Las ventanas ya no respiran, los balcones no conversan, las piedras no sudan sombra. Todo se convierte en decorado alquilado por horas. El turismo, cuando viene en tropel, no pasea: invade. Y entonces la calle del pueblo —que olía a pan caliente, a madera de portal, a jazmín tímido de una maceta— se llena de otro tufo más basto: desodorante barato, sudor de chancleta, el ácido de la cerveza vomitada en la calle entre risa de extranjero o nacional. Hay un olor de humanidad sudada que se cuela por las piedras viejas como si quisiera desalojar la humedad histórica a la sombra. El aire del pueblo, que era silencio mineral respirado en noches cuando se veían estrellas, se vuelve sopa turbia de olores mezclados: desodorantes metálicos, cremas solares, fritangas urgentes
Entonces, solo el ruido, esa tormenta de platos y cucharas en terrazas atestadas. Los turistas con una carcajada de lata, parlotean como loros en su climax, fotografían la esquina con el mismo chasquido con que se mata un mosquito. El guía vocifera en cuatro idiomas, la muchachada arrastra maleta como si fueran cadenas, y el pueblo, pobrecillo, no se oye a sí mismo. Porque lo primero que roba la masa es el silencio: ese silencio de plaza vacía a las tres, de cigarra que clava el verano, de campana que suena sola y redonda. Lo borran. Lo tachan. Lo contaminan con su algarabía de excursión que es lo que hace el turista, que no el viajero.
El spirit loci, ese aliento secreto que se agazapa entre los muros, sale huyendo como gato apedreado. El pueblo se queda en pura fachada, postal de piedra para selfies urgentes. Y ellos siguen, ellos andan, ellos consumen. No miran: fotografían. No huelen: sudan. No escuchan: ensordecen. Y dejan tras de sí un aire rancio, un murmullo colgado en las paredes, una resaca vocinglera que dura más que su estancia. El turismo masivo es eso: la derrota del silencio, la profanación de los olores, el vaciamiento del alma de un lugar.
Y entonces llega septiembre y lo que queda de aquello empieza a desperezarse, a respirar. Los bárbaros parecen más civilizados. Se vuelve a oír las gaviotas al amanecer. Hay un olor a higuera, a membrillo y se rompe la granada en cielos de crepúsculos largos, sosegados sobre el mar en calma de todos los veranos como en tiempos de la pérgola y el tenis. Entonces es urgente releer a Llorenc Vilallonga cuando las mañanas en el patio de Tomás Hernández.
Cesarión Stuart






