En 1.895 Oscar Wilde estrenó su obra teatral “La importancia de llamarse Ernesto”, una sátira de la época victoriana enfocada en la hipocresía y las apariencias, que lleva sus protagonistas a ocultar su verdadero nombre y usar el de Ernesto como identificación simbólica de personas honradas y serias. El literato irlandés parecía detectar de forma anticipada el influjo que las palabras podían ejercer sobre la realidad, algo que puede convertirse en una lacra esencial de la convivencia. Si los términos que empleamos nos enajenan de la realidad o la deforman hacen que tomemos, necesariamente, malas decisiones, ya que nos impide y cierra la vía del diálogo humano sin el cual el intercambio civilizado de opiniones se hace imposible. Condición indispensable para que de esa contradicción salga triunfante el mero relato es y ha sido la relativización de la verdad, sin certezas todo es cuestionable en base a un análisis conspirativo, orientado a la detección de estructuras de poder y dominación, de todo cuanto se ha ido construyendo en la sociedad de forma espontánea. Roger Scruton nos dio el antídoto cuando sostuvo: «Si alguien te dice que no hay verdades, o que la verdad es relativa, te está pidiendo que no le creas. Entonces, no le creas». Y no podía ser de otra forma, porque si todo es relativo, lo relativo también lo es y no puede ser verdad conforme a la propia teoría, el relativismo es en sí mismo un oxímoron.
Desde la Revolución Francesa, pasando por Marx y siguiendo por todo el pensamiento desarrollado en el seno de la izquierda en los distintos períodos subsiguientes, la aspiración siempre ha sido la misma: apropiarse del lenguaje para dominar los significados y de ahí cómo se perciben las cosas. En esto la contribución marxiana fue esencial proporcionando las claves adecuadas para establecer los criterios de amigo/ enemigo y la consiguiente dramatización de la dialéctica hegeliana. Hasta el punto, y esa será la clave de bóveda de todo el desarrollo posterior, de atribuir a sus teoremas un carácter científico que al identificar las causas de los males de la humanidad (resumidos en el capitalismo) creyó poder anticipar sus efectos, anunciando el fin de la sociedad burguesa, destruida por sus contradicciones, y la revolución encabezada por el proletariado que impondría su dictadura, aboliendo las clases y creando de una abundancia material que llegaría a todos por igual. Lo cierto es que Marx nunca definió qué era una sociedad socialista, ni cómo se organizaría, aventuró una marcha hacia lo desconocido en la que tampoco participó el proletariado, un pretendido “deus ex machina” que no empezó nada que no fuera iniciativa de revolucionarios profesionales (definibles como burgueses según Marx). Pero daba igual, como dice Douglas Murray en “La masa enfurecida”, para los marxistas tropezar con una contradicción no es un obstáculo, sino una invitación a precipitarse sobre ella y tomarla como un refuerzo para la causa. Cuando Murray habla de los marxistas se puede entender, sin tergiversarlo, progresista, un vocablo mucho más vago que hace más llevaderas las habituales antinomias entre los discursos y la acción de sus creyentes.
Por eso la correlación entre el lenguaje y la realidad es tan imprescindible ya que nos libera del engaño al que, quienes denuncian sutiles mecanismos de poder residenciados en todas las instituciones tradicionales, tratan de ejercer el dominio social por medio del sometimiento de lo real a esa neolengua que no remite a las personas sino a cuestiones tan líquidas como el lado correcto de la historia o la justicia social, dos sintagmas que nos permiten explicar con dos ejemplos muy actuales lo que se expone en referencia a esas contradicciones. Si hablamos del lado correcto de la historia y nos embarcamos precisamente en un revisionismo histórico, próximo a la neurosis, ¿quién nos garantiza que nuestros actos del presente se verán como adecuados cuando se juzguen en el futuro? Otro tanto ocurre con la expresión “justicia social”, un concepto inefable que sólo tiene un valor político en la medida que su apropiación por la izquierda hace que en cada momento signifique lo que conviene a sus intereses y termine siendo el excipiente que acompaña a toda medida que busca imponerse sin debate, porque nadie puede oponerse sin caer en la falta de humanidad a algo que viene calificado como socialmente justo. Lo ideológico se blinda así frente a la realidad para convertirse en un dogma que separa el bien y el mal.
De esa forma, amparados en conceptos que “a priori” podrían dar sentido a una conversación que facilite compromisos, acuerdos y la coordinación pacífica con quienes no comparten nuestros proyectos o inclinaciones, es utilizada, sin embargo, por esos suplantadores de los verdaderos “ernestos” (tartufos), tratando de aparecer como lo que no son, para situar a quienes disienten en el lugar que les interesa y ejercer así una superioridad ética que no se compadece con su existencia cotidiana, tan vulgar y condicionada a las circunstancias como la del resto de sus semejantes. Recibimos lecciones de solidaridad por parte de millonarios del espectáculo que fingen renegar del sistema que los hace unos privilegiados económicos. Políticos que señalan a quienes no pronuncian la palabra genocidio mientras escamotean el término para otros conflictos donde sus intereses ideológicos se ven comprometidos. O declarados defensores de las mujeres (por biología o género según interese) que fijan su atención en las sociedades liberales, en un momento histórico donde se ha llegado a la práctica igualdad efectiva entre sexos (e incluso más allá en ciertas materias), eludiendo, por afinidades estratégicas y geopolíticas, denunciar los regímenes y países donde los derechos de las mujeres están de verdad conculcados. Las palabras no son inocuas, su uso tiene que basarse en percepciones universales y en política pueden llegar a ser armas de destrucción de la libertad de conciencia y de expresión, un vehículo de poder para quienes defienden una sociedad planificada que por supuesto tendrán que ser ellos quienes la dirijan.
P.S.: Sería un gran avance científico que algún día pueda decodificarse el gen que activa una súbita aparición de talento para la literatura en los presentadores televisivos famosos.







