
Dos circunstancias inevitablemente azarosas condicionan el inicio de toda existencia humana: los genes que recibe y el tiempo en el que nace. Un cara y cruz o duplicadas cara o cruz, el resto de la trayectoria vital de cada persona se desarrolla bajo esa compañía inevitable. Incluso podría decirse que unas genéticas se adaptarán mejor que otras al tiempo que les ha tocado vivir. Luego, hay también otra serie de factores que se salen del control de lo que nuestras decisiones pueden encauzar, pero no cabe duda que los primeros van a determinar de modo decisivo al resto.
El presente que habitamos que tiene que ver con la política es un tiempo de jabalíes o, por decirlo mejor, ha devuelto el protagonismo a los jabalíes en el espacio público. La denominación de “jabalí” aplicado a la política se atribuye a José Ortega y Gasset quien en una sesión parlamentaria celebrada el 30 de julio de 1.931, proclamada ya la Segunda República, dijo desde el estrado que: “es de plena evidencia que hay, sobre todo, tres cosas que no podemos venir a hacer aquí: ni el payaso, ni el tenor, ni el jabalí”. Mediante la adjetivación del sustantivo aludía el filósofo a un grupo de diputados de extrema izquierda que incordiaban con propuestas demagógicas al Gobierno y para que extremase sus medidas frente al clero en su papel de “comecuras” tan de la época. Sin tanto dramatismo revolucionario, pero en la estela de los llamados jabalíes, los miembros del Partido Radical-Socialista, con cincuenta diputados nada menos, hacían complicados equilibrios entre su presencia en el Gobierno, la agitación parlamentaria y modos poco convencionales. Se cuenta que el veterano Don José Sánchez Guerra, antiguo ministro de la Monarquía y pasado al republicanismo, al intentar acceder a un ascensor del Congreso fue casi atropellado sin ningún miramiento por otro diputado para pasar delante. Don José, ya en el ascensor junto a su “agresor”, acertó a preguntarle: ¿Radical socialista?, el interpelado asintió. Azaña no podía ver, en realidad los despreciaba, ni a los jabalíes ni a los radical-socialistas, los soportaba con franciscana paciencia para tener sus votos, mientras a la derecha no le consentía ni tener razón, lo que demuestra su carácter sectario. Así les fue a todos y nos va actualmente con semejante legado histórico que ha sido elevado a rango de norma tal y como la hubieran escrito aquellos jabalíes.
Saber todas estas cosas debería permitirnos entender mejor al Ministro Óscar Puente: es un jabalí en el sentido orteguiano de la expresión, está presente en ese tiempo que inexorablemente nos toca vivir. Desligado funcionalmente de todo compromiso institucional su papel es el del agitador carente de perfil ideológico más allá de ese progresismo diletante que tantos reivindican y que vale casi para cualquier cosa. Alguien definió a los ministros como un bien de Estado, hoy es un bien de Partido cuyo cometido parece ser volar y no tender puentes (vulgaridad obligada) con el resto de las administraciones. Muchos se preguntan si “nosotros, el pueblo”, como reza la Constitución de los USA, es esto lo que hemos votado y en parte así es porque emitido el voto se entrega su gestión. Por otro lado, es una duda estúpida porque se votan representantes y no mandatarios, por lo que con la representación así otorgada (y que nuestra Constitución avala) se puede votar lo que se quiera en el Parlamento. ¿Votaron los franceses la guillotina?, no, fueron los diputados quienes decidieron aplicársela a quienes eran señalados para ponerles el punto y final a sus días. En las ejecuciones las “tricoteuses” eran el “pueblo” que daba respaldo a ese tipo de catarsis social inherente a los procesos revolucionarios. Por suerte, ahora estamos lejos de eso, la guillotina se alza ahora en las redes sociales y ha quedado renombrada como “zasca”.
Otra cosa es que se piense que el Ministro Puente no sabe lo que hace y que sus genes lo disponen al encontronazo de manera espotánea. En absoluto, su predisposición a la refriega no significa que carezca de un objetivo que no es otro que el crear polémicas que saquen del primer plano y de la crítica de la Oposición los asuntos que de verdad inquietan al Gobierno. Son maniobras de distracción de manual en las que, sin embargo, siempre se desliza algún asunto que nos lleva de la anécdota a la categoría. En uno de sus mensajes el Sr. Puente hacía alusión a los impuestos que se cobran en la Comunidad de Castilla-León y su relación con la falta de medios para hacer frente a la pavorosa ola de incendios que padecemos estos días. Y la cuestión es de todo punto pertinente si tenemos en cuenta que estando el Estado en récords históricos de recaudación carezca el mismo de medios para dar un apoyo decisivo a las comunidades, que no es una sola, que se están viendo arrasadas por los incendios. El interrogante pertinente es si los medios de que dispone el Estado para la extinción de incendios está a la altura del esfuerzo fiscal de la población. Con independencia de que lo que cabría esperar sería la puesta a disposición incondicional para las zonas afectadas de todos esos medios, considerablemente más útiles que evacuar sarcasmos en las redes sociales, las capacidades de prevención y extinción de incendios que pueda prestar el Estado por medio del Gobierno están a la altura de las potencialidades económicas de que se disponen y de la regulación legal adecuada para proteger los bosques y zonas naturales. El llamado negacionismo del cambio climático, ya sea una opinión equivocada o un sintagma malintencionado, no provoca la combustión de los árboles como de modo oportunista se ha dicho, arden cuando los bosques no se limpian en aplicación de normativas que permiten la acumulación de material fácilmente inflamable, arden por la falta de medios y arden por la acción decisiva de desaprensivos y psicópatas que convierten la negligencia en catástrofe.
José María Sánchez Romera







