humano en los últimos tres siglos. Por ejemplo, en un reciente artículo del politólogo Guy Sorman al que se considera, y su obra intelectual así lo confirma, como un liberal clásico, abogaba en un artículo reciente por que la Unión Europea europeas controle la información que se difunde a través de las redes sociales al ser “casi todas estadounidenses” y se resisten a cualquier intento de regulación. La solución que propone el liberal Sorman es que las autoridades europeas vigiles los contenidos que se difunden en las redes para alertar a la opinión pública “sobre la distinción esencial entre la realidad y su manipulación”. Prescindiendo de si es cierta o no esa resistencia, resulta muy poco liberal atribuir al poder político la última palabra sobre lo que es realidad y manipulación. ¿Es que los políticos no manipulan la realidad en beneficio de sus intereses?, ¿le vamos a conceder al Estado el monopolio de la verdad? Si los considerados liberales pastan en los prados del oficialismo y admiten que sea la burocracia estatal la que establezca la verdad mediante el control de las redes, ¿qué diferencia habría con que se hiciera lo mismo con los medios de comunicación tradicionales? Bastante serviles son ya con el poder al punto de presentar el clima como algo que concierne decidir a los gobiernos y la inflación como si fuera una tormenta. Atribuir a los gobiernos determinar lo que es realidad o manipulación se convierte en un atributo totalitario ajeno al pensamiento liberal más básico y un paso en la dirección que ya conocemos en España cuando los diversos canales que publican noticias molestas o perjudiciales para el Gobierno son denominados pseudomedios.
Puede que a Rieff no le falte algo de razón al dar por muerto al liberalismo si consideramos como muerte el abandono político de sus principios, sobre todo si lo entendemos como Sorman con cuyas opiniones sedicentemente liberales podríamos prescindir de las intervencionistas sin notar el cambio. Sin embargo, la falta de una respuesta atenida a la doctrina liberal clásica no significa que no haya de respuesta a los retos nacionales y globales del presente, otra cosa es que no vengan inspirados por una óptica liberal, tratada con su habitual demagogia por la izquierda y abandonada cobardemente por quienes deberían defenderla, por no hablar de la caricatura que del pensamiento liberal hace el cada vez más histriónico De Prada en su barroca exuberancia llamando al zafarrancho de combato en un barco donde navega solo. Esa respuesta no viene de los gobiernos actuales que se pierden en soluciones híbridas o engañosas donde se mantienen las formas democráticas a la vez que se practica el despotismo de lo políticamente correcto, un combinado antidemocrático a caballo entre el tardomarxismo de la Escuela de Frankfurt y el desvarío woke a cuyo origen no son ajenos los propios fundadores de la teoría crítica (Adorno, Horkheimer y muy especialmente Marcuse). Por eso, a falta de una respuesta políticamente estructurada de los dirigentes encargados de la defensa de la democracia liberal la reacción está siendo popular, los electores están mandando mensajes cada vez más nítidos sobre lo que piensan sobre el abandono de nuestra tradición liberal que era independiente de los partidos. Se trata de una reacción conservadora enfrentada a cambios sociales y económicos decididos por élites muy alejadas de la realidad que viven millones de personas. No es que vean peligrar sus condiciones tradicionales de vida, es que cada vez viven peor que antes y las decisiones que reciben de sus gobiernos son para hacerles pagar impuestos y someterlos a regulaciones cada vez más exigentes y difíciles de cumplir. En esa dinámica se ha introducido además un ambiente belicista en el que se percibe que hay algo más que defender la justa causa ucraniana y que tiene que ver con la ocultación de un peligro de colapso sistémico al que no encuentran la salida por la mediocridad y ambición sostenida en el tiempo por unos dirigentes que en vez de preparar el futuro a la luz de la razón sólo han tenido como meta ganar las siguientes elecciones. En otros tiempos las elecciones se ganaban como se podía y después gobernar era un compromiso con la responsabilidad en las decisiones. La revolución conservadora ya no se va a parar recurriendo al miedo de lo que viene cuando el miedo es el presente.
José María Sánchez Romera






