Liberalismo: Un retorno necesario (1) / José María Sánchez Romera

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No es cierto que la verdad sólo tenga un camino, tiene muchos, la dificultad es encontrar el más adecuado en cada momento para llegar a ella. Si la verdad es la búsqueda del bien para cada individuo, lo que hay que buscar es el camino que nos conduzca a conseguirlo. Y aquí acotamos ya de inicio un concepto, el bien individual, porque el bien colectivo lleva al encuadramiento social, la suma de bienes particulares conduce por fuerza a la mejora general y huelga por tanto la invocación a la unidireccionalidad del grupo. Individualismo no es egoísmo, es autonomía de la voluntad para dirigir la propia existencia, cuando una sociedad se somete a la identidad de grupo, retrocede al espíritu de la tribu. La colectivización de los objetivos vitales impuestos por el poder abre la puerta al totalitarismo.

La pobreza ha sido el estado natural de las inmensa mayoría de los hombres al llegar al mundo durante millones de años, a ello se unían la lucha contra las adversidades del medio, contra otros seres vivos, la necesidad de conseguir alimento y refugio y las enfermedades. Eso fue así hasta el siglo XIX en el que la revolución industrial y la división del trabajo marcan un punto de inflexión para la existencia humana. Desde entonces la paulatina mejora de la calidad de vida no ha hecho más que aumentar y generalizarse a capas cada vez más amplias de la humanidad (¿Falta mucho?, falta, pero igual que Roma no se hizo en un día, el socialismo marxista no acabó con las carencias materiales en décadas de hegemonía absoluta). Es en ese mismo siglo XIX cuando el pensamiento socialista refutó la admisibilidad de las desigualdades económicas que atribuyó a la dominación de unos hombres por otros, lo que se concretaba, expuesto “grosso modo”, en la existencia de clases sociales en función de la diferente cantidad de riqueza disponible. En el año 1840 proclamó Proudhon en su libro “Qué es la propiedad” que “la propiedad es un robo”, comprimiendo con brutal crudeza la idea seminal del socialismo. Coetáneo y amigo de Marx en el París revolucionario de la época, acabaron abiertamente enfrentados hasta el punto de espetar Proudhon al autor de El Capital las siguientes (y casi proféticas) palabras en carta personal: “…por Dios, después de destruir todos los dogmatismos a priori, no soñemos, a nuestra vez, en adoctrinar al pueblo”, frase que resulta de lo más reveladora en lo que al dogmatismo concierne.

El socialismo se alzaba como la refutación filosófica y económica integral del liberalismo clásico que a su vez había sido la reacción intelectual a los privilegios de la nobleza, los poderes absolutos del monarca, el clero oficial y el gremialismo. El liberalismo sostenía frente a estos últimos que el individuo debe poder desarrollar sus capacidades individuales y su libertad en el ámbito político, religioso y económico, el reconocimiento de las libertades civiles bajo el imperio de la ley y la economía de mercado.

El decurso posterior de la historia es de general conocimiento: mientras las sociedades de inspiración liberal fueron evolucionando a través de su ingeniería social fragmentaria (Popper) con una incesante mejora de las condiciones de vida de sus integrantes, los experimentos socialistas de ingeniería social (y económica) de carácter holístico se vieron abocados al colapso y los que se mantienen no son ejemplos que muevan a la emulación (al menos para admitirlo públicamente). La inviabilidad económica del socialismo ya había sido lúcidamente anticipada por el filósofo y economista austríaco Ludwig von Mises en el año 1.922 con la publicación de su libro “El Socialismo”. Una economía, decía von Mises, cuyas decisiones se basan en los designios de una autoridad política y no por la interacción de los agentes que concurren en el sistema de mercado para la formación de los precios, carece de cálculo económico y no puede ser viable. El tiempo vino a darle la razón. En la Polonia socialista por razones políticas el pan era más barato que el trigo y por tanto los cerdos comían pan, absurdo resultado al que conducen los excesos del intervencionismo y la demostración de que la economía no debe estar regida por meros designios políticos aunque estén guiados por las mejores intenciones.

