La línea de sombras / Tomás Hernández

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¿Por qué? No lo sé, pero me vino esta madrugada la imagen de ese barco de Conrad, sin viento en las velas, la tripulación diezmada por la fiebre, en un mar de oscuridad inmóvil, rodeados de miedo.

Ese navío, el “Otago”, me pareció una imagen acertada del mundo. Conrad crea la atmósfera del barco con metáforas, situaciones, diálogos, cuyos motivos son casi siempre los mismos. La repentina oscuridad, esa línea de sombra de la que el barco no puede salir, como si cumpliera una incomprensible condena; la inmovilidad de los hombres desocupados, los cuerpos vencidos por la enfermedad o la desesperanza, como sombras abatidas entre los fardos de mercancía o los montones de cabos enrollados. Y el silencio.

Y recuerdo también un verso de Hölderlin: “El oficio del hombre es vivir”. Y en eso estamos, entre el abatimiento y el oficio de la vida. Creo que en estas situaciones lo pequeño y lo grande nos ayudan. Volver a las historias fastuosas de las novelas de Tolstoy o a la parábola de “La montaña mágica”, ese mundo cerrado de disciplina hospitalaria, pero donde a la tarde suena la música de Mendelssohn en el parterre. También en lo pequeño hay otro mundo, ese tiempo vacío puede llenarse de nosotros mismos, de las cosas olvidadas que arrastramos, detenernos en ellas.

La proclama de que la desgracia nos hará más fuertes, es eso, una proclama. En nosotros está la fortaleza; la desdicha no nos engrandece ni nos hace mejores, nos roba la alegría. Vivir, como decía Hölderlin, porque es nuestro oficio. También frente a la adversidad.

Tomás Hernández.