Cualquier teoría antropológica que se formule no podrá prescindir de las dos circunstancias más transcendentales de la vida que son nacer y morir, el resto son circunstancias contingentes que van moldeando el curso de nuestra existencia, lo que se ha llamado historicidad del ser humano. Todo se contiene entre el momento en que somos arrojados al mundo con el nacimiento y el final que determina la muerte. En su indigesto “Ser y Tiempo”, Martin Heidegger al final no hace otra cosa que “descubrir” el condicionamiento de la existencia del ser por el hecho cierto de su finitud, el ser es tiempo, atado al ineludible destino que entraña desaparecer del mundo de las cosas. La completa extinción que sólo la fe religiosa puede llenar acogida a la idea de trascendencia que se sostiene en la creencia de un ser total, Dios. Nacer y morir son los dos hitos definitivos que delimitan a la vez el ser y al ser, de ahí la relevancia que del concepto de ambos se tenga para estar en el mundo y comprenderlo.
Sobre la llegada a la existencia y su definitiva pérdida se ha ido construyendo a lo largo de la historia una base ética asimilada de modo paulatino por casi todos los sistemas culturales de la humanidad sobre una base de mínimos que son conocidos como los derechos fundamentales (inalienables) de las personas (más allá de cómo se apliquen en la práctica en unos lugares u otros). La excepcionalidad de nacer y la inevitabilidad de morir marcan un rumbo forzoso a las reflexiones filosóficas sobre el devenir humano y con ellas la necesidad de avanzar en el saber científico, esencial en conservar lo máximo posible lo que media entre los dos extremos de nuestra vida. El tiempo de la vida es lo que da valor al pensamiento y a la ciencia y por ello es un conocimiento que sólo tiene sentido para cada persona en el lapso temporal de la existencia porque fuera de ella se convierte en un saber inútil.
El hecho definitivo de morir tiene implicaciones éticas que se originan en el derecho fundamental a la vida, un derecho que ha sido relativizado en función de intereses políticos e ideológicos mediante el establecimiento jerarquías sobre su intangibilidad. En ese orden de cosas la corriente conocida como posmodernismo ha creado pautas teóricas para discriminar sobre el derecho a la vida con arreglo a su esencialismo identitario. Desgraciadamente la izquierda, que en otros tiempos a su modo buscó la verdad, se conforma ahora con la hegemonía que le proporciona la asimilación del corpus teórico posmoderno al precio de contaminar buena parte de sus ideas. Y no sólo ha infestado a la izquierda, que se ha dejado conquistar a cambio de tener el poder con y sin gobierno (Gran Bretaña sirve de referencia, y así está), sino la academia, la cultura, el periodismo y la acción de los gobiernos de Occidente de todas las tendencias. Pero el posmodernismo y su cohorte de teorías críticas (raza, género, colonialismo) no se conforma con el dominio social es además una de las tendencias de pensamiento menos tolerantes y autoritarias a las que se ha tenido que enfrentar el mundo desde la caída del comunismo. Frente al progreso que construía una ética universalmente compartida por la mayoría de las teorías sociales, sin necesidad de abolir la letra de los principios, de facto ha impuesto una teoría general de la relatividad, nada que ver con Einstein, donde todo es cuestionable menos su propia idea. Y junto a ella, el deconstruccionismo: todo lo pensado y conocido es la falsa conciencia de una realidad creada por el lenguaje con la finalidad de perpetuar supuestos mecanismos de dominación por el poderoso (que puede ser un simple trabajador por su raza blanca), en lo más cotidiano siempre hay un amo y un esclavo. Amparados en todo ello, las nociones de vida y muerte dejan de ser atributos universales de la persona y son “subjetivizados” en su importancia para convertirlos en pasto de ese Campo de Agramante en que se convierte la política, submundo que permite a los aprendices de brujo descubrir en cualquier libro olvidado alguna aberración o desvarío para cambiar un mundo que no les satisface y convertir ese criterio en razón de Estado. En ello estamos.
Por consiguiente, si todo es relativo, cualquier cosa puede llevarse al terreno que sea (convenga), y consecuentemente, dentro de ese todo, a la política, donde la muerte puede convertirse, llegada la ocasión, en un arma con mucho poder puesto que remueve lo más primario del ser humano, argumento muy eficaz en un ámbito donde lo circunstancial se maneja con el grado de frivolidad que sea necesario para obtener los fines propuestos. En este caso la manipulación tiene límites lógicos infranqueables porque no se puede estar relativamente muerto, el hecho es categórico. Sin embargo, en la muerte, dado que el interés no está en el qué puesto que ya está anticipado en el mapa genético de todo ser vivo, el debate sobre la cuestión se desplaza al cómo y ahí es donde puede entrar y entra eso que he llamado antes “teoría general de la relatividad”. Es sabido que se puede morir por causas naturales, azarosas o por la acción deliberada de otro (referido a un ser humano que actúa voluntariamente). La primera es inmune a todo intento de crear dudas, sin embargo, las otras han sido objeto de groseros intentos de manipulación una vez que la muerte, como tantas otras evidencias ahora cuestionadas, ha perdido el respeto secular que había generado por razones que combinaban ética y religión, para ser convertida en una mercancía política más. Ese paso ha permitido ordenar la jerarquía de la responsabilidad por intereses de poder hasta el punto de utilizarse el rastro mortífero que deja un suceso meteorológico extremo, pongamos por caso de una DANA, para llamar homicida o asesino (la nomenclatura es a elegir, la calificación legal también se ha hecho política) a un dirigente político; que de un descarrilamiento mortal se genere una víctima tan insólita como el propio e ileso responsable del accidente o que una persecución de altísimo riesgo con resultado de muerte en el cumplimiento del deber profesional, provocado por la temeridad de los delincuentes, se equipare causalmente a la caída fatídica de un andamio. Incluso esto último, dada la procelosa regulación existente, puede encontrar en los reglamentos alguna correlación que, por remota capilaridad con el suceso, deje al empleador peor parado legalmente que la tripulación de una narcolancha.
Chesterton dejó escrito que cuando se deja de creer en Dios, enseguida se cree en cualquier cosa. Aquí se diría que cuando se opta por el olvido de la razón, puede ocurrir cualquier cosa






