El economista norteamericano Henry Hazlitt publicó en 1.946 un breve libro al que llamó “La economía en una lección”. En el mismo se plasman las nociones básicas del conocimiento y la práctica económicos desde una perspectiva liberal, con un lenguaje sencillo, para ser entendido, no admirado por inaprehensible. A destacar estas dos frases del inicio: “Suele observarse con disgusto que los malos economistas propagan sus sofismas entre las gentes de manera harto más atractiva que los buenos sus verdades” y, parafraseando a Keynes sin mencionarlo, recuerda la frase del economista inglés “a la larga todos muertos” donde defiende las decisiones a corto plazo sin medir las consecuencias a largo para afrontar los problemas y la apostilla, “tan vacías agudezas pasan por ingeniosos epigramas y manifestaciones de aguda sabiduría”. El resumen de su argumentación es contundente cuando denuncia que brillantes economistas condenan el ahorro y propugnan el despilfarro público dilapidando recursos presentes y futuros como medio remedio de los males económicos. Un razonamiento irrefutable cuando se prescinde de la logorrea intervencionista que trata de encubrir los desequilibrios crónicos que provoca con porcentajes, estadísticas, déficits referidos a PIB, no a la diferencia entre que se recauda y lo que se gasta, o la trampa del precio del dinero, fijando intereses bajos por criterios políticos que privan al ahorrador de los legítimos beneficios que su frugalidad en el consumo debería reportarle.
Ese ejercicio de racionalidad que cualquier persona utiliza para administrar sus asuntos económicos particulares en el debate público degenera en disonancia cognitiva en la medida que a mayor escala se califica como egoísmo, neoliberalismo insolidario, injusticia social, ley de la selva o, en los momentos más comprometidos, fascismo, cuando éste y el socialismo son ambos partidarios de la planificación económica en contradicción con lo propugnado por el liberalismo. Pues bien, la cuestión es que el debate lo ha resuelto el Presidente de Cuba Díaz-Canel que ha visto la luz de la sabiduría económica en la oscuridad de la miseria de su país. El dirigente cubano reconoce que elevar los salarios sin un correlato en la producción genera inflación por algo tan sencillo de entender como que aumentar la cantidad de dinero, siendo los bienes disponibles los mismos, hace que las subidas de precios terminen absorbiendo toda o buena parte de la mejora nominal. ¿Toda subida salarial provoca de inmediato inflación?, no, pero sin una productividad coherente con la masa monetaria en circulación los efectos no se hacen esperar: escasez y mercado negro, porque la oferta se retrae y repartir más moneda sin que haya nada más que adquirir no aumenta los bienes disponibles. La riqueza no se crea de la nada y el papel-moneda no suple las funciones de los productos, aunque al billete se le pongan muchos ceros (prueba evidente de su escaso valor).
Otro descubrimiento del comunista Díaz-Canel. Es la demanda la que fija los precios y no la oferta sumando a los costes de producción la ganancia (si fuera así ninguna empresa quebraría). Tales costes no son altos ni bajos, es la venta, o no, del producto lo que hace viable el proyecto empresarial. En las economías intervenidas el Estado compensa las disfunciones que provocan las malas decisiones financiando las pérdidas con la habitual excusa de mantener los puestos de trabajo y la continuación de la actividad. En realidad, lo que se hace es cargar al conjunto de la sociedad el pago de decisiones empresariales erróneas, manteniendo mano de obra y capital sometidos proyectos inviables en perjuicio de otros que podrían emplear esos recursos con mejores resultados. En palabras de Díaz-Canel: “Una empresa que sea ineficiente tiene muchos gastos. Entonces, si está fijando el precio por los gastos de su ineficiencia, esa ineficiencia la está pagando el pueblo”, palabra de comunista. Hay quienes dicen que el cálculo económico es inadmisible en cuestiones como la sanidad pública, eso entraña desconocer el axioma de la limitación de medios de tal modo que una vez agotados por no medir su uso quedarán desprotegidos de la prestación sanitaria quienes vengan tras los que antes la recibieron sin restricciones.
El régimen cubano, agotados los bienes y capitales que confiscó tras la revolución de 1.959, privado además de las ayudas exteriores que han mantenido su economía a flote, ha visto que produciendo mal o, directamente, no haciéndolo, el embargo estadounidense es ya una pobre excusa para justificar las privaciones de bienes y servicios básicos que padece su población. El castrismo ha logrado que todos sean muy iguales y también muy pobres, confirmando que no hay aventura socialista que no haya encontrado ese mismo epílogo. Dice Félix Ovejero (“La razón en marcha”) que sus amigos economistas “se parten la caja” (de risa, se entiende) leyendo las teorías económicas liberales de la Escuela Austríaca, es posible, pero sería interesante conocer su opinión sobre el estado actual de la caja (torácica y financiera) de los cubanos por su persistente resistencia a la libertad de mercado.
La extrañeza de Hazlitt respecto a lo fácil que circulan las malas ideas económicas frente a las buenas tiene su explicación en el hecho de resultar muchas más sencillo para la gente asimilar que el Estado es una institución capaz de compensar todas las carencias humanas, aplicando una ideología que así lo asegura, que asumir la necesidad del esfuerzo y la mejora continuos para acceder paulatinamente a mayores cotas de bienestar. Una gran parte de los medios de comunicación, nada ajenos a la difusión de ese mensaje por una mezcla de convicción e interés, respaldan ese concepto de Estado-providencia en una expansión de la idea que no parece conocer, ni admitir, límites. Aquí, en España, es conocida la pretensión gubernamental, sin otro fundamento que el ideológico, de aprobar leyes tendentes a trabajar menos a cambio de iguales o mejores salarios en un contexto económico lastrado por una baja productividad. No estaría mal que le preguntaran a Díaz-Canel, si es que no optan por negar o tergiversar las palabras del dirigente cubano para no tener que admitir los errores de principio que arrastran.
José María Sánchez Romera






