Liberalismo: un retorno necesario (y 4) / José María Sánchez Romera

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El debate ideológico de nuestro tiempo sólo cobra sentido si se produce en torno a la libertad porque todo matiz sobre los límites a su ejercicio nos lleva al totalitarismo. La alienación del hombre no responde hoy, antes tampoco, con millones de personas que trabajan por su cuenta, a su disociación con el medio laboral, sino con un poder político que lo somete más allá de un compromiso social básico de convivencia y le confiere un papel parecido al de un ave de granja. Por ello libertad implica carencia de restricciones o zonas de sombra a la acción humana pacífica y acorde con sus naturales inclinaciones. El recurso reiterado a invocar el bien común para justificar decisiones que invaden esferas cada vez más amplias de la actividad humana actúa a modo de vistoso recorrido que distrae la atención hasta llevar a la dictadura. La libertad tiene un significado total, no hay libertad si alguna de sus posibles manifestaciones está restringida. Si la libertad de opinar tiene límites, no es libertad, si la propiedad está sometida a intereses ajenos a su titular no es propiedad, porque estará sometido a la arbitrariedad del poder. Si el poder es quien determina el grado de nuestra libertad es que ésta no existe. Las leyes deben ser la garantía del hombre libre y no el instrumento que bajo la rúbrica de elevados objetivos, los somete.

Desde hace algunos años oímos decir que hay que acabar con el “neoliberalismo”, esa mutación semántica de lo liberal que permite su cómoda reprobación sin necesidad de explicar los motivos. Se asocia así al (neo) liberal con el indiferente hacia la injusticia y los padecimientos de otros seres humanos, males sólo redimibles por quienes abominan de lo (neo) liberal, abominación de la que surge, por autodesignación del iliberal, su superioridad ética. Prefijo y término, vaciados de su contenido, son la sugestión de algo maligno y dañino, que contrasta llamativamente con que no se asocie en el lenguaje político al uso la palabra comunismo con algo negativo pese a los acreditados antecedentes de las prácticas colectivistas y el general respeto a los derechos democráticos en las sociedades de inspiración liberal. Una maldad, en fin, que se confronta con unos principios cuya transgresión sólo se reprocha a quien no los promueve (¡) y que llegado el momento constituye el retrato moral del disidente (“neoliberal). “Neoliberal”, el sortilegio que se usa por el intervencionista contra cualquier idea que quiere denigrar.

Lo cierto es que en la inmensa mayoría del mundo occidental desde hace décadas que no se practican sino en sentido muy laxo políticas liberales, fundamentalmente en lo económico, y algunas que puedan parecerlo distan mucho de sus fundamentos originales. Hablar de liberalismo cuando se publican miles de normas regulatorias cada día y de todo orden, la práctica mitad de las economía depende de una forma u otra del sector público, se imponen hasta pautas de comportamiento social y la política monetaria se utiliza por el poder político para subvertir la realidad económica (1), es una tergiversación de la verdad que no resiste un análisis mínimamente riguroso. Ejemplo de ello es el ahora tan aplaudido Banco Central Europeo y del cual puede decirse que funciona como una fábrica de cemento soviética porque decide cuánto dinero se produce, a qué precio y cómo se distribuye sin más guía que los intereses políticos de los gobernantes. Estricto intervencionismo económico, socializar la creación de papel-moneda, cuyos resultados serán visibles en su momento como lo han sido otras prácticas similares de consecuencias sobradamente conocidas en la historia. El problema pues no es superar el liberalismo sino la necesidad de volver a él tras décadas caminando hacia el intervencionismo de inspiración socialista no sólo atribuible a partidos de izquierda como ya se expuso en un artículo anterior. A la vista están en el presente sus efectos: elevados niveles de endeudamiento público (que lastra a toda la población), cotas de presión fiscal cada vez más altas (sin que las incesantes subidas solucionen los déficits), límites cada vez mayores al uso y disfrute de los bienes propios, regulaciones asfixiantes al libre emprendimiento, destrucción de las clases medias y pauperización de las más humildes, limitaciones legales a las preferencias personales, valores individuales cuya libre manifestación se coarta, etc.

