
Volver al siglo XIX no ha estado mal por unas horas, pero ¿ y si el apagón se hubiese prolongado y a un día sin luz se hubiesen sucedidos otros como se propone en la serie televisiva El Apagón? Aparte escenarios distópicos, la realidad es la de que nos hemos enfrentados a nuestra desnudez más absoluta y a la demostración que la ruptura de lo cotidiano nos deja más desnudos que aquel mono de William Morris al que le vamos añadiendo cada vez más artefactos y ortopedias a cuyo desbaratamiento no tenemos capacidad de enmendarlo. Ahora, cuando el suministro está ya restablecida tras el súbito apagón, también la ansiedad provocada por el mismo se va diluyendo al igual que los monólogos interiores se desvanecen y el interrogante en las miradas cesa. Somos generaciones, al menos la española, que con pocas excepciones, sin contar el duro año del Covid o a los afectados por la DANA, hemos vivido una situación general de desconcierto a la provocada este lunes. Imaginen los países en guerra o aquellas partes del llamado tercer mundo que viven en crisis permanente y a los que tan poca atención prestamos.
Al principio pareció un apagón local de los que más de lo habitual suelen producirse en los ámbitos rurales, pero a continuación la desconexión a Internet fue el detonante de que algo inusual e inédito estaba ocurriendo y mucho más cuando a medida que pasaban las horas nos llegaban vaguedades de boca a boca sobre posibles ataques cibernéticos, apocalípticas tormentas solares y hasta el probable desencadenante de la guerra mundial cuando nos llegaban noticias de que el apagón se extendía a Portugal, a Francia e incluso he llegado a escuchar que Europa entera estaba afectada. Al caer la noche y con ella la natural oscuridad en las calles faltas de la luminosa cosmética eléctrica, el silencio nos ha recordado a aquel otro de la pandemia, con la excepción de que entonces la comunicación de las redes no falló, las pantallas de convirtieron en las ventanas del mundo y la luz acompañaba a la lectura. Dicen que cualquier desastre conlleva una oportunidad y esta puede ser aunar a la vulnerabilidad, que ya nos advirtió el virus, a la que la vida nos expone, la de entender cuanto de superfluo hay en la nuestra, que en demasiadas ocasiones viene determinado por el engranaje complicado y se ve que apocalíptico al que nos llevan y nos dejamos llevar con suma facilidad en la ludificación de nuestras vidas. La cosa es que el mundo se nos fue a negro.
Curiosamente, en ese revisteo que guardo con devoción de ratón de biblioteca, leía hace unos días sobre el gran apagón que sucedió el 9 de noviembre de 1965 en la ciudad de New York. Al filo de las cinco de la tarde cuando comenzaba a anochecer, tal como describió el New York Times, las farolas empezaron a parpadear de forma salvaje. Más tarde, todas las luces de la ciudad iniciaron ese mismo parpadeo que duró alrededor de un minuto. Estas señales presagiaban algo inédito. De pronto, la Gran Manzana quedó completamente a oscuras. Nunca había sucedido algo así en la historia de Nueva York. En seguida las especulaciones surgieron: ¿Se trataba de un ataque secreto de la Unión Soviética? ¿Los ovnis habían planeado invadir la ciudad? Dicen las estadísticas que al siguiente año nacieron muchos niños en la ciudad.
¿Pero qué ha Ocurrido este 28 de abril? Una caída a cero,… han desaparecido 15 gigawatios…, ha dicho el presidente, siempre expeditivo él con los eufemismos de costumbre. Obvio, que este martes de después va a ser movidito en lo político y sus responsabilidades y como apunta ya Jorge Bustos en su madrugadora columna en El Mundo: «si se descarta la hipótesis del ciberterrorismo o el sabotaje, solo queda la alternativa de una negligencia culposa en el mantenimiento de la red».
Por si las moscas, aquí les dejo las recomendaciones que el 112 ha dejado a la población para autoprotegerse en caso de apagón eléctrico.
Antes del apagón, y si viven en casa personas enfermas conectadas a aparatos eléctricos, dispón un plan de emergencia para garantizar su atención. Tener luces de emergencia, velas, linternas o lámparas a pilas o con batería, una carga de batería adicional para el móvil, además de guardar en el congelador algunas botellas de agua puede ser de ayuda para mantener la comida fría en apagones de larga duración.
Durante la interrupción del suministro, el 1-1-2 aconseja si se trata de un apagón general que se avise a la compañía eléctrica o a los servicios de emergencia, y si vives con una persona de especial vulnerabilidad conectada en casa a dispositivos hospitalarios como respiradores y otros aparatos, avisa de inmediato al 112.
Hay que desconectar los aparatos eléctricos, dejar una luz encendida para saber cuándo vuelve la electricidad, evitar abrir y cerrar el refrigerador y el congelador para mantener el frío el mayor tiempo posible, al tiempo que hay que tener especial cuidado con los medicamentos que se conservan en la nevera, de forma que no se le deben colocar directamente placas de hielo para evitar su congelación. Y si el apagón te pilla dentro de un ascensor mantén la calma, pulsa el indicador de emergencia y pide ayuda.
Después del apagón, el número único de emergencias para toda Europa insta a comprobar el estado de los alimentos del frigorífico y congelador, desechar todo aquello que haya perdido la cadena del frío, incluidos los medicamentos, que o haya estado expuesto a temperaturas superiores a 4 C durante más de dos horas o que presenten un tacto tibio.
Recuerda, asimismo, que debes reponer velas y baterías y pilas de todo aquello que hayas empleado para garantizar que sigan estando en perfecto uso para la siguiente ocasión que lo necesites.
Y, por último, ten especial cuidado con los aparatos eléctricos, como calefactores que hayan podido quedar conectados y que puedan provocar incidentes por olvido una vez vuelva la luz.







