
Cuando un libro nos emociona, nos conmueve, sentimos la necesidad inmediata de compartirlo con algunos amigos. Quizá por eso la “Antología de Spoon River” de Edgar Lee Masters, “un oscuro abogado de Chicago”, sea uno de los libros que más veces he regalado. No recuerdo cómo llegué a ese libro. Tampoco haber hablado de esos poemas con los amigos de entonces. Conservo una edición de Seix Barral, 1974, de Alberto Girri. Es una selección muy breve, no llega a cien poemas. Así no se puede leer “Spoon River”, aunque hay que agradecer, mucho, al traductor,y editor, Girri, esta primera ojeada al “abigarrado, terrible, cruel, tierno” mundo, como lo definió el poeta Juan Luis Panero. “Spoon River” es la epopeya cotidiana y trágica de unas vidas de mujeres y hombres, de todas las edades, evocada en los biográficos epitafios de las lápidas del cementerio. Así se lee en la ejemplar edición de Jesús López Pacheco en Cátedra. Letras Universales.
Se abre el libro, como en la tragedia griega, con un coro que recita y resume el asunto de la obra. Forman este coro cinco hombres jóvenes, cinco mujeres también jóvenes, dos parejas de ancianos y el mayor Walker. Todos bailan al ritmo de “Tío Jones, el Violinero”. Uno de aquellos “rascatripas” o “rascaviolines” que cantaban una historia mientras explicaban los pasos del baile, como en las películas del oeste.
En este coro se muestra ya la grandeza del libro. Se presenta al personaje y se le define con un epíteto épico. Luego, en una línea, se resumen las circunstancias de su muerte. “May, la recia”. Murió “a manos de una bestia en un burdel”. O “Hermann, el de fuerte brazo. Se quemó en una mina”.
Cuenta Jesús López Pacheco cómo “Spoon River” es el libro de un arrebato poético. Un arrebato que duró seis meses, desde la tarde de mayo de 1914 en que el abogado Edgar Lee Masters despide a su madre en la estación. Habían pasado unos días juntos y recordado ciudades donde habían vivido, amigos. “Fui a mi cuarto, cuenta Edgar Lee Masters, e inmediatamente escribí “La Colina” (coro) y dos o tres de los retratos de “Spoon River”. Recoge López Pacheco testimonios de amigos del autor en aquellos años: Escribía “como enfebrecido , casi incapaz de mantener el ritmo al que los iba escribiendo (…) los sábados en el bufete, después de cerrar; los domingos, en su casa; y durante las vacaciones, y en trenes, en restaurantes, en medio de su entrega al caso de las camareras”. Edgar Lee Masters defendía, como abogado, el derecho a un día libre para estas trabajadoras. “Y escribía hasta en horas de oficina, entre las conversaciones telefónicas con sus clientes”. El éxito fue inmediato e inesperado. Lee Masters había publicado algunos libros sin trascendencia alguna. Y de repente, un recurso tan utilizado en la poesía, desde que existe la muerte, el epitafio, se convierte en una lectura revolucionaria dicha con un casi coloquialismo lleno de trallazos de belleza. Ese triunfo marcaría el destino de Edgar Lee Masters como escritor, después de abandonar la abogacía. El decepcionante comentario sobre sus obras posteriores: ”Sí, pero no es “Spoon River”. Murió pobre y solo en 1950.
Cómo elegir entre tanto poema con el título rodeado con un círculo de lápiz, en señal de preferencia. Entre ellos, uno de una crueldad terrible. Lo deseché. Pero volví a el.
La esposa de Benjamin Pantier
Sé que él dijo que yo le atrapé el espíritu
en una trampa que le desangró mortalmente.
Y que le apreciaban todos los hombres
y muchas mujeres le compadecían.
Pero imagínate que eres una dama de verdad,
de gustos delicados,
y que detestas el olor del whisky y la cebolla.
Y que te resuena en el oído la música de la “Oda”
de Wordsworth
mientras él se pasa de la mañana a la noche,
dale que dale, con esa vulgaridad
de “Ah, ¿de qué puede enorgullecerse el espíritu
de los mortales”?
E imagina, aún,
que eres una mujer, muy mujer,
y que el único hombre con el que la ley y la moral
te permiten tener relaciones conyugales
es ese mismo hombre que te llena de asco
cada vez que piensas en ello, y que piensas en ello
cada vez que le ves…
Por eso le eché de casa
a vivir con su perro en un cuartucho
detrás de su despacho.
Este es uno de los pocos retratos donde la protagonista no lleva nombre. Le antecede el epitafio de su marido: “Yacen en esta tumba juntos Benjamin Pantier, fiscal, / y Nig, su perro (…) / Debajo de mi maxilar, muy junta, está la huesuda nariz de Nig… / ¡Pasa de largo, oh mundo loco!” Y leeremos la historia del díscolo hijo de los Pantier, Reuben, que, una noche, en un cuarto de la Rue de Rivoli, “cuando estaba bebiendo vino con una “cocotte” de ojos negros”, recuerda a su maestra de Spoon River, “la solterona de virgen corazón”, que rezaba por él todas las noches, y llora por ella con una ternura que desconocía. Y sabremos de Dora Williams, la hija de la sombrerera, a la que abandonó el libertino Reuben Pantier, que moriría envenenada y rica en Roma después de una vida fastuosa. Y todo eso contado con la voz y la mirada del poeta arrebatado Edgar Lee Masters.
De esa extrañeza y profundidad es la “Antología de Spoon River”. Un microcosmos donde se refleja el rostro de la humanidad.
Tomás Hernández