El intervencionismo se ha demostrado como un error intelectual en su propia concepción por cuanto implica, con independencia de sus perniciosos efectos, que determinadas personas investidas de poder, más allá de cómo lo obtengan, están en mejores condiciones de decidir lo que constituye el interés ajeno, colocándose así por encima de la voluntad del resto. Resultado ineludible de ello es que quien rechaza ese sistema de organización es obligado coactivamente a aceptar el “bien” que se le impone, lo cual deviene por sí mismo una contradicción insalvable. Mediante la sustracción de cada identidad en favor de una idea sedicente del bien común incompatible y superior en sus objetivos a la libre iniciativa, el intervencionismo decide por cada individuo creando desde el poder la ficción de un ser colectivo que unifica las aspiraciones de toda la sociedad. Es evidente que el ser humano permanentemente mediatizado moral y económicamente por el poder no puede ser libre.

Para comprender la verdadera dimensión de lo que con el tiempo se ha convertido en auténtico extravío irracional, imaginemos lo que sería tratar de dirigir el círculo más cercano de relaciones humanas conforme a nuestro particular criterio. Es evidente que si a familiares y amigos tratáramos de someterlos a normas de conducta y percepción de las cosas según principios o percepciones ajenos a ellos, tal pretensión nos llevaría a incesantes conflictos y desencuentros que terminarían creando un considerable caos a nuestro alrededor y a la casi segura ruptura de nuestro círculo social. Si trasladamos esa idea a una entidad social mucho más amplia no es que sean imaginables las distorsiones que se crearían, es que la práctica las constata y obliga a sofocar por medio de la coerción los desajustes de todo orden que provoca un poder con exceso de intervencionismo. Precisamente el drama inacabable del intervencionista es que cada una de sus previsiones suele llevar a resultados imprevistos y contrarios a lo buscado, lo que le obliga a actuar de nuevo para remediarlos y así sucesivamente hasta que sólo el empleo de la fuerza coactiva inherente al poder del estado permite controlar la frustración social que se engendra. Cuando eso ocurre se llega al totalitarismo.

Hoy día los perfiles políticos más decididamente intervencionistas en todas sus facetas vienen del socialismo y todo el pensamiento afín al mismo, aunque cierto conservadurismo no esté exento de parecidas veleidades, en este último caso más circunscritas a lo económico y menos a cuestiones de carácter ético. El problema del intervencionismo de inspiración socialista es que la enunciación de sus postulados confronta sin remedio con los resultados que obtiene y con los actos individuales cotidianos de quienes lo defienden, constituyendo esto último la refutación más demoledora de la teoría. Porque el colectivista cuando adopta sus decisiones vitales no atiende a fines sociales sino a los propios, lo que siguiendo sus pautas ideológicas lo convierte en individualista, ergo egoísta. Atendiendo en consecuencia a esa realidad individual del intervencionista no se puede aceptar que a su conveniencia construya una comunidad imaginaria que ignore la pluralidad social para que los ingenieros sociales puedan exhibir esa superioridad moral que poco se compadece con nuestra naturaleza imperfecta, incluida la suya, y que por lo general es independiente de la ideología que cada cual profese. De hecho esa persistencia en prácticas que fracasan de forma recurrente crea la disyuntiva entre si lo que se propone es un proyecto de sociedad en el que se cree o la teoría constituye el embozo de un proyecto de control totalitario del poder que es donde suelen terminar los experimentos intervencionistas. Resulta difícilmente comprensible que se insista en seguir avanzando hacia planificaciones políticas, económicas y sociales que indefectiblemente han conducido a graves retrocesos del bienestar general y las libertades civiles.

Se trata en definitiva de elegir entre entender la realidad para mejorarla o seguir a quienes dicen tener todas las respuestas sin que importe que sean equivocadas.

José María Sánchez Romera.

(1) Böhm-Bawerk: «…en la vida económica existen unas leyes contra las cuales la voluntad humana, aunque sea la del Estado con todo su poder, resulta impotente; y ni siquiera las fuerzas sociales pueden desviar la corriente de los fenómenos económicos de un comportamiento impuesto imperativamente por el poder de las fuerzas económicas».