
Pensaba en por qué, en ciertos momentos de Cinema Paradiso, lagrimeo como llorón de ranchera al evocar todo lo que para mí pudo ser y no fue —o sí— en eso que llamamos nostalgia. Aunque en algún momento estuviese viviendo lo que creía que no era felicidad, cierta y particular propensión al dramatismo me hacía anhelar lo contrario. O acaso era esa impotencia que provoca la imposibilidad de la ubicuidad, ese sentimiento trágico de sabernos a merced de agentes exteriores que realmente conducen eso que hemos dado en llamar destino.
O quizá, como señala la teoría del caos, este destino no sea más que una apariencia equivocada, y aquello que percibimos como desorden, azar o irracionalidad no lo sea en esencia, sino que responda a una estructura más amplia, a un orden que escapa a nuestro alcance inmediato. Desde esa perspectiva, el caos no existe como tal: es la manifestación de nuestra incapacidad para comprender el sistema completo en el que estamos inmersos.
En este sentido, Labatut recuerda en su espléndida novela Maniac las palabras de Kurt Gödel: “El caos es solo una apariencia equivocada”.
Gödel estaba convencido de que todo aquello que consideramos aleatorio o irracional responde a un orden oculto que no logramos ver debido a nuestra perspectiva limitada.
Así, en una barra circular de un chiringuito de playa, en el lado opuesto al que yo me encontraba, dos energúmenos exhibían los síntomas de una mezcla eufórica de cocaína y alcohol. Ambos se parecían a los integrantes del grupo 2Cellos: extraordinariamente guapos. Uno, con el cuello robusto y la belleza salvaje del croata Stjepan Hauser; el otro, con la mística apostólica —casi salida de un Caravaggio— del esloveno Luka Šulić. Tan parecidos eran que, en mi imaginación, trasladé a aquellos dos beodos vociferantes a un escenario, con los violonchelos entre las piernas y la vibración de sus cuerpos provocada por las notas que las manos arrancaban de las cuerdas. Frente a mí tenía a Hauser y Šulić, pero sin estudios musicales, sin destino en la fama, sin pizca de arte alguno.
Eran guapos, sí; poseían la hermosura de Hauser y Šulić, pero en versión de saldo: sin violonchelos y sin futuro, con la boca babeante y la mandíbula tensa por tanto polvo. Yo los observaba desde mi lado del círculo y pensaba que la vida es eso: una parodia de lo que podría haber sido, la relatividad obscena de la existencia que te coloca en un escenario vienés o en un chiringuito, a merced de agentes externos.
Depende, a veces, de un profesor de música que no tuviste, de una familia que no se preocupó, de una mujer que nunca te miró o de las múltiples incidencias y circunstancias que modelan y dirigen nuestra vida.
Ellos tocaban, sí, pero tocaban la barra como si fuera carne, el vaso como si fuera un beso; lo palpaban con los labios, con los ojos vidriosos. Aquella barra era su violonchelo: metálico, vulgar, escupido de cerveza.
Y yo, que me enveneno de metáforas, no podía evitar verlos como un eco bastardo de los 2Cellos. Allí estaban: dos bellezas arruinadas de tarde o madrugada, pero también dos Caravaggio de chiringuito, dos apóstoles de Pasolini.
Me dio risa, una risa amarga, porque entendí que nuestra percepción es limitada, y que lo que llamamos “caos” puede ser simplemente el reflejo de no comprender aún el orden profundo que sostiene la realidad. Yo estaba en la barra de un bar playero, pero allí todo podía ser —o era— matemática, música, vómito… o todo a la vez.
A aquellos chicos la música se les negó, y les quedó el vómito.
Y yo era un agente exterior, alguien que miraba el espectáculo para escribirlo, para meter lo insólito en lo sólito, para ver lo lírico en el lodazal.
Y comprendí que, como ellos, tampoco entendía nada.
Acaso, bajo otra mirada —la de la física, la mecánica cuántica o la teoría del caos—, todo respondiera a leyes muy precisas. Y entonces, como el clásico, supe que no sé nada, y que dependemos de innumerables transformaciones que, en sí, no lo son. Es nuestra física y nuestra química, con ese toque de misterio del que hablaba Severo Ochoa, o como la gota de agua en una canción que ya cantaba el bolero.
Notas
A la pregunta de un periodista, ¿Qué ha comprendido de la vida?. El filósofo francés Rogel-Pol Drot contesta: «Que hay que seguir avanzando sabiendo que nunca conseguiremos la verdad. No tenemos la última verdad. Por eso tenemos que conseguir un horizonte que nos permita avanzar. Tampoco es cierto que no haya nada que entender». La frase atribuida a Kurt Gödel, toca un punto muy profundo sobre la manera en que los seres humanos interpretamos la realidad.
Cuando decimos que el caos es solo una apariencia equivocada, se plantea que aquello que percibimos como desorden, azar o irracionalidad no lo es en esencia, sino que responde a una estructura más amplia, a un orden que escapa a nuestro alcance inmediato. Desde esta perspectiva, el caos no existe como tal, sino que es la manifestación de nuestra incapacidad para comprender el sistema completo en el que estamos inmersos.
Gödel, como lógico y matemático, estaba familiarizado con los límites de los sistemas formales y con la idea de que siempre habrá verdades que no podemos demostrar desde dentro de un marco limitado. Esa visión se traslada aquí: la realidad puede contener un orden absoluto, pero nuestro conocimiento parcial, nuestra perspectiva finita, solo nos deja ver fragmentos que parecen inconexos.
En resumen, la frase invita a la humildad: nuestra percepción es limitada, y lo que llamamos «caos» puede ser simplemente un reflejo de no comprender aún el orden profundo que sostiene la realidad. Y por eso sea que llore con Cinema Paradiso.






