No debería causar sorpresa que ante nuestros ojos se esté derrumbando Europa, si por tal entendemos lo que ahora se llama la Unión Europea y con ella vendrá el resto de Occidente, de esa cultura del conocimiento objetivo y la libertad individual que ha dado lugar a nuestra civilización. Al ir ocupando sus antítesis, la subjetividad y lo colectivo, lo que daba sentido al espíritu de una época y se materializaba en un progreso tecnológico casi ilimitado que alcanzó su punto más álgido a partir de los años ´20 del siglo pasado, la fuerza de aquellas ideas ha ido abriendo paso al cambio histórico que vivimos. Sin llegar al determinismo religioso de la predestinación sin escapatoria puede decirse que el fin de Europa y de Occidente en general estaba escrito. Qué sino es lo que Ortega dice en “La Rebelión de las Masas” (1929): “Si el europeo se habitúa a no mandar él, bastarán generación y media para que el viejo continente, y tras él el mundo todo, caiga en la inercia moral, en la esterilidad intelectual y en la barbarie omnímoda”. O las palabras de Hannah Arendt en su conferencia de 1965, “Algunas cuestiones de filosofía moral”, sobre la desaparición de esos valores que antes parecían permanentes: sin ser muy conscientes de ello los valores morales que ayudaban a las personas a distinguir el bien del mal se han derrumbado casi de la noche a la mañana. Estamos alcanzando el tiempo y casi el momento anticipado por Spengler en “La decadencia de Occidente”, Europa colapsaría en torno al año 2.000 y el inicio de su caída lo marcó el fin de la Primera Guerra Mundial, donde vencedores y perdedores habrían acabado destruidos de una forma u otra. Spengler a través de la inmensidad de su obra formula una teoría de la historia bastante simple estableciendo un paralelismo entre las civilizaciones y la biología: nacen, se desarrollan y mueren. Para Spengler, el acontecimiento (fenómeno) que anticipa el final es la aparición de un hombre fuerte “completamente ametafísico” en cuyas manos está el destino espiritual y material de toda época postrimera. Su arquetipo fue Rhodes y su entendimiento de lo que era un política eficaz y triunfante, la política de éxitos territoriales y financieros. “Un omnipotente hombre de Estado sin relación definible con el Estado… sus negociaciones diplomáticas…el preludio del futuro que nos aguarda y con el cual se cerrará definitivamente la historia del hombre occidental”. ¿Suena verdad?
Como todo fin de algo Trump es a la vez el principio de una nueva época aún por conocer, porque no es evolución, es una reacción a los excesos de la antítesis, todo cuerpo aún con vida se resiste a morir, lucha frente a su extinción aunque crea inevitable su final, es ese el paralelismo spengleriano entre la civilización y la biología. Trump tiene la bárbara robustez de su instinto, como habría escrito Azaña, y exhibe modales rudos de pastor, quiere mover el rebaño al unísono y para ello tira una piedra sobre la oveja despistada, utiliza el palo para la que se rezaga o azuza el perro para retornar al grupo a la que se ha extraviado. Cualquier sentimentalismo debe desterrarse en beneficio de lo útil, no es Zelensky, ni Putin, ni Europa (a la que obviamente da por muerta), es el orden encaminado a un fin, porque en la brutalidad de su sentido práctico, en su olfato “ametafísico”, adivina que USA también se encamina a un abrupto final si no endereza su rumbo económico y reorienta el moral de la nación, que es la misma percepción de quienes le han votado y por eso ha vuelto al cargo. Para toda Europa, Rusia incluida, tiene Trump puesto un ojo, el otro lo necesita exclusivamente para China, el gigante que ya no duerme.
En esta hora crepuscular nuestra Europa parece no querer desdecir los negros augurios sobre su futuro. Como los reyes de la antigüedad los dirigentes europeos parecen asumir que el destino predicho por los arúspices es inevitable y cada decisión que toman, más bien cada proyecto que anuncian, no hace más que confirmar lo ya predicho. Lejos de volver a recuperar lo que entre el siglo XVIII hasta la primera década del siglo XX hizo a Europa el centro del mundo, se insiste en profundizar en aquello que está acabando con los restos que quedan de su pasado esplendor, lo cual tampoco es extraño si consideramos que muchos de los jibarizados cerebros que nos dirigen sostienen teorías muy críticas de un pasado histórico europeo que por lo general desconocen o deforman y al que aplican esa forma de juzgar los acontecimientos pasados llamado presentismo.
El disruptivo Trump ha hecho entrar en pánico a los líderes europeos y a partir de ello no han hechos más que insistir en los errores que ya venían incurriendo. Lejos de mirarse en esa quietud oriental de esperar a ver lo que esconden las palabras antes de traducirse en hechos. El patán ha desquiciado a los cultos y sibilinos dirigentes europeos cuya histeria quieren contagiar a sus gobernados, los espasmos retóricos de Trump se transmiten inmediatamente a los líderes de la UE que ven la necesidad de reunirse para después proclamar el advenimiento de la nada en términos positivos y la conformación de su rumbo hacia el desastre. Cuando está más cerca que antes el fin de la guerra de Ucrania, los términos en que se alcance son otra cosa, anuncian un rearme masivo que se cifra (?) en ochocientos mil millones de euros, algo que sólo puede significar que Europa será más pobre en esa misma cantidad. El Sr. Macron, con un pie fuera del cargo y los dos en el aprecio de los franceses (como el británico Starmer también con la popularidad por los suelos), tira de épica bélica, un clásico, para paliar sus problemas internos y propone nada menos que una escalada nuclear, pasándose a la escuela de Putin. Al presupuesto militar habría que añadirle una suma igual que fue la prevista por el informe Draghi sobre el esfuerzo público inversor que necesitaba la UE para recuperar su competitividad (más pobreza aún, gastar en vez de producir). En resumen: seguir hundiendo los pies en lo que nos ha traído aquí, el gasto público, una economía esclerótica por las regulaciones y una agenda medioambiental suicida. Una falta de realismo que se pone en evidencia una vez más con ese súbito pánico a un ataque ruso que si se produjera no daría tiempo a evitar con los medios de los que no se dispone ahora y que no responde a una realidad previsible en este momento: Rusia no ha podido con Ucrania, ¿va a invadir una parte o toda Europa? Por mal que estemos militarmente, Rusia no tiene capacidad económica, logística ni militar para mantener unas fuerzas de ocupación, un ataque nuclear dejaría unos territorios inservibles por inhóspitos y forzaría, diga lo que diga Trump en este momento, la intervención de los USA. Unas previsiones tenebrosas altamente cuestionables que nos llevan a preguntarnos si no podrían compensar nuestros dirigentes su onerosa mediocridad con algunas dosis de reflexión.






