Las cifras de la vida / Tomás Hernández

Se dice de la estadística que es una ciencia tramposa, ya lo advertía Borges. Aún así, paso unas horas de esta mañana mirando estadísticas y organigramas. ¿Sobre qué? ¿Por qué? Busqué información sobre la situación de la sanidad pública en Andalucía en relación con las demás Comunidades Autonómicas. ¿Por qué? Por una noticia. Leí que tenemos en estas tierras del sur la tasa más alta de muerte por enfermedad o sus secuelas. Y busqué información en cifras, no en soflamas mitineras ni recortes de prensa. Vi páginas de sindicatos y de la propia Junta, Servicios Públicos de Andalucía (SPA), y fui tomando estas notas para no perderme en el laberinto de la cifra, que diría también Borges, y para que el lector, mon semblable, tampoco se confunda entre tanto número y porcentajes. Seré tan escueto, como sepa y pueda.

Las cifras marcan nuestra vida, es cierto; pero no a la manera de las conjunciones astrales o los números fastos, de celebración, o nefastos, de duelo. La primera cifra, y las más decisiva, no es la que celebra la llegada de nuestra pequeña vida de hormiga afanosa a la infinitud del universo. La cifra decisiva, insistimos, son los cinco dígitos del código postal. Ese número tiene más que ver con nuestro destino que todas las galaxias y sus mágicas predicciones según el día, la hora y la luna de nuestro nacimiento.

En ámbitos más reducidos, como el que hoy nos ocupa, el estado de la atención sanitaria en Andalucía, también la realidad puede decirse, y mostrarse, en cifras. Estas serían las que merecen una mayor atención, dicen los expertos. Inversión en sanidad pública por habitante. Número de personal sanitario en relación con la población de la Comunidad Autónoma. Número de pacientes y días de demora en las listas de espera. Atención a personas afectadas por secuelas o enfermedades crónicas. Y, por último, valoración de la sanidad pública por parte de la población.

Sepa el amable lector, mon frêre, que si vive en nuestra bien amada tierra, su esperanza de vida es la más breve del reino, sólo superada por Canarias. La estadística nos condena a una vida que terminaría, estadísticamente hablando, cuando cumpla ochenta y dos años y medio. Lejos de los ochenta y cinco de las Comunidades más afortunadas.

Y vine en esta manía estadística mañanera porque se me apareció en la pantalla el rostro de sonrisa dentrífica de Juanma presidente afirmando con rotundidad beatífica que las críticas a su gestión de la sanidad pública eran sólo una retahíla de bulos. Así que fui a las páginas que ya dije, y al INE (Instituto Nacional de Estadistica) y a los datos del ministerio de sanidad. Las cifras más recientes son de abril de 2025 y confirman lo que oímos por la calle, que nuestros convecinos son los más cabreados con su sanidad pública y los que menos la valoran entre todas las Comunidades, incluidas las ciudades de Ceuta y Melilla. Y no debe extrañarnos que esa desafección sea paralela a que nuestra sanidad es la que menos invierte por habitante, menos de 2.000 €, que sería la medía a ojo de organigrama. Y quizás también tenga algo que ver el destino que nos predicen las estadísticas con que el gobierno de Moreno Bonilla sea el que dispone de menos personal sanitario, recursos humanos, por cada mil habitantes. Frente a los 4’4 sanitarios de Asturias, la mejor dotada, Andalucía ocupa el último lugar, 3’1. Lejos incluso de la máquina de privatizar que es Ayuso en Madrid, 3’8 sanitarios. En número de pacientes en listas de espera y días de demora también tenemos una sanidad sufriente. Unos 10 días de espera para una atención primaria y 176 días, o sea, 6 meses, medio año, para que te operen de la rodilla que ya no te sostiene o la hernia que muerde.

También ocupamos puestos de privilegio y batimos récords en enfermedades crónicas y sus secuelas: EPOC, diabetes, cáncer, enfermedades cardíacas, ictus. Pero no nos vengamos abajo, no es que seamos los más frágiles y enfermizos del reino, es que tenemos la peor sanidad pública de España con diferencia. Moreno Bonilla, el sonriente, es tan letal como la atrabiliaria y vociferante Ayuso. Y no basta sólo con manifestar nuestro descontento en las encuestas, se trata de no votar la muerte enmascarada.

Tomás Hernández

 

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