Las mañanas en el patio/Aquella luz absorta/ Tomás Hernández

La palabra poesía pertenece a esa clase de palabras que provocan actitudes diferentes, desde la idolatría cuasi mística, algo esotérico y dirigido a los iniciados, cantar de amantes, lamento de enamorados, hasta su propia inutilidad. ¿Para que sirve la poesía?
Por eso, como el verano es el tiempo del ocio, que es lo contrario del negocio, vamos a dedicar algunas de las mañanas en el patio a la ociosidad de la poesía. No vamos a hablar del poema  desde la reflexión teórica o el análisis textual, sino de la manera en que algunos de estos poemas han sido importantes para mí. Las circunstancias que, en un momento determinado, los convirtieron en una referencia vital, una predilección, un diálogo interminable.
He anotado en un folio algunos de esos poemas. Más de media docena. Imposible hablar de todos ellos, pero han estado sobre la mesa esta mañana, una vez más, a mi lado.
¿Por cuál de todos ellos empezar? Mis amigos comprenderán que lo hagamos con un poema de César Simón. Compartimos la admiración por su obra.
Leí este poema en una copia escrita a máquina. El libro al que pertenece, “Estupor final”, se publicó en 1978, en una editorial efímera, Lindes, creada por tres amigos. En esa modesta editorial se publicaron dos libros importantes en la poesía española de finales del siglo XX, el de César y la edición bilingüe de “Mesteres” de mi queridísimo e inolvidable Arcadio López Casanova.
El asunto de “Aquella luz” es sencillo. Una casa en ruinas, el inicio del ritual amoroso, “viejo como enganchar o desenganchar los caballos”, y una luz absorta. Con esos elementos tan poco originales, construye César Simón un ambiente mágico, comparte una pasión, “y la muchacha esperaba, cuando mi mano le rozó el cabello”, y nos describe el mundo tras la nuca de ella, mientras la abraza en la fugacidad de un rayo de luz.
AQUELLA LUZ
En la gran choza estábamos, de tejados de arcilla,
por donde se deslizan las frías aguas. Habíamos encendido
leña. Habíamos devorado el conejo
y las olivas, los mendrugos y los canteros,
el vino del cuero, en un silencio de doble fondo,
jalonado por conversaciones o risas no del todo insinceras.
Detrás había una ventana abierta
por donde se tamizaba una luz gris surcada por cornejas.
La muchacha espera mi decisión,
o quizá la ahuyentaba, mientras el pino ardía.
Estaba abierta la puerta de la cocina
a la entrada de yeso, con las huellas impresas de las mulas.
Ahora sólo viento por el portalón
que arrastraba las plumas de los cardos en el zaguán,
las pajas y las telas de arañas muertas de hambre
en los grandes silencios oscuros donde sólo se escucha una piedra
-o tal vez una rata- que cae a la cisterna.
La muchacha esperaba y yo esperaba.
Y se oían vibrar las cacerolas metálicas
y se presentían los azogues oscuros de las jarras de aceite
y se olía el humo de los tizones en el hogar,
los yesos mascarados, las cebollas y los ajos marchitos
de las despensas. Y el retrato del hombre aquel,
allá arriba, que habíamos contemplado
en la penumbra de la estancia desierta.
Y la muchacha esperaba, cuando mi mano le rozó el cabello
y sentí henchirse su respiración y entornarse sus ojos de ansiedad,
mientras se oía el vacío del desván y se filtraban las luces,
formando apenas rayas, bajo las puertas rotas y comidas.
Entonces la muchacha y yo nos pusimos de pie para
comenzar ese rito
viejo como enganchar o desenganchar los caballos
o amortajar a los cadáveres. 
Ella me miraba de cerca con una mirada infantil y su frente
me parecía bovina, frontispicio de ojos acuanosos y azules,
tan cerca, mientras respiraba profundamente.
Vi entonces tras su nuca por la puerta al zaguán
una rata husmeando y luego, en el gran hueco,
como una sombra, como una luz absorta.
Allá arriba el hombre del retrato, las cazuelas metálicas,
el frío de la estancia mortuoria con las grandes camas,
el rancio olor de la vieja almazara del XVIII.UZ
[César Simón, Estupor final]
Dedico este homenaje a César a Vicente Gallego, el discípulo más querido y editor de su Poesía Completa.
Tomás Hernández
 

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