La accesoriedad de Óscar Puente / José María Sánchez Romera

 

Ha ocurrido de nuevo, en Urda (Toledo), un pavoroso accidente ferroviario ha arrojado sobre la marcha triunfal e imparable de nuestro glorioso Estado de Bienestar un aterrador listado de víctimas (aún se ignora el número final). Una secuela de Adamuz pese a la académica distinción de Óscar Puente, Ministro encargado a la sazón en ambos siniestros, entre aquel accidente, al que calificó como “extraño”, y esta nueva hecatombe humana que le ha resultado “inverosímil”. Para el Ministro de Transportes ambos accidentes han sido sucesos misteriosos, el responsable de los trenes ignora por qué ocurren las cosas en el ámbito de sus competencias, las causas desencadenantes de que la gente muera viajando en los trenes de alta velocidad le resultan indescifrables. No obstante, lo extraño es compatible con la constatación de un mal estado de la vía, respecto de lo cual el Ministro se declara completamente ajeno, ya dijo en una ocasión que no iba a ir él con la llave inglesa a hacer las reparaciones, y lo inverosímil coherente con la negligencia de un operador de ADIF, culpable en exclusiva pese al hecho previo y acreditado de una caída total del sistema de seguridad LZB (que ya lo había hecho en 170 ocasiones, algo que califica de “normal”), lo que significa dejar en manos de una sola persona la seguridad de cientos de ellas. Puente, en definitiva, nos torea con el dilema de qué fue antes si el huevo o la gallina, demostrando que en esta época que vivimos los caminos para sortear una dimisión son como los designios divinos: inescrutables. Para el Ministro la verdad importa poco, lo que purifica su permanencia en el cargo a pesar de los muertos es que él va a estar dispuesto a “dar la cara” para discutir sobre el tema siempre, claro, que no se llegue a conclusión alguna que comprometa su cargo.

Las responsabilidades directas en el sentido legal y judicial de estos accidentes se determinarán con el tiempo, pero, por más que Puente huya envuelto en palabrería pseudotécnica, las políticas ya están establecidas, se salden o no con su dimisión, la validez de un principio ético no necesita ser confirmado por el acto, éste sólo demuestra el reconocimiento como valor propio del que lo lleva a cabo y está claro que no lo asume así el Ministro. Óscar Puente sin necesidad de que lo reconozca es políticamente responsable de esas muertes, su única salida en un régimen democrático es el abandono del cargo o se cese por el Presidente del Gobierno. Un cese negado pese a que el mismo Pedro Sánchez califica lo ocurrido de intolerable, aunque expuesto de una forma tan despersonalizada que parece como si Puente y él acabaran de llegar y hubieran sido nombrados el día en que se produjo la tragedia con el encargo expreso de impedir que hechos así volvieran a repetirse. En este Gobierno se ha impuesto la lisérgica teoría de que las responsabilidades políticas se asumen enrocándose en el cargo y este tipo de manifestaciones marcianas no hacen más que seguir esa misma línea. Precisamente la democracia es como los mecanismos de seguridad de los trenes, el sistema se detiene y depura más rápidamente posible cuando se producen errores graves en la gestión de los asuntos públicos. Al desactivar las bases morales sobre las que descansan las instituciones democráticas lo que se está destruyendo es la propia democracia que queda totalmente expuesta a la incompetencia e incluso, por qué no decirlo, a la mala fe del que actúa en función únicamente de su ambición de poder y no del beneficio de esa comunidad que se ha constituido en Estado para sindicar las capacidades individuales.

Pero es imposible referirnos a este y al anterior accidente ferroviario sin retroceder a la Dana de Valencia y a Carlos Mazón, Presidente entonces de la Generalidad levantina. Todo cuanto se dijo sobre aquellos sucesos, la imprevisión como preludio forzado de sus consecuencias y lo que se opinó sobre Mazón (aquellos “psicópata y homicida” con los que Rufián hizo cumbre de vileza) y le fue exigido, no ya como responsable máximo de la Comunidad, lo cual tiene su justificación, sino por haber estado en un determinado lugar, pone un espejo ante sus detractores de entonces que ahora quieren romper cuando la imagen que se refleja es la suya. Aquel fenómeno natural extremo, imprevisible en su violenta manifestación, fue públicamente presentado por los mismos que ahora exculpan a Puente como si el Sr. Mazón hubiera abierto las compuertas de una presa ahogando a más de doscientas personas. Algo muy burdo, pero que ahora, cuando además no hablamos de fuerzas caóticas de la naturaleza, sino de un cometido que depende de la diligencia de sus encargados, no se puede eludir apelando a la no politización de esas muertes tras lo que no se oculta más que esa supuesta superioridad moral de la izquierda de la que alardeaba impúdicamente el Sr. Puente mientras le estallaban dos trenes colisionando en Urda. La neolengua progresista y su Reino de los Fines no son más que una forma de proteger esa ideología de los ataques de una realidad que los deja en evidencia mientras despista denunciando un pacto fáustico con el mal del pensamiento liberal-conservador. La llamada magia del lenguaje no tiene aquí como función el deleite estético, sino otra mucho más prosaica: defender la detentación de poder a toda costa.

Si la estrategia de Puente en el primer accidente fue comparecer de modo compulsivo ante la opinión pública para fingir transparencia, ahora se postula como una víctima más, anticipando los virulentos ataques de los que va a ser destinatario que él no hace más que alimentar al negarse a dar el único paso coherente con los hechos (reiterados): dimitir. El blindaje que se procura es mucho más chocante si se tiene en cuenta que su convulsa actividad en redes sociales, tan ajena a su específico cometido ministerial, tiene como objetivo preferente la descalificación de los adversarios políticos y de cuantos le llevan la contraria, donde el ministerio viene a ser mera función del exhibicionismo de Puente, la plataforma que le sirve para exhibir frívolamente sus ocurrencias. De cualquier modo, no hay que confundirse, vivimos una época políticamente anómala de la que Óscar Puente no es más que un epifenómeno, una presencia accesoria (sustituible por otra también ambivalente como ariete y parapeto) que es el síntoma de una patología que vive para el poder en sí, como simple objeto, destinado a colmar una ambición desnuda de estar y tener.

José María Sánchez Romera

 

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