Liberalismo: un retorno necesario (III) / José María Sánchez Romera

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Frente a las apariencias que la confusa política actual provoca, la imposición de las políticas intervencionistas de inspiración colectivista no tienen menos éxito entre sus promotores que entre quienes deberían representar su alternativa. El complejo (de inferioridad) y fascinación que provocan en muchos ámbitos conservadores la idea de influir socialmente a través del poder político es tan fuerte que la comodidad que tal praxis proporciona les lleva a la renuncia de comprender como al hecho de abandonar lo que deberían defender. La facilidad de comunicación que la jerga intervencionista proporciona, llena de palabras que exorcizan por sí mismas todos los males, es una tentación demasiado fuerte para no claudicar ante ella. El problema reside en que unos son vistos como los auténticos defensores de la “mayoría” y los otros como los impostores que fingen abrazar las buenas ideas para luego practicar las malas, acusación que les persigue en la propaganda política hagan lo que hagan. Por eso Hayek, consciente de esa defección en el campo liberal, dedicó su libro Camino de servidumbre “a los socialistas de todos los partidos”.

El liberalismo, contrariamente al marxismo, nunca ha tenido su escatón. Marx y Engels en La ideología alemana sostuvieron que en una sociedad comunista “…cada individuo no tiene acotado un círculo exclusivo de actividades, sino que puede desarrollar sus aptitudes en la rama que mejor le parezca, la sociedad se encarga de regular la producción general, con lo que hace cabalmente posible que yo pueda dedicarme hoy a esto y mañana a aquello, que pueda por la mañana cazar, por la tarde pescar y por la noche apacentar el ganado, y después de comer, si me place, dedicarme a criticar, sin necesidad de ser exclusivamente cazador, pescador, pastor o crítico, según los casos”. No hay nada parecido en la literatura liberal (y menos al punto a tales fantasías). El liberalismo en cambio se basa en realidades, la autonomía personal para viajar, comerciar, trabajar e intercambiar bienes y servicios como manifestación del avance del orden extenso establecido mediante millones de acciones humanas que han ido decantando el sistema a través de los siglos. El marxismo centra su análisis en las relaciones de producción y considera que el capital tiene como objetivo extraer del trabajo asalariado todo el beneficio (plusvalía) que reporta la creación de mercancías, haciendo cada vez más rico al empresario y más pobre, consecuentemente, al proletario. Por tanto, sostienen, será precisa una acción revolucionaria que subvierta todo ese estado de cosas y se cree una estructura racional que lleve al estadio en que todos los hombres disfrutarán de una existencia en armonía, incluso con la naturaleza. Algo así como el mundo de Utopía, de Tomás Moro, que describía un lugar donde “Cada padre de familia va a buscar al mercado cuanto necesita para él y los suyos. Lleva lo que necesita sin que se le pida a cambio dinero o prenda alguna. ¿Por qué habrá de negarse algo a alguien? Hay abundancia de todo, y no hay el más mínimo temor a que alguien se lleve por encima de sus necesidades. ¿Pues por qué pensar que alguien habrá de pedir lo superfluo, sabiendo que no le ha de faltar nada?… Un vicio que las instituciones de los utopianos han desterrado”. La primera parte del análisis marxista, si prescindimos de sus resultados conocidos, puede tener algún fundamento interpretado desde su perspectiva de lo que considera relevante en la historia, su conocida teoría materialista, pero a partir de eso lo que propone no deja de estar entre la ensoñación y el augurio.

Por eso tantos, incluso sus teóricos adversarios, sucumben al señuelo de un ilusionismo sociológico que básicamente apela a una emocionalidad alimentada por una serie de ideas muy esquematizadas mediante las que se asegura el fin de toda clase de injusticias por aplicación de la mecánica intervencionista. Lo mismo que el fuego calienta el agua, la acción pública, como el efecto de una propiedad física, acabará con los problemas de la humanidad. Por lo que siguiendo tal razonamiento se nos obliga a aceptar, aunque sin el menor fundamento, que cuanto mayor sea la capacidad para intervenir de la institución estatal, mayor será su eficacia liberadora.

No resulta desde luego fácil fácil sustraerse al magnetismo que ejerce ese mundo idílico que sin necesidad de entender ni cuestionarse nada ofrece la plena redención humana en el mundo terrenal si se confía en un grupo de demiurgos que parecen estar en posesión de conocimientos vedados al resto de sus semejantes. Difícilmente la razón puede luchar a corto plazo frente a tales promesas. La razón necesita tiempo para abrirse paso y muchas veces las circunstancias apremian soluciones inmediatas que casi nunca existen, pero el deseo de obtenerlas abonan el terreno al oportunismo. Una vez que se ha producido la desconexión entre el cerebro emocional y el racional lo instintivo predomina en los actos humanos. Por eso el caudillaje, ahora llamado populismo, domina tan fácil y rápidamente las mentes y por contrario motivo, el tiempo que va abriendo camino a la razón es su némesis. Y en esa secuencia de tensión sostenida que neutralice el paso del tiempo, el populista necesita de una incesante agitación que impida comprender las verdaderas consecuencias de sus actos.

