La Moleskine de Cesarión / 7-1-25

Ya se apagaron las luces que maquillaban de Navidad las calles. Desde que un alcalde gallego decidió que el adviento comenzaba a mediados de octubre se ha intensificado el afán por adelantar la fecha alargándola con indudable propósito comercial. Pero la cosa no es nacional, nos sabemos globalizados y ocurre lo mismo en cualquier parte del mundo cada cual con sus posibilidades, pues no es igual una Navidad en Park Avenue que en una choza en el Sudán. De cualquier manera, aquí somos muy adelantados en el negocio navideño y ya te venden lotería de Navidad en julio con la excusa del que el turista pruebe suerte en el sitio de destino. Luego está el asunto del regalo del amigo invisible que hay quien lo hace mediados noviembre. El marketing es que no para y ahora hay que esperar a la próxima ciclogénesis festiva y comercial como San Valentín con eso de un diamante es para siempre y algo más tarde el Carnaval con su parafernalia de disfraces, aunque este año la Cuaresma viene en el calendario algo lejana y con ello la agenda de los faralaes de feria también se atrasa. El lema es huir de la realidad con su opacidad grisacea cuanto más tiempo mejor. La fiesta se convierte en un no querer pensar y los preparativos del sarao son más luengos que la celebración y en esa espera impera el ruido, la ansiedad, la ligereza, todo lo contrario al ritual litúrgico en el que se basa la tradición. Los zarzales geoeconómicos, geopolíticos, geosociales están creando estas rosas de color degradado y pétalos atómicos como pasadas por el desierto de Nevada tras una prueba de fisión nuclear o como esos campos seco narrados con pericia impecable por John Steibeck en «Las uvas de la ira». En esas páginas viví por primera vez lo que es una calima y esa suspensión de polvo en el aire: «Por la mañana el polvo colgó como una niebla y el sol era de un rojo intenso, igual que sangre joven. Durante todo ese día y el día siguiente se fue filtrando desde el cielo. Una manta uniforme cubrió la tierra.»

Mientras tanto, mi gata Paulitas, que por callejera es plebeya, se pasea en desclase como siamesa, en manera sinuosa de jeroglífico egipcio y vestida de angorina tigresa que es como las felinas de barrio interpretan el brilli-brilli tras ver Cats en versión subtitulada, misteriosamente aparece y sonríe a lo gato de Cheshire. Lo cual me hace pensar que la gata es lista, pasada de pasotismo por vivir en otra dimensión de la que viene y va y pudiera ser prota de un programa de Iker Jiménez, más que del animalario de Lewis Carroll, pues que la Paulitas es tiktoker,  de imagen que no de texto. La gata se ha quitado el espumillón y se ha colocado unas gafas de visión tridimensional preparando la feria de las ferias que es Fitur, el relumbrón político del año y el encuentro que inventó años ha la Inteligencia Artificial en eso que tienen los políticos de vender proyectos, ideas, parques temáticos, chamarilerías varias, luego todo se resume en un localista merchandising para tapar aquello de «donde saca pa tanto como destaca» la chica del 17 y en algún caso megalomanía, vanidad, narcisismo de diván que cree estar en la alfombra roja de los Oscars de cara a los instagramers de su pueblo. «¡Kyrie, leison!» que el tiempo los va borrando, olvidando, posando en polvo sobre los campos de Oklahoma en la novela de Steinbeck(Anterior entrada)

Cesarión Stuart

 

 

También podría gustarte