Libertad concertada / Tomás Hernández

 

Algunas palabras llevan mal los adjetivos. Democracia puede ser una de esas palabras. En el tardofranquismo se impartían, por la tele, unas charlas divulgativas sobre las excelencias de la “democracia orgánica”. Bajo el eufemismo se pretendía disimular la miseria moral de una dictadura vergonzante. A la palabra libertad también le sientan mal los adjetivos. Por eso no sabía yo que palabra elegir para definir el abucheo de la otra mañana en el Congreso con los diputados de la derecha en pie gritando la palabra libertad. Se acababa de aprobar rozando el poste, la llamada ley Celáa de Educación. Creo que ese exiguo margen no es bueno. Que condena a la ley, ya, a su desaparición con un nuevo cambio de gobierno. Y eso no es bueno. Pero o eso o la ley Wert.

Y así andaba yo, en la confusión de aquellos vítores a la libertad, cuando esta bendita mañana de domingo una conspicua informadora me saca de mis dudas. Manifiesta su sorpresa de que un partido político que lleva en sus siglas la palabra obrero, ataque a la enseñanza concertada, que al fin y al cabo es, y cito literalísimamente, “la enseñanza privada de los pobres”. Todavía no me he repuesto, pero comprendí el alboroto de los vítores, la defensa arrebatada de la libertad arrebatada. Lo que se defendía era la enseñanza de los pobres. Quién va a estar en contra de eso.

No procede la exégesis de los orígenes de aquellos conciertos entre el gobierno y los colegios privados de enseñanza; entonces, y ahora, casi todos ellos propiedad de órdenes e instituciones religiosas. Pero sí procede la libertad de los más pobres todavía que los pobres para exigir centros públicos sin carencias, bien dotados y con una proporción europea entre el número de alumnos y profesor por aula. Los pobres también sostienen los colegios e institutos públicos y parte de los concertados. Creo que Íñigo Errejón habló con claridad sobre este confuso asunto. La elección de centro (privado, concertado, público) es un asunto de dinero, no de libertades.

El otro agravio enarbolado contra la ley Celáa es el del castellano como lengua no vehicular. Sería largo, y atrevido por mi parte, ponerse a hablar de ese asunto. Pero sí leí y comenté con amigos algunas cosas sobre eso, sorprendido, sobre todo, por la virulencia de los ataques y ahora no sólo desde las bancadas del Congreso, que también. Hasta Alfonso Guerra, experto lingüista, exhibió las imágenes de su Apocalipsis de desastres y promulgó su anatema. La lingüista catalana Carme Junyet escribió sobre una curiosa observación. Dice que personas que fueron educadas en catalán, usan ahora, años después, cada vez más el castellano como lengua social y de contacto. Da algunas explicaciones al fenómeno, pero como observadora, como lingüista manifiesta su desconcierto. Comentaba este asunto con el amigo que me pasó los textos de Carme Junyet, profesor de valenciano, y me contaba, también con asombro, que uno de sus sobrinos, educado en una familia y en un colegio en lengua valenciana, en un reventón de adolescencia había empezado a hablar en castellano con todo el mundo. Preguntado sobre tan súbita mutación lingüística, el muchacho sonríe y se encoge de hombros. La respuesta más tranquilizadora para quienes temen la desaparición del castellano en Cataluña, la leí en las redes sociales. La evidencia lingüística, decía, es que tienden a desaparecer las lenguas minoritarias y el castellano no es una lengua minoritaria, ni siquiera en Cataluña.

Tomás Hernández


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