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Pulseras y políticos. Podía ser el título de una peli de Almodóvar, pero es la filigrana sociológica del momento convertida en ideológica de escaparate. Antes, las muñecas eran de porcelana; hoy son de carne y sudor y portan todo el mercadillo de las buenas causas. Porque el político o la política contemporánea ya no se ata al reloj, ni al gemelo de oro o a la pulsera de pedida, ni al pañuelo de seda,: se ata en la muñeca, la causa solidaria, la ONG, la bandera autonómica, la fiesta local, el hospital pediátrico, el festival indie de provincia y hasta el sexo de los ángeles. Cada pulsera dice “estuve allí” o “apoyo esto” o “también yo, hermano, también yo”.
Ante el político, uno no sabe si mira el programa electoral o un llavero de colores. Aquello que Umbral llamaba la estética de la representación ha mutado en pulserismo: un eclecticismo de silicona, cuero, plata e ideología. La muñeca política como muro de Facebook en carne viva: el lazo rosa del cáncer, el verde de la educación, el amarillo que en España significa lo que significa, el rojo de los toros de Falla, el negro de los minutos de silencio. Y ellos, pobrecillos, sin espacio ya para la carne propia, que es lo único que deberían ofrecer.
Cuando miras la muñeca de un político y la ves limpias de abalorios, ves un político desnudo, sin coartadas, sin credenciales plásticas que le legitimen en el photocall del bien común. Y no olvidemos la utilidad secundaria: la pulsera disimula la flacidez, la vejez de la vena hinchada, la mano de ministro cansado. El complemento distrae: el votante mira el color, no la arruga. La pulsera es el Photoshop de muñeca, como a la señora de Franco las perlas le escondían la flaccidez que los años dejaban en el cuello como la plata y pedrería tapaban el pudridero del brazo incorrupto de la santa.
Pero, ¡oh paradoja!, tanta pulsera no deja de ser otra forma de distancia. El político se cubre con causas ajenas para no mostrar la propia piel. El votante cree que el gesto es cercano, humano, y en realidad es un telón de cintas y sarta de bolitas de cristal con oficio esotérico, un biombo elástico. Como si al estrecharnos la mano nos estrechara también la feria de muestras de la solidaridad en serie. Y claro, nosotros, agradecidos: “qué humano, cuántas causas apoya”.
No, señores. No es humanidad, es utilería. Lo decía, otra vez, Umbral de los políticos con corbata: la corbata como segunda lengua. Pues bien, la pulsera hoy es el nuevo verbo auxiliar de la política, el “estar” de todo y de todos. Pulsera para estar en la foto, para estar en el lado correcto, para estar donde haya que estar. Una verbosidad plástica que al final dice lo de siempre: nada.
Cesarión Stuart







