Jenaro Talens y la velocidad de la sombra / Tomás Hernández

Escribe la profesora Pilar Carrera, a propósito de Walter Benjamin, que lo único que puede hacer el lector de la obra del pensador alemán es “decidirse a habitar con él esos exteriores vueltos hacia dentro”. Cuando empecé a tomar estas notas sobre el último libro de Jenaro Talens, pensé que esa idea definía el escenario en que se escribe La velocidad de la sombra (2018-2024), editorial Eolas. Un decorado trascendido, más que físico, que reitera un mismo procedimiento: alguien, solo, mira algo que sucede fuera, el viento en los jazmines, una foto en un álbum o un atardecer, “el olor a tristeza que acompaña a menudo la palabra crepúsculo”, y nos lo cuenta. Por eso, al leer la cita de Pilar Carrera, pensé que era una definición precisa del proceso de escritura de este libro. “Todo sucede dentro”, decía Juan Ramón.

“Quien vive no es quien escribe, quien escribe no es quien habla”, recordaba el semiótico francés Roland Barthes. No se es poeta todo el tiempo, “no se puede ser sublime sin interrupción” pese al deseo de Baudelaire y, cuando escribimos, no sabemos quién de todos los que somos es el que habla. De esa búsqueda de identidad hablan estos poemas, del pavor ante nosotros mismos: “¿Quien habla por mi boca / como si fuese yo?”

Cuenta Goethe que, antes de iniciar el proyecto de escribir su biografía (Poesía y verdad), mandó a su secretario que escribiera a los que habían sido sus maestros o compañeros de clase para que les preguntara cómo era aquel adolescente antes de ser Goethe. Esa búsqueda de quién fuimos aparece en La velocidad de la sombra en la evocación o el diálogo con los que ya no están, el padre, en un poema conmovedor (“En el nombre del hijo”), la belleza y los silencios de la madre (“Monólogo de la orfandad”), la muerte, inesperada y maldita, del único y querido hermano, (“Monólogo a tres voces”) y la fábula de Carmen la Reina, la anciana que contaba historias para entender el mundo. Esos poemas están llenos de una emoción que nunca es tristeza. Dice Manuel Silvera, en su preciso comentario sobre La velocidad de la sombra, que no es un libro complaciente, que no concede espacio al sentimentalismo o la nostalgia. Y es cierto. Pero, también es, como hemos dicho, un poemario de una emoción intensa y contenida. Una emoción que se revela no sólo en los diálogos familiares, sino también en los objetos. La estantería llena de libros que descubre en casa de un amigo de sus padres; lugares, la calle Álvaro Aparicio, donde estaba la casa de los libros, “puedo rememorar sus arriates: / están hechos de infancia”.

En esa búsqueda de lo identitario aparece, cada vez con más frecuencia, el retorno a una ciudad, Granada, lugar sólo de infancia y juventud, pero que ahora es símbolo, “el rumor de un Genil que apenas si recuerdo”. Como símbolo de origen es el faro Sacratif. Aparece ya en Ritual para un sacrificio (1971) y ahora, sin más descripción que la mención escueta de su nombre, Sacratif, lo leemos también en el poema “Albada”. La luz de ese faro marca cada día la llegada de la noche detrás de la ventana de esta habitación en la que escribo. Creo que se ha desatendido la presencia de Granada en la poesía de este poeta con vocación de nómada. “Ir siempre más lejos”, escribe.

Por esas coincidencias, afortunadas, de la lectura, mientras preparaba estas impresiones, encontré las palabras de Walter Benjamin que recogen Pilar Carrera y Jenaro Talens en Walter Benjamin, Mediaciones. Dice el filósofo alemán: “Si escribo un mejor alemán que la mayoría de los escritores de mi generación, tengo que agradecérselo a la observancia desde hace veinte años de una única regla que reza así: Nunca utilizar la palabra «yo» salvo en las cartas”. Creo que esta sentencia de Benjamin se puede aplicar a la poesía de Jenaro Talens. No quiere esto decir que no sea frecuente una presencia personal en este libro, pero es un yo desdoblado, no un personaje biográfico y anecdótico. El poema “Una sombra errante” explica muy bien ese desdoblamiento: “Ya sé que no es mi doble, pero me persigue (…) Porque, noche tras noche, no deja de pensar en la que amo”.

Si la identidad es eje vertebrador en estos poemas, el tiempo, concebido más como constructo vital que como transcurrir de luces y sombras o el paso de las estaciones, es también motivo esencial. Un tiempo heraclitiano. “No hay antes ni después, sólo un perpetuo ahora que no deja de nacer y morir en una sucesión de instantes renovados” y una mirada materialista sobre el mundo y el ser humano: “Dejemos que los muertos entierren a sus muertos. La nada a que regresan es su sola verdad”.

Los poemas pueden tratar de asuntos complejos y usar el lenguaje requerido para la abstracción, o describir una escena cotidiana con la limpieza y la claridad de una cámara, como sucede en “Mediodía en el parque”, ejemplo de objetivismo que obliga al lector a interpretar lo descrito. El amor, la muerte, “los pájaros olvidan con rapidez la muerte”, las calles de la infancia, la niñez, los amigos, presentes en casi todas las páginas, pues raro es el poema sin dedicatoria, los libros que leemos, los viajes son otros muchos motivos que van apareciendo a lo largo del libro, articulados en torno a esos dos ejes centrales: identidad, tiempo.

Poemas en verso y poemas en prosa es la manera de expresión del último libro de Jenaro Talens, recurso común en sus libros. La exactitud rítmica es imprescindible en su poesía. Clara Janés llamó la atención, hace tiempo, sobre la musicalidad del verso en Jenaro. Francisco Silvera, en la reseña mencionada, habla del uso del endecasílabo de tono narrativo, “un ritmo no importable a viejas melodías”, como dice el mismo poeta. También Alfons Cervera en Mañana es siempre todavía, su interesante reseña sobre La velocidad de la sombra, resalta este aspecto del poderoso ritmo de la poesía de Jenaro, citando a Edmond Jabès: “Si se cae un acento, no el poema sino el libro entero se derrumba”.

Libro sin concesión al egotismo, sólo ejemplo de ese “gozar y estar vivos / a pesar el estigma del anochecer”, que llamamos vida, memoria, “siembra de años”. Un tiempo inseparable del espacio, “ese exterior” donde sucede todo mientras avanza la velocidad de la sombra.

Tomás Hernández

 

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