Música más de requiem que de amores / La moleskine de Cesarión

 

 

Tañen las cuerdas del corazón a réquiem y los circuitos del cerebro a nubarrón cuando un amor se nos aleja, nos rehúye, está a punto de decir ese ahí te quedas y un te zurzan definitivo con mirada de crueldad a lo perturbado de las hermanas Bronte y sus mundos borrascosos. Si eso ocurre a edad de sopita y buen vino, entonces viene el acabose.

Así, un amigo va de plañidera de copla este invierno, estación por demás cruel para las tesituras del abandono sentimental, al igual es espléndido en las mieles de los quereres que inician camino, pues la primavera cercana dará mucho florilegio cursi a esos amores que derriten la nieve. Él, muy afectado, y no precisamente joven, tiñe de luto su Nilo particular como aquella Cleopatra por su difunto Antonio. Y aún siendo consciente de que su atractivo canoso no es suficiente para retener pasiones y que, coplero como es, sabe perfectamente la verdad de ese cuplé de la Montiel que dice aquello de » Usted busca un amor puro y sincero, mas ya no lo tendrá si no hay dinero, amor a cierta edad ya no hay de qué, si al escucharme sufre, rásquese usted», sigue erre que erre con el desvarío. Pues a veces la clarividencia se ofusca mediando rogativas a la ciega de Sorrento.

En pos del amor que huye en desenfrenada carrera, mi amigo no advierte que, por muchas lagrimas negras vertidas en el particular cáliz de su dolor, la carrera la tiene perdida de antemano, pues cualquier línea de meta le está vetada cuando el amado, más joven, quiere vivir futuros que contengan otros cuerpos, acaso, me inclino a pensar, al gusto de su edad.

Por mucho que me esfuerzo en explicarle, ante sus interminables cuitas, que la jubilación no es exclusivamente de orden laboral y puede ser aplicable a otras facultades y situaciones, él se empeña en seguir el dicho de cabecita loca no quiere toca y en esto ejerce como limosnera de las migajas de afecto que el otro quiere procurarle. En cualquier caso, patetismo derivado de los efectos de una sociedad enferma que no sabe envejecer y que hasta en decoración sublima lo vintage como novedoso y tiene a lo conceptual y minimalista como el salón de yaya que puso tiempo ha en almoneda sus muebles remordimiento.

A este respecto, esa teoría de un biogerontólogo ingles, Aubrey de Grey, quien asegura que una técnica de recuperación de tejidos nos permitiría vivir la friolera de mil años y que ese ungüento de Fierabrás es posible que se desarrolle en los próximos veinte años. Huelga decir que eso sería una revolución en todo orden y por supuesto un concepto nuevo de la existencia en cualquiera de sus frecuencias. Desconozco cómo se iba a solucionar la superpoblación y por supuesto que desgaste de emociones se iban a producir en ese enorme espacio de vida o para colmo un Trump eterno. ¡Qué dolor! Exclamaría una trágica en trance de teatro griego.

No obstante, esa eterna juventud aún no es de farmacia. Y mientras a estas almitas callosas e incautas les llega el suplicio de ya no ser correspondidas en sus particulares avatares amorosos que con tanto esmero han mantenido, suelen rizar el rizo de lo imposible en esa lucidez de saber que no están ellas en sazón de otras juventudes reales que, ingenuas, se piensan que la vida es eterna. Y sabiendo que a un otoño solo queda esperar el invierno, el amante se lanzan al vacío del despropósito en su premura existencial llegando a exteriorizar, en plaza pública, exceso de sentimiento ante el amado para que este vuelva o se apiade. Se niega a reconocer que el desertor del anticuario o bien busca otro establecimiento con pieza de mayor valor o ya tiene bazarillo recién estrenado. Para el doliente toda humillación no cuenta, pues que al suicida le da igual el arma de su muerte siempre que la crea eficaz a su propósito.

Así, he visto a una dama perder el juicio por un barbilampiño palurdo del valle del Po a quien cubrió de Dolce & Gabanna o a un caballero llenar de caprichos imperiales a una niñata que decía ser modelo de haute couture y que lo abandonó por un chiquilicuatre fogoso y king size; cuando no, lo estamos viendo, hunde a políticos varios. Tanto dama como caballero y político hicieron daño en sus respectivas separaciones de antigua pareja imaginando que las nuevas les procurarían el elixir de la juventud, pero cuando a ellos les llegó el dolor, este fue suyo y ruinoso.

En definitiva, en invierno, al igual que puede morirse de causas naturales, el amor también mata. Y a fe que mi amigo lo hará; pero ya sabemos que la pasión a cierta edad no se recibe y siempre se entrega. Trabajos de amor perdido, dijo un espectador avezado en tales tragedias tras ver la «Primavera romana de la señora Stone». Y sabia evidencia la que pronuncia don Fabriccio de Salinas en «El Gatopardo» sentenciando que el amor es llama y fuego durante un año y cenizas durante treinta.

Pues sea y viva mi amigo su calvario, pues a nadie escapa que él insólito se lanzó a tal Gólgota, cuando es cuerpo desmantelado que muestra su mucho uso. Pero que no me llame a las tres de la mañana para contarme el último desaguisado: no tiene ni edad de trasnoches ni de ser Julieta siendo dona Capuleto. Y un consejo a quienes no cejan en esos empeños del desesperado «no hay una oportunidad de salva lo nuestro»: «Una vez que pierdes la confianza en lo que te está diciendo el hombre al que amas ya no queda nada por salvar», lo dijo Ava Gardner en su autobiografía. Y el dicho de una diosa es oración al que debemos respeto.

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