A raíz del hundimiento del referente ideológico del socialismo, la URSS y su esfera geográfica de influencia política, económica y militar, la izquierda comprende que la lucha de clases, la alienación del obrero (no menos alienado que trabajando para un patrono mucho más dominante que el empresario individual) y la simple mística revolucionaria de subversión del sistema no eran elementos que atrajeran a unas mayorías que ya disfrutaban de estándares de calidad de vida que Marx no pudo ni intuir pese al supuesto carácter científico de sus sus teorías. Esa constatación trajo el abandono de lo marxiano, Gramsci ya lo había hecho mucho antes (“Lo necesario es sacudir las conciencias, conquistar las conciencias”), y la acción política de la izquierda se ha ido plasmando en la diversificación de causas tales como el clima o la ecología, las desigualdades económicas, la hegemonía cultural, el antirracismo, un feminismo llevado más allá del logro de la igualdad legal entre hombres y mujeres, un estado fuertemente asistencial, etc… Un heterogéneo conglomerado de causas, en las que subyace la esencia de la dialéctica socialista, con el objetivo de atraer a sectores sociales muy diversificados.

La mayoría de las propuestas referidas constituyeron una revisión de la estrategia política en respuesta a la caída de los sistemas socialistas del Este de Europa y casi simultánea a la mayor tontería pronunciada en el siglo XX: el fin de la historia y el triunfo del pensamiento único liberal anunciado por Francis Fukuyama. Otro profeta. Sin embargo desde mucho antes y de forma muy especial a partir de la crisis económica de 1.929, una tendencia al intervencionismo en la economía por parte de los poderes públicos, sin distinción de partidos ni ideologías, y la aplicación de principios de planificación social de inspiración netamente intervencionista han ido impregnando la ejecutoria de los gobiernos hasta el punto de que ya existen pocos espacios de la acción humana ajenos a la supervisión y vigilancia de los poderes públicos. La variedad actos elementales que las normas dictadas por los estados someten a sus esferas de influencia resultan asombrosos cuando se toma conciencia de ello. Vivimos ya con tanta naturalidad todo tipo de intromisiones que, salvando las económicas por su inmediato impacto sobre nuestra capacidad de subsistencia, el resto se asimila como por ósmosis.

Y es precisamente en la gestión de la economía donde por venir de más lejos el intervencionismo público empieza a ser más perceptible lo negativo de sus efectos. No deja de ser curioso que en estos tiempos en los que el bastardeo y la extensión espúrea del término negacionista se agranda, no se aplique a quienes rehúsan aceptar el reiterado fracaso político y económico de las doctrinas basadas en los excesos de planificación e intervención públicas. Al contrario, cualquier crisis, sea cual sea su naturaleza u origen, incluso la que proviene de la propia aplicación del ideario intervencionista, reclama para sí la vigencia de sus postulados.

Pues bien, lo cierto es que el resultado del incremento de la influencia pública en la economía, vista en perspectiva, si alguna vez llegó a un punto óptimo desde hace tiempo está muy lejos de él. Las constantes subidas de la presión fiscal no han aliviado las arcas estatales sino que han expandido cada vez más el gasto y el déficit, necesitando los gobiernos acudir de forma recurrente a un endémico endeudamiento que no deja de crecer cada año. Llama la atención que el mainstream intervencionista de las políticas sostenibles promueva justamente lo contrario respecto al endeudamiento. Esas permanentes subidas tributarias, pese a los discursos oficiales, no han gravitado sobre los titulares de mayores niveles de riqueza, sino sobre las clases medias y populares, convertidos en los rehenes económicos del sostenimiento de los gastos del estado. Los impuestos que gravan con altos índices porcentuales los servicios más básicos, los beneficios del ahorro y las rentas del trabajo de la porción más extensa de la sociedad no responden a ningún principio de inspiración liberal, sino todo lo contrario. Las crisis que provocan rescates económicos de sectores enteros, también pese a lo que se proclama habitualmente, no son producto de la aplicación de políticas liberales, sino de los excesos de la expansión del crédito, que atribuye al consumo y no al ahorro la causa del crecimiento económico, intervencionismo monetario que al final sólo produce distorsiones en el mecanismo de formación de los precios y el empobrecimiento de los más vulnerables. Esa “riqueza” de papel es un fraude para el pequeño ahorrador, el asalariado, el trabajador por cuenta propia y las empresas que producen bienes de capital. ¿Dónde está el limite de esta forma de gestionar la economía sin que se genere otra crisis sobrepuesta a la que ya padecemos?.

José María Sánchez Romera.