Pero el pensamiento no es estático, las ideas se adaptan a cada presente. En la actualidad la primitiva opción revolucionaria ha mutado en un taimado gradualismo que abandona las premuras del maximalista y opta por acelerar procesos parciales de cambio, con apariencia inocua, sin proceder al desmontaje inmediato de la institucionalidad vigente. Cada acto se explica como algo aislado y no afectante a lo sustancial, pero necesario, se dice, para eliminar algún elemento injusto que una sociedad democrática no puede tolerar. La justicia fiscal (que de momento ha sustituido a la expresión justicia social) y la desigualdad son circunstancias con las que convivimos y que, nos dicen, no se pueden tolerar. Pero la realidad es que cada medida no es un una pieza que se ajusta sino que es sustituida por otra para acabar suplantar una a una todo el sistema. Esto se expone de forma abierta en un artículo del recientemente fallecido Manuel Ballestero, El concepto de revolución en el marxismo, cuando afirma que “Nuestros adversarios (neo-liberales y social-liberales) confunden el necesario, obligado, proceso de avanzar por medio de reformas con la no modificación del sistema capitalista. Nuestra estrategia, obligada por las condiciones sociales actuales, es una lucha por arrancarle a las clases dirigentes reformas que transformen los equilibrios sociales, que atenúen –hasta acabar con ella- la explotación del trabajo y de la sociedad por el capital”. En otras palabras, se trata de llevar a la quiebra a los países donde rige el libre mercado mediante incesantes demandas de gasto público, combinando la escalada de tributos y deuda, que siempre se tildarán de insuficientes para luego atribuir al capitalismo la crisis que tal dinámica engendra. Al autor hay que reconocerle su velada sinceridad aunque la estrategia es demasiado evidente como para no verla.

Por todo esto es imperativo hacer introspección en orden a entender cómo se ha ido aceptando el mensaje intervencionista sin práctica oposición al mismo. La primera concesión fue semántica y muy especialmente para todo cuanto lleva adosado el término social, un significante polisémico que sirve de salvoconducto para que cualquier proposición se tenga por beneficiosa. La segunda y definitiva concesión ya viene obligada por el marco mental que las propias palabras han creado puesto que el significado que se da a cada vocablo ya determina la ideología hegemónica aunque sea de forma inconsciente. Oímos a diario, volviendo a la economía de mercado, como ésta es presentada como una especie de ser con voluntad propia (antropomorfo) cuya finalidad es explotar a la población desvalida a la que drena sus recursos para que vayan a los más ricos. Frente al mercado existe otro ente, también antropomorfo (puede llamarse estado, proletariado, etc.) , que tratará de evitarlo. Esta pueril falacia es aceptada silenciosamente en esferas políticas de teórica inspiración liberal sin plantear la menor objeción. El ingeniero social cree que al igual que son deliberadas sus acciones intrusivas en la sociedad, todo tiene que ser causa de una actuación intencionada y sus efectos buscados. Pero basta pensar un poco para descubrir que el mercado es producto de una interacción humana que ha ido evolucionando a lo largo de la historia en inacabable cambio, al que se puede acudir o no y donde existe la opción de aceptar sus condiciones o rechazarlas y buscar otras mejores. Si un empresario quiere aprovechar una posición dominante de mercado habrá otro que fabricará el mismo producto a menor coste y atraerá a los consumidores obligando al primero a hacer lo propio si no quiere ir a la quiebra. Se debe añadir que a día de hoy las posiciones dominantes de mercado sólo pueden darse en casos de colusión con el estado, nunca como efecto asociado a la libre concurrencia económica. Si hablamos por ejemplo de productos básicos como alimento y ropa, lo que ha hecho el mercado a lo largo del tiempo ha sido abaratar sus costes hasta el punto de que hoy día no exigen, como antiguamente, el desembolso de una gran parte de la renta disponible para su obtención en mayor cantidad y calidad.

Sin embargo, el poder del estado intervencionista guiado por un grupo dirigente no da la opción, como en el mercado, de elegir lo más conveniente para cada uno y acorde con sus circunstancias. El poder público ejerce su autotutela mediante las normas que dicta, presupuesta los recursos que necesita y los impone sin otra posibilidad que entregarle lo que pide so pena de soportar el resultado de desafiar sus mandatos. Incluso cuando alguna autoridad con cierto grado de autonomía fiscal decide atenuar la presión el intervencionista promueve leyes para “cartelizar” el sistema tributario. En este aspecto como en el resto de materias que están atribuidas al estado la fuerza coercitiva de sus designios no puede compararse con ninguna otra institución que nace del orden espontáneo.

Decía Tolstoi que sin riqueza no hay civilización y que quien no conoce la cárcel no conoce el estado.

José María Sánchez Romera.