Foto recreada con IA
El tiempo pasa y no espera a nadie (Dicho húngaro)
El 7 de septiembre no es un día, es todo septiembre. Una fecha que se queda con el mes entero, como esos santos que terminan dando nombre a la calle, al barrio y hasta a la familia. Recuerdo de cuando entonces los montes que rodean Almuñécar y La Herradura ardían de hogueras y todo anunciaba que el verano, con sus ritos y sus excesos de luz, comenzaba a retirarse. Había que volver a los usos del invierno, preparar las casas y poner en orden la vida después del largo desorden solar de agosto. Se limpiaban los rastrojos, se quemaban los despojos y, entre una cosa y otra, también se iba dejando limpia el alma.
Era la víspera de la Natividad de la Virgen María, origen cristiano de la celebración, aunque debajo de la advocación religiosa dormían, como suelen dormir estas cosas, otras mitologías mucho más antiguas. El calendario cristianizó los fuegos, pero no inventó el fuego. Antes que los santos ya estaban los dioses, y antes que las procesiones estaba el hombre mirando una hoguera en la noche para entender algo de sí mismo.
Hoy resulta difícil encontrar aquel calendario de brozas, cortijos y despojos. La fiesta se ha ido quedando sin campo, que es como quedarse sin apellido. Quedan los nombres, alguna fotografía, la memoria de los viejos y ese septiembre que todavía conserva una luz distinta, menos vertical y menos insolente que la de agosto. Porque septiembre empieza precisamente ahí: cuando la luz deja de mandar. La tierra llega entonces empapada de verano. Los bancales, los barrancos, las higueras y las piedras han recibido durante meses una dosis casi excesiva de sol y hasta la naturaleza parece fatigada de tanta claridad. Al amanecer, la primera frescura trae una tristeza muy ligera, todavía sin nombre, como si el otoño estuviera haciendo pruebas de voz detrás de los montes. Las cabras rastrean aburridas por los barrancos y el paisaje empieza a perder aquella arrogancia amarilla de agosto.
La luz de septiembre no es una luz menor, sino una luz que recuerda. Una luz que ilumina las cosas y al mismo tiempo parece despedirlas. El verano se marcha sin haber cerrado del todo la puerta, pero ya se oye en algún sitio el cerrojo del otoño. El equinoccio viene después, con su vieja promesa de sombra y con la tierra acercándose otra vez a la oscuridad de los dioses subterráneos. Decían las antiguas mitologías que por estas fechas los dioses regresaban a sus moradas olímpicas y dejaban a los mortales con el fuego. Y los mortales, que siempre han sabido aprovechar una ausencia divina, se reunían alrededor de aquellas lumbres para comer, beber y contar sus historias. También para recordar sus amores con las divinidades, porque desde que existe la humanidad no ha habido mitología sin adulterio.
Aquellos que ya no están contaban que en los cortijos de Almuñécar y La Herradura los preparativos comenzaban unos días antes. Se hacían comidas, dulces, se recogía la leña o todo aquello que pudiera arder. Luego, llegada la noche, comenzaba la peregrinación por cortijos y cortijadas, cada una con su lumbre encendida como pequeña estrella terrestre. Ardían rastrojos, hojas secas de penca y toda aquella materia humilde que el campo produce y que el fuego convierte en fiesta. Se comían migas, carne adobada, lo que hubiera, y corría la sangría o el vino del terreno. Después llegaba el fandango cortijero y la noche se alargaba hasta que el amanecer encontraba a los últimos resistentes en su hora de vino y rosas.
Era también una noche de miradas. Pues los jóvenes se encontraban allí con esa torpeza magnífica de quienes lo sienten pero no saben todavía nombrar el deseo. Una mirada podía ser el primer compromiso, una proximidad podía convertirse en promesa y cualquiera podía perderse después entre las higueras, cuando la segunda floración convertía la breva en higo y el campo embriagaba con boleros nocturnos.
Los mayores recuerdan aquellas noches como quien recuerda una patria que ya no figura en los mapas. Quedan cada vez menos personas capaces de contar cómo se iba de cortijo en cortijo siguiendo el resplandor de las hogueras. Y quizá por eso el 7 de septiembre ya no sea una fecha, sino una especie de fantasma del mes: el día en que el verano empezaba a morir entre las brasas y el otoño todavía era una promesa. Y quizá ésa sea la verdadera historia del 7 de septiembre.
Ahora hemos ganado comodidad y perdido calendario. Las lumbres tienen ordenanzas, horarios y distancias de seguridad; el campo tiene menos jóvenes y los jóvenes tienen menos campo. Todo está regulado, vigilado, señalizado. También el deseo, aunque a éste todavía no han conseguido ponerle un horario gubernamental pero sí pantallas donde organizarlo trivial y consumista y los misterios del sexo vienen con instrucciones de uso, colocados en las estanterías de la noche, perfectamente iluminados, como botellas de licor: la urgencia se mide por la turgencia, la pasión cabe en un anuncio y hasta el deseo tiene su correspondiente producto sexual. Hemos pasado de perdernos bajo las higueras a encontrarnos en un catálogo de canal de encuentros. Y de esta manera Septiembre queda en pasarela sin flow propio, sin outfit de qualite, sin extraordinario september issue. Un mes mas del calendario. Pues vaya mierda.
No obstante, la luz de septiembre sigue siendo la misma, aunque sea servidor el ser de lejanía que glosó Umbral utilizando a Heidegger, y que intentamos convencernos de que las cosas seguirán igual, pero como dice el dicho húngaro el tiempo pasa y no espera a nadie. Para mi, en su agonía de luz cansada, tiene aquella vieja manera de anunciar que algo termina. Una luz que no quema: recuerda. Y cuando al atardecer se queda sobre los montes, uno puede imaginar que debajo de las cenizas todavía queda alguna brasa. Quizá sea el último fuego de aquellas noches. Quizá sea solamente septiembre. Para mi siempre será eso: el lugar donde el verano se despide y nos deja la nostalgia de aquel amor que ya lo hizo un día después de agosto prometiendo volver. Jamás lo hiciera. Y ahora que soy otoño me viene el ramalazo nostálgico (o nostáljico de Juan Ramón, que siempre me parece un poeta de plural cabanga) de aquellos septiembres en los que el mar nocturno nos descubría a Ulises para decirnos que el viaje a Itaca comenzaba. A estas alturas del viaje ya sabemos que eran las Itacas, que dijo el bardo de Alejandría. Por eso sigo bañándome con nocturnidad en el mar de todos los veranos para encontrarme con Ulises u Odiseo que emerge de las aguas atlético, sensual, sagrado y deslumbrante.






