Cuando Gran Bretaña, Chamberlain, creyó en las palabras de paz de Hitler y que reivindicara la seguridad para las fronteras de Alemania; cuando Unity Mitford –una joven aristocrática inglesa, fanática de Hitler, como se decía entonces con orgullo– se pegó un tiro en la sien al declararse la guerra entre Alemania y su país, cuando por las calles de Londres desfilaban las escuadras del partido nazi inglés de Oswald Mosley, sólo el incansable bebedor de whisky, el conservador Winston Spencer-Churchill, advirtió contra el nazismo, pero nadie lo escuchaba y se mofaban de sus discursos en el Parlamento: “No es un episodio pasajero. Es una ideología bien armada”. Si añadiéramos que una parte del mundo estaba en manos de un demente ególatra y pueril, podríamos estar definiendo el trumpismo.
Hitler usaba, con razón, el argumento de que los vencedores de la Primera Guerra Mundial habían aherrojado el desarrollo alemán con la intransigencia vengativa del Tratado de Versalles. Trump dice que su país ha sido el pagafantas de la OTAN y exige su soldada. Empecemos por Groenlandia, que está cerca, y es el peligro chino para USA, como el cartel de la droga venezolano también fue un peligro. Una ideología, el trumpismo, con 150 aviones, un puñado de bombas y unos centenares de soldados de élite hizo realidad la pesadilla de la que huía Maduro.
Hitler tenía una plan y una palabra para definirlo, la lebensraum, “el espacio vital”. Que las tierras del Este habitadas por bárbaros orientales abastecieran al III Reich con prósperas granjas dirigidas por puros alemanes arios. Hitler engañó también a Stalin al firmar, un mes antes de la II Guerra Mundial, el Tratado Mólotov-Ribentropp de no agresión entre los dos países. Cuando Stalin fue informado de que las tropas alemanas habían traspasado la frontera, no lo creyó. Luego se encerró en su dacha de Moscú de donde lo sacaron los más cercanos al líder. Eso cuenta Simon Sebag Montefiore en La corte del zar rojo. Trump también tiene un plan, lo quiere todo.
Si vemos por primera vez la magnífica película Olympia de Leni Riefesthal, llama la atención la cantidad de espectadores uniformados, casi todos hombres. Un escenario prebélico del que ellos eran los figurantes, quizás sin saberlo todavía. Trump va a la guerra sin preámbulos. Él es Napoleón bajo la pirámide de su torre en Nueva York.
Trump no es Hitler, la historia no se repite. En uno de sus libros, ¿Por qué los alemanes? ¿Por qué los judíos?”, el historiador Götz Aly dice que la barbarie nazi sobrevino porque el nazismo tenía la voluntad y los medios técnicos para hacerla posible. Sucedió porque alguien tenía el poder y la fuerza de hacerla realidad. Trump tiene ese poder y está midiendo sus fuerzas.
La historia no se repite, pero algunas semejanzas debieran prevenirnos contra los sueños del tirano.
Tomás Hernández







