Milei: La increíble victoria del liberalismo / José María Sánchez Romera


El triunfo de Jorge Massa en la primera vuelta de las presidenciales de Argentina animó el campo progresista y estatista (no sólo de izquierdas) a pensar que se había revertido la tendencia a un cambio radical de la política en el país platense. Una victoria provisional que tenía dos motivos fundamentales: la opción opositora se había presentado dividida y Massa, el candidato peronista, fiel a las costumbres de su partido había dopado su campaña con ayudas públicas generalizadas desde su puesto de Ministro de Economía. La disyuntiva que se le planteaba a los argentinos era elegir como Presidente al causante de una inflación del 140% y responsable político de la pobreza generalizada del país o el “salto al vacío” de Milei, como si el Gobierno del que formaba parte el candidato Massa no fuera ya en sí mismo el más absoluto de los vacíos en términos económicos (los ideológicos requieren otro análisis).
Con el fin de contrarrestar el nulo atractivo que la gestión de Massa representaba para ser un candidato con posibilidades se puso mucho énfasis en las salidas de tono de Milei (todas rechazables y algunas provocadas), con las que se quería ocultar esa inmensa Pampa de pobreza en la que el peronismo ha sumido a Argentina. Esa lacerante realidad quiso contrarrestarse desde hace tiempo por el Partido de Massa mediante su adhesión a lo híper políticamente correcto, defendiendo todas las causas llamadas progresistas en sus versiones más extremas, razón por la que el peronismo fue admitido en el exigente club progresista, lo que pone en evidencia a una de las partes. El lúcido sarcasmo de Groucho Marx nos lo anticipó: nunca formaría parte de club que le admitiera a él como socio. Pero es que el alineamiento con la corrección política proporciona un amplio paraguas mediático, no sólo nacional sino internacional, en el que priman los juicios de intenciones en torno a la llamada ideología (neo) liberal con la finalidad de mantener una infatigable tergiversación de sus postulados. También hay que decir que de Milei se han dicho las mayores atrocidades, pero esas no han generado la menor polémica, debe suponerse que el Presidente electo de Argentina las tiene merecidas, en tanto que sus oponentes deben gozar de todos los beneficios asociados a la duda, aun cuando ésta trate de sobreponerse a toda certeza.
Pero, ¡quién lo iba a decir!, el denostado liberalismo se ha alzado en Argentina con una aplastante victoria que, como era de esperar, ha sido saludada por la mayor parte de la prensa y diversos dirigentes políticos omitiendo el hecho fundamental de ser el resultado de una elección democrática, donde como excepción reseñable hay que destacar la impecable reacción del Presidente chileno Boric (de izquierdas). El páramo de desolación económica y social que la administración peronista (versión argentina del socialismo) deja al nuevo Gobierno no aventura una fácil reversión del presente. Aunque Milei se autodefine como “anarcocapitalista”, el extremo contrario del comunismo en términos políticos y económicos, ello no pasa de ser una postura teórica que tendrá que ceder al pragmatismo y a la presencia en el Gobierno del “macrismo”, un centro-derecha convencional, decisivo en la elección del Presidente Argentino. Las críticas fundamentales que pueden preverse hacia la nueva política que se va a emprender se dirigirán contra las privatizaciones de empresas públicas y la dolarización de la economía. Frente a ello baste decir que la gestión pública de sectores estratégicos y el control económico del sector privado deja niveles de pobreza en torno al 40% de la población, unos dieciocho millones de argentinos, y que la dolarización ya es un hecho, nadie quiere los pesos y las transacciones se calculan en dólares porque la moneda nacional carece de valor estable (dicho con más propiedad, carece de valor), aunque las críticas no van acompañadas de una solución alternativa al control del fenómeno inflacionario causado por el Gobierno saliente. En esa posición crítica se sitúan Piketty y un grupo de economistas denunciando que la dolarización provocará una mayor inflación, pero sin proponer otra opción a la situación que padece Argentina, provocada precisamente por las teorías que recomiendan los mismos que ahora critican elegir la salida de la dolarización. Mientras que Argentina se ha estado empobreciendo a marchas forzadas por el recurso a la impresión masiva de papel-moneda que ha devorado cada día la capacidad adquisitiva de la gente, todos estos economistas que antes callaban, ahora desacreditan a quienes tratan de remediar los desaguisados que han provocado quienes han seguido sus recomendaciones.
Tampoco han faltado críticas a Milei en el sector opuesto al progresismo, dos de ellas especialmente llamativas. Por un lado, la del escritor y columnista Juan Manuel de Prada y, por otro, la de Guy Sorman, aunque desde ópticas muy distintas. De Prada es víctima de una obsesión antiliberal poco racional, aunque es una descripción que no debe molestarle porque no parece muy partidario del movimiento ilustrado. Para justificar su diatriba contra Milei arranca, sorprendentemente, de su común posición frente al aborto. Es decir, que pese a compartir con Milei su rechazo, discrepa del argentino porque éste lo hace desde una perspectiva científica, madre e hijo son dos seres distintos por lo que ella no puede disponer de una vida ajena, y de Prada considera que la dependencia mujer-nasciturus se torna dependiente “de un modo misterioso que excede las puras funciones orgánicas…”. Una digresión oscura que habría sido más sencilla y comprensible reconducida a una cuestión moral, complementaria en cualquier caso con los argumentos de Milei. Y es que De Prada al oír liberal pierde el oremus, escribiendo cosas que nos retrotraen a sociedad medieval de los gremios.
Lo de Sorman sorprende algo más porque se declara liberal clásico, y critica a Milei por citar a Murray Rothbard, cuya irrelevancia vendría demostrada por su condición de profesor en la modesta Universidad de Nevada (USA). Una evidente falacia de autoridad que cuestionaría, por ejemplo, la calidad de la obra del gran historiador español Antonio Domínguez Ortiz, que fue docente en un instituto hasta su jubilación. Rothbard, anarcocapitalista, al margen de que puedan discutirse sus opiniones, que iban desde la firme defensa del capitalismo a hacer causa común con la izquierda frente a la Guerra de Vietnam, dejó un vastísimo legado intelectual recogido en innumerables publicaciones entre las que destaca su obra magna, El hombre, la economía y el Estado, a la altura de La acción humana de Von Mises. Nunca falta el fuego amigo.

 

También podría gustarte