
Ante la inocentada de este digital el pasado 28 de diciembre, un comentario en una red social del queridísimo, José Antonio Muñoz, supuso una epifanía para un nombre y un objeto: Cesarión Stuart y la moleskine (siempre el Stuart fue mucho de ese cuaderno en distintos formatos). El primero vuelve de vez en vez como ola sobre la roca desierta que soy, del segundo sigo rodeándome y la última de ellas me la regala Almudena Rubio con cubierta roja, acaso para que no la pierda en el negro minimalista que me rodea. Así, que escriba a mi editor por ver si le interesa una colaboración en su digital y que ésta sea en forma de dietario a lo que me comprometo siempre que tenga algo que decir. De aquesto una moleskine que se inicia enmallada en rojo sobre carne trémula, esta más de vejez que de sensualidades, que ya se van quedando en materia para algunos sentidos, pero que cruelmente exime o libera, no sé, al del tacto en alguna ruta. Y sin más explicaciones, es por ello llamar genéricamente Moleskine a estas notas y por tanto Cesarión es su autor, «porque de la acción nace la realidad y las cosas van siendo ciertas por el mero hecho de que las hacemos», decía Umbral. Pero lo que a mi me gusta es que me adivinen.
1 de enero del 25
Poco antes de que den las doce y comience el nuevo año alguien llama al móvil, pero ya estoy en la cama. Las uvas las cambio por un Lexatín y el champagne por sorbos de Pectox que me alivie algo el trancazo gripal que ha sido imparable este año pese a vacunas puestas en fecha y vitaminas varias. No soy negacionista y siempre la química me ha parecido las Lourdes y Fátimas de nuestra época y el laxante perfecto que expulsa al maligno de nuestra carne morena, ya que el tigre pasa de comérsela. Puede que sea nada moderno, para estos tiempos de postureoque modela la actualidad, ni falta que hace. Entretengo el duermevela que provoca los fármacos con una de aventuras de Karl May, que aparte consideraciones ideológicas y que cada cual tenga las suyas, me apetece mucho más que quedarme frente a una pantalla viendo a unos señores y señoras fatalmente vestidos comiendo uvas y diciendo gilipolleces desde la Puerta del Sol o de las de su pueblo, pues que también hay mucha patochada local. Lo siento, soy centralista, pero también los centralismos son víctima del patochismo. Así, que mientras voy por las praderas de Tejas acompañando de apaches y comanches y el Ku Klux Klan de por medio, oigo una lejana cohetada que anuncia con alborozo, como cada año, que ha llegado 2025 y que será el mejor año de nuestras vidas, igual que 2024 fue el peor. Esa es la frase seriada que acaba con un año e inicia uno nuevo: antes de las uvas despechamos al año que termina y ponemos incienso, oro y mirra al que viene. Pero mira, a trancas y barrancas vamos palante y las generaciones se van sucediendo unas mejor y otras peor como nosotros mismos: el relativismo es una cosa que a menudo sucede cuando en tu vida se cuentan ya por cientos las uvas que has tomado. Y a pesar de que éstas te salgan por las orejas, los unos de enero que recuerdo con mucha ternura son aquellos de mis primeros años de infancia y cuando al despertar descubría a los pies de mi cama unas bolsas repletas de sombreritos de cartón, matasuegras, serpentinas y confetis que mis padres a la vuelta de la cena cotillón a la que habían asistido dejaban en mi cuarto. Más que aquellos objetos, valoro ahora el amor que suponía aquel gesto de acordarse de mi en el corazón de la fiesta y tras el barullo de la misma venir cargados con aquellas fruslerías varias que tanta ilusión me hacía. A fuer de parecer cursi, que lo soy para cosas y me la trae al pairo, cada uno de enero miro a los pies de la cama por si fuera a ser que… . En este descubro el volumen de Karl May sobre el edredón revuelto, acaso por fiebre o pesadillas y a mi gata Paulitas, la de azules pupilas, envuelta en el rayado rojo y blanco de la tela de cama.
Lo que sí merecen un recuerdo son los afectados por la DANA de Valencia. Desde luego que 2024 será un año para maldecir las uvas ingeridas en la primera madrugada del pasado año y sobre todo la décima que corresponde a octubre. Han vivido el apocalipsis en cuestión de minutos que se está convirtiendo en meses y esperemos que la desesperanza no cunda en años. La ineficacia política es considerable y hasta se puede decir que ni talla de ineficaces tienen al ser tenaces en ello. Viven en la ineficacia y albur de que le proteja una manta a la que llaman administración compuesta de burocracia y millones de funcionarios que son los que deben mantener la maquinaria engrasada aunque sin función de decidir. Los tenaces en la ineficacia deciden. Algunos parecen los niños de una tribu criados en un pop de folclóricas que se atacan envilecidos de hechos y palabras y carentes de cualquier pensamiento que no sea el de los relumbrones y ese poder decir tú no sabes con quién estas hablando. Lo divertido es cuando se ven acorralados y amenazan con tirar de la manta (¡Antiguos! ahora es edredón) y muestran su esencia de cobardes porque no tiran jamás de ella. Pero siguen delinquiendo, debe ser asignatura de la carrera, como los forajidos de Karl May.
Cesarión Stuart






