El finísimo orador parlamentario Miguel Tellado (PP) le espetó el otro día al ministro Marlasca que le daba náusea verlo sentado en la bancada azul del gobierno. Tal cual. La palabra náusea remite en su etimología al mareo provocado por los viajes en barco (naus). Durante los años sesenta del pasado siglo, la náusea era el referente de la angustia existencial debido a la novela del mismo título del filósofo francés Jean Paul Sartre (La náusea, 1938) El sutilísimo M. Tellado ha elevado la palabra a la categoría del insulto soez y descarado. Antes, la portavoz del PP, el mismo Feijóo y algún parlamentario más habían acusado al ministro de mentir y ser encubridor en el último escándalo de abuso contra una mujer. Marlasca les advirtió de que, si repetían esas palabras fuera de la inmunidad parlamentaria del hemiciclo, se verían en otras instancias (el juzgado). No las han repetido. Ni Feijóo, ni la portavoz, ni el esclarecidísimo Tellado. Por cierto, ninguno de ellos tuvo una sola palabra de solidaridad hacia la mujer. Ni en el Parlamento ni en la calle.
A Feijóo le empiezan a faltar adjetivos para advertirnos cada día de la catástrofe apocalíptica en que vivimos. Él sí que parece vivir, como nadie en España, la náusea existencialista de que hablaba Sartre. “España se cae a pedazos”, llegó a decir. Y habló del desprestigio de las instituciones. Y llevaba razón. Las instituciones están desprestigiadas. Y creo que la más desacreditada es el Parlamento y en él el PP es parte destacada y estrepitosa. Y me dio por pensar si Feijóo, en lugar de ir al degüello de Sánchez, le hubiera preguntado al presidente del gobierno cómo es posible que una mujer policía no se hubiera atrevido a denunciar al acosador dentro de la propia Policía Nacional. Ha decidido, aterrorizada, dice su abogado, ir directamente al juzgado. De ese miedo podría haber preguntado el líder de la oposición. ¿Cómo es posible que una policía no se fíe del Cuerpo encargado de velar y proteger nuestra seguridad y al que ella pertenece? Ahí sí que algo huele a podrido. Feijóo decidió ir al degüello y al escarnio de la jefatura del gobierno, una de las instituciones del Estado. ¡Qué magnífica ocasión desperdiciada de ver al Feijóo que prometió ser y nunca ha sido! Porque a las instituciones, el Parlamento en este caso, no sólo las deteriora el que gobierna, también la oposición. Y el PP está bien aplicado a esta labor. De la prensa, ni hablamos. De algunos jueces, mejor callar.
Juan Manuel Moreno Bonilla no es menos de derechas que Feijóo ni privatiza menos que el PP allí donde gobierna, pero está siendo más listo, con más inteligencia política. En la tragedia de Adamuz reconoció la colaboración del gobierno nacional e incluso se acordó una ceremonia civil por las víctimas con la presencia de los dos presidentes, el de España y el de Andalucía. Luego, nunca más se habló y apareció Ayuso con su misa obispal en la Almudena. Moreno Bonilla sí parece entender que entre Ayuso y Vox puede haber otras maneras, guardar las formas y practicar la misma política inclemente que hace Ayuso o aplicaría Feijóo. Creo que con su actitud ante el accidente de Adamuz, Moreno Bonilla ha frenado algo el desprestigio en el que había caído por los cribados de cáncer. Las víctimas siguen ahí, a la espera de justicia. Feijóo se está desdibujando, “se cae a pedazos”, como lamenta él que le pasa a la amada patria. Feijóo no representa a la oposición política. La virulenta Ayuso, el apacible Juanma lo han arrinconado en una vía muerta por donde sólo pasa el mercancías de Vox. Su destino político está escrito.






