La pobreza siempre llama dos veces / José María Sánchez Romera

 

En el XXVI Congreso de la Internacional Socialista celebrado en Madrid este fin de semana y que ha entronizado a Pedro Sánchez como nuevo líder de una organización en horas bajas, ha intervenido José Luis Rodríguez Zapatero. Al ex Presidente del Gobierno se le podrán criticar muchas cosas, quizás algunas con menos justicia que otras, pero lo que no podrá negarse es que sus juicios se han convertido en útiles herramientas de análisis siempre y cuando se apueste por la alternativa contraria. Algo lejos, pero inolvidables en el recuerdo, quedan ya para la historia afirmaciones como que después de aprobar el Estatuto de Cataluña de 2.006 todo iría a mejor con esa Comunidad Autónoma o sus onerosos e inútiles planes de inversiones públicas para evitar los efectos de la crisis y enganchar al país con una recuperación mundial que vaticinaba con ese optimismo antropológico del que presumía. El resto es de sobra conocido y este es el momento en que ambas profecías siguen alimentando gran parte del pesimismo de la conversación nacional.

Escribió Ludwig Von Mises en su crítica al socialismo que con unos cuantos trucos argumentales y una serie de frases ingeniosas (una congénita tendencia al sofisma) se trataba de hacer pasar como científico un sistema de pensamiento que se deshacía por su base al profundizar en sus fundamentos teóricos. Esto lo escribió a inicios de los años veinte del siglo pasado, cuando el socialismo real aún no había alcanzado ni por extensión geográfica ni por experiencia en su aplicación el grado más acabado de desarrollo. Esto demuestra que lo acertado nunca envejece. Como denunciaba Mises, el Sr. Rodríguez Zapatero es muy aficionado a los juegos de palabras puede que ignorante del peligro que socialmente pueden tener porque siempre hay gente dispuesta a tomar en serio cualquier ocurrencia sin más ambición que un fugaz impacto. “La tierra no pertenece a nadie. Solo al viento”, “Estamos en la Champions League de la economía”, “Es un tema opinable si hay crisis o no hay crisis”, forman parte del glosario de sus expresiones más discutidas y discutibles.

Rodríguez Zapatero ha hecho en el Congreso de la Internacional Socialista uno de esos juegos de palabras que parecen apasionarle tanto y que celebran rendidas esas almas de niño que se emocionan leyendo en una pared “sé realista, pide lo imposible”. El ex Presidente ha dicho que hay que poner límite a la riqueza porque la pobreza no tiene límites, una frase carente de sentido en sí misma cuya retórica persiste en la obsesión expropiatoria como solución a las carencias materiales de quienes las padecen. Una idea, como se advierte al momento, innovadora y de probado éxito en un país tan bien conocido por el ex Presidente Zapatero como Venezuela. Allí la pobreza total alcanzaba en 2.021 al 94,5% de la población y la pobreza extrema al 76,6%, cifras alcanzadas a causa de que los ingresos no laborales (ayudas, transferencias del exterior, pensiones) pasaron del 14% en 2.014 al 45% en 2.021. Todo un éxito de la labor redistributiva del Estado bolivariano del que han salido por motivos económicos, hasta 2.021, seis millones de personas en un país de unos 28 millones. Eso sí, el índice Gini de igualdad no ha dejado de descender gracias a las políticas intervencionistas del Gobierno, aunque sea poco estimulante equiparar a la población en grado de pobreza para llegar a la igualdad en vez de progresar en bienestar, aun cuando sea de modo asimétrico. Un índice de igualdad muy similar, por ejemplo, al de Suiza, una aparente paradoja que se explica cuando comparamos sus respectivos índices de libertad económica: Venezuela ocupa el último lugar del mundo y Suiza el cuarto. Donde se demuestra que la desigualdad no es atributo de la libertad económica y que por el contrario es función de una mayor calidad de vida. Un dato más: el ingreso promedio del 10% más pobre en los países económicamente más libres es más del doble del ingreso per cápita promedio en los países menos libres.

Innecesario es decir que Venezuela representa la regla y no la excepción de los sistemas políticos inspirados en el socialismo, pero el refrendo electoral que eventualmente obtienen sus propuestas parece justificar el insistir en ellas más que una acreditada eficacia al ser aplicadas. Debe ser como encontrar una mayoría dispuesta a no aceptar el principio de Arquímedes y confirmar así su invalidez convenciéndola de que se trata de un fraude científico. El principio se seguirá cumpliendo por más que se niegue por los más, lo mismo que se seguirá cumpliendo el principio de que donde se pueda crear riqueza con mayor libertad será donde haya menos pobreza. Es muy difícil explicar lógicamente cómo eliminando la recompensa del esfuerzo se impulse la propensión a crear un número mayor de bienes que poder repartir.

Si la Enciclopedia en el siglo XVIII fue el esfuerzo por parte de sus autores para iluminar con la razón los pasos que la sociedad debía dar hacia el progreso, hoy la ignorancia y las falacias cursan como postulados válidos a una velocidad mucho mayor a través de las redes, lo que constituye un verdadero peligro para seguir avanzando. La vanidad inane unida a la ambición de poder de algunos (volviendo a Mises: “El poder es el mal”) puede llevarnos muy atrás en la historia y devolvernos a la vida de pobreza a la que estaba predestinado el ser humano antes de que nos sacara de ella la gran expansión de la libertad.

José María Sánchez Romera

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