La palabra del día / Tomás Hernández

Cada vez que oigo la palabra dimitir, pienso en Mazón. Y pienso, sobre todo, en las víctimas y en la palabra infamia. La rueda del escándalo va tan rápida que de una estafa de Estado pasamos a una corrupción adornada de detalles zafios y escabrosos. La deshonra de Mazón aún no ha cumplido un año y ya pertenece a la prehistoria de los desastres de gestión. De una inundación, terrible y dolorosa, pasamos a unos incendios, cuya voracidad sorprende a los especialistas.

Pero la palabra del día es crispación, y ha venido para quedarse. Aunque su significado actual sea el de enfrentamiento, confrontación, en su origen, crispare, era liar un rizo, hacer un bucle. Y ese es también un significado que se ajusta mucho a la finalidad de la crispación hoy, la política como un bucle vertiginoso de miedo y azar. Un fiscal denuncia una falsedad manifiesta y acaba en el banquillo. La sede de la Fiscalía del Estado, uno de los sancta sanctorum de la Justicia, es registrada con funcionarios armados.

Hace años, un amigo mío entraba en un garito que a los dos nos gustaba frecuentar. Mi amigo era poeta modernista y usaba pajarita. Fue abrir la puerta y un legionario de dos metros y medio y pecho al aire le pegó un puñetazo que le reventó el labio, al tiempo que lo llamaba maricón. Supongo que sería por la pajarita. Llega la policía y pregunta: “¿Motivo de la pelea?” Mi amigo con la servilleta en la boca conteniendo la hemorragia, se levantó como accionado por un resorte de rabia, tiró la servilleta al suelo y con habla estropajosa por el labio roto dijo: “Esto no ha sido una pelea, esto ha sido una agresión”. La noticia del día siguiente en la sección local de los periódicos era: “Pelea entre un profesor universitario y un legionario en un bar del barrio del Carmen”. Así se escribe la historia.

Y así se está escribiendo estos días. La derecha más atroz que podríamos imaginar, ya está aquí. El fascismo que creíamos abolido, sólo hibernaba. El depredador ha salido de la madriguera dispuesto a hacer lo que ha hecho siempre, incendiar la convivencia, desprestigiar las instituciones y su representantes, sobre todo a los políticos, corromper la justicia, ahondar la brecha de los desposeídos, privatizar lo público, o sea, hacer de los derechos conquistados un negocio próspero y lucrativo, convertir al pobre en enemigo de otros más pobres y aniquilar al diferente por motivos de origen, ideológicos o de preferencia sexual. Aún no hemos llegado a la agresión de mi amigo por llevar pajarita, pero todo se andará.

Dicen los politólogos que no es bueno incentivar el voto del miedo. No sé si no es bueno moral o electoralmente, pero yo tendré muy presente a la hora de votar la sombra del fascismo y su miedo. Los más viejos todavía lo recordamos. Feijóo salta la comba que mueve Abascal.

Tomás Hernández

 